Opinión: OPIN-03
Crónica política
El gran desafío educativo
Por Rogelio Alaniz

"La historia humana es cada vez más una carrera entre la educación y la catástrofe". H. Wells

Cuando Sarmiento habló de hacer de toda una república una escuela, estaba pensando en una verdadera revolución educativa que hiciera extensiva los beneficios del saber a todos los argentinos, pero muy en particular a los sectores más desfavorecidos. Es necesario insistir en ese concepto. Para 1870 los hijos de los ricos sabían dónde educarse. Y tenían con qué hacerlo. Entonces el ochenta por ciento de analfabetos reconocidos por el censo nacional de 1869 estaba integrado por pobres. Educar al soberano, por lo tanto, era educar a los pobres. Sarmiento entendía que no era posible la construcción de un país civilizado con analfabetos.

La decisión fue tomada por la clase dirigente. Los pobres no estaban en la calle movilizados pidiendo escuelas. Por el contrario, muchos de ellos estaban resignados con su suerte y más de uno suponía que el analfabetismo era tan natural como el aire que respiraban o el cielo que en las inmensas noches de la pampa se cubría de estrellas. En una mesa redonda que se celebró en la UTN el año pasado, disentí con una profesora de historia de Rosario que subestimaba la proeza educativa de Nicasio Oroño en nuestra provincia. En esa misma conferencia -dicho sea de paso- me enteré que a Amadeo Sabattini lo habían derrocado a través de un golpe de Estado, verdad que Sabattini y los cordobeses nunca se habían registrado.

Sarmiento y los principales dirigentes de su generación dieron una dura batalla ideológica a favor de la educación. No sólo había que convencer a los pobres sobre los beneficios civilizatorios de la escuela. En primer lugar había que convencer a una clase propietaria que en muchos casos no estaba demasiado interesada en apoyar los delirios del loco Sarmiento.

Siempre relato la anécdota protagonizada por el autor del Facundo cuando en la legislatura del Buenos Aires hizo uso de la palabra para proponer todo lo que el país necesitaba para ser una nación grande. Terminó de hablar y sus palabras fueron coronadas por las risas de los legisladores. "Anote esas risas - le dijo Sarmiento al taquígrafo- anote esas risas, para que futuro sepa con los burros que he tenido que lidiar".

Ciento cincuenta años después los burros siguen rebuznando, pero daría la impresión que quienes se han retirado del campo de batalla son los Sarmiento. Hoy no se dice que la educación no es necesaria, se dice que es importante, importantísima, pero después no se hace nada, o lo que se hace se parece a la nada. El otro día, conversando con ese gran luchador por la justicia social que es el cura Rosso, me decía que desde hace cuarenta años, por lo menos, la educación hacia los sectores marginados no ha avanzado un centímetro. Por el contrario, retrocedió. No creció la educación, pero creció la pobreza y la marginalidad. No hay por qué asombrarse. Entre pobreza y educación existe una relación inversamente proporcional.

Seamos serios. En la Argentina un programa educativo que merezca ese nombre debe proponerse integrar en el proceso educativo a los cinco millones de marginales. En Santa Fe la misma tarea incluye a medio millón de marginales. Hasta la fecha la realidad educativa ha sido tratada con resignación y cinismo. Como las estadísticas dan deserción y repitencia el tema se resuelve muy fácil: a la deserción la combaten con comedores escolares; a la repitencia otorgándoles certificados de estudios a chicos que en más de un caso apenas saben la tabla de multiplicar del dos.

La educación en la Argentina y en Santa Fe no se arregla administrando sino transformando. Se administra en tiempos de bonanza; en tiempos de crisis se transforma. Administrar en las actuales circunstancias significa convalidar todas las lacras y los anacronismos; transformar es apostar al cambio. Por supuesto, siempre es más fácil administrar que transformar, pero se supone que los gobiernos deben asumir las tareas difíciles, no las cómodas. Sarmiento nunca hubiera dudado al respecto.

Porque a la educación se la piensa en términos administrativos y no transformadores es que los gobiernos, incluso los mejores intencionados, se enredan con los burócratas sindicales en una interminable y tortuosa discusión salarial. No es que la educación deba desentenderse de los salarios, pero si lo único que a un gobierno se le ocurre es discutir si corresponde el diez o el doce por ciento de aumentos, los resultados serán cada vez peores. Y en el mediando plazo no sólo que no habrá transformado la educación, sino que tampoco habrá mejorado los sueldos.

Hoy como en 1870 necesitamos hacer de toda la provincia una escuela. Para ello hay que movilizar recursos, actuar con audacia y proponerse en serio brindarles a los pobres y a los excluidos la mejor educación. Mejor educación quiere decir maestras de primer nivel, computadoras, clase de ética y lógica, enseñanza del español y el inglés. Si alguien se ríe por lo que propongo, sugiero como Sarmiento que cambie la risa por rebuznos.

Cuando Sarmiento se hizo cargo de la presidencia designó de ministro de Educación a Nicolás Avellaneda. Uno era laico; el otro católico practicante. Entre los dos hicieron la proeza educativa más importante de nuestra historia. La revolución educativa de la generación del ochenta contó con presidentes que estaban dispuestos a cumplir esos objetivos y con ministros a la altura de esa tarea. Avellaneda lo tuvo de ministro a Onésimo Leguizamón; Roca contó con la colaboración de Eduardo Wilde, Manuel Pizarro y Osvaldo Magnasco. Un lujo. En esos años también fueron ministros de Educación, Juan Balestra y Joaquín V. González, el gran riojano, el que proyectó el primer Código de Trabajo y fundó la Universidad Nacional de la Plata.

Todos los gobiernos que se han propuesto grandes cosas contaron con grandes ministros. Para administrar YPF los radicales lo designaron al general Mosconi; para brindar la mejor salud, Perón lo nombró a Carrillo. Dime que ministros designas y te diré a qué tipo de gestión aspiras. El refrán vale para Néstor y Cristina. Espero que no valga para Binner.

O sea que si lo que deseamos es transformar la educación y no administrarla, debemos contar con grandes ministros, con ministros con capacidad de gestión propia, con ministros que cuenten con presidentes o gobernadores que tengan la grandeza de dejarlos hacer. Es lo que hizo Sarmiento con Avellaneda y Roca con Wilde. No estoy seguro que lo mismo esté pasando en la Argentina o en Santa Fe.

Con todo, las tareas de transformación son tan amplias que no alcanza con un buen ministro. Los buenos funcionarios son necesarios, pero sobre todo importa una sociedad movilizada para cumplir con estas metas. Sarmiento hablaba de la comunidad educativa. Esto quería decir un proyecto de gestión que incluía a padres, cooperadoras, vecinos, y lo que hoy llamaríamos instituciones intermedias.

Se dice que los grandes proyectos se hacen desde abajo. Es verdad, pero es una verdad a medias. En las sociedades las grandes decisiones se toman desde arriba. Para el pensamiento políticamente correcto es antipático decirlo, pero es así. Las grandes reformas se hacen desde el poder. Para eso se lo quiere. Para eso se lo debe querer.

Para concluir. Un gobierno que dice que los buenos tiempos han llegado debe plantearse en serio si quiere administrar o si quiere cambiar. Desde 1983 a la fecha lo que se ha hecho es administrar. En los últimos ocho meses no he observado un cambio de actitud significativo. Por lo tanto la asignatura del cambio está pendiente. Es cuestión de decidirse. Si lo hacen verán que no están solos.