Región: REG-15
La esperanza de producir

El sueño, el proyecto y la idea que se llevó a cabo en nuestro país en la segunda parte del siglo XIX transformó la geografía nacional y la mentalidad de su gente. Allá por 1856, las primeras familias de colonos llegaban a Esperanza de la mano de un contrato suscripto entre Aarón Castellanos y el Gobierno provincial para poblar esas tierras y darles explotación.

Tímidos, sufridos, curtidos por las mil privaciones del hambre y de las guerras, fueron llegando. Sus únicas herramientas fueron sus manos, la firmeza en sus convicciones, sus polkas y valses, y sus recetas de comidas típicas. Así, día a día, noche a noche, se fueron tejiendo las historias de esa gente, la que adoptó estas interminables pampas verdes como su nuevo lugar en el mundo. Dejando atrás sus valles, sus nevadas montañas y sus helados ríos, para acostumbrarse a duras penas a estos calores, estos soles agobiantes y estos mosquitos.

Pero el esfuerzo tuvo su recompensa. A medida que fue pasando el tiempo, la mochila de la angustia por el país natal se fue transformando en la felicidad que dan los hijos, y los nietos, los que pudieron acceder a un estilo de vida mejor, incorporando tecnologías que hacían la vida más placentera que en aquellos primeros días.

El modo de trabajar la tierra también se fue transformando, y la agricultura y el tambo se fueron trabajando de otra manera, igualmente sacrificada pero con mayor eficiencia, aprovechando mejor el esfuerzo.

Esas 200 familias colonizadoras originarias eran de distinta procedencia: suizas, alemanas, francesas, belgas y luxemburguesas, italianas, españolas, polacas, rusas, checas, judías, árabes, sirios-libanesas, criollas, y hasta algunos japoneses, que se fueron cruzando y fundiendo en un sólo crisol que expresa esa férrea voluntad que su nombre encierra: fe, alegría, compromiso y la confirmación positiva que el trabajo en el campo otorga una dignidad superadora. Más allá de cualquier nubarrón, castigo o prejuicio de los gobernantes de turno, la Esperanza de nuestros tamberos, ganaderos, agricultores y emprendedores en general les dice que nadie los puede privar de esa dignidad ganada.

Cuna de grandes, Esperanza sigue encerrando una mística especial que motiva profundamente a quienes hacemos Campolitoral, herederos también de ese legado. Al decir del poeta Hugo Zingerling: "Paloma, espiga y ancla, a 31 grados y 25 minutos de latitud Sur - línea del río y la calandria - y 60 grados y 56 minutos de longitud, está mi tierra: Esperanza. Es un pequeño punto palpitante hacia el norte del mapa; boya del trigo verde, corazón de la pampa".

Vaya si son importantes los sueños, y tanto más importante es saber que se pueden hacer realidad. Para ello hacen falta hombres y mujeres que los entiendan y gobiernos que los avalen e incentiven. Hoy el mundo y nuestra gente nos necesita, no perdamos la esperanza de seguir produciendo.