Evangelina Simón de Poggiae-mail: [email protected]
Ayer, hablamos del miedo a los hijos, hoy estamos consternados frente a algunos acontecimientos que no entran en el ámbito de nuestros valores ni de nuestra lógica: jóvenes que maltratan a sus padres, a sus docentes y a sus pares ; bandas escolares con sus líderes, comunicándose con otras para acordar el lugar adonde se llevará a cabo la lucha sin sentido, lo cual es contemplado con ojos asombrados y temerosos por los más pequeños íQué ejemplo!; preadolescentes que violan a niños/as de corta edad para, luego, publicarlo por internet; padres sin criterios ejemplificadores, educando a sus hijos sin límites ni responsabilidad social, desorientados e impotentes ante su fracaso educativo; docentes sin autoridad, víctimas de sus propios alumnos, con carencias cognitivas, sin apoyo y soportando presiones tanto de las autoridades como de los padres y la sociedad en general; algunas autoridades educativas que propugnaron, en algún tiempo, el aprobado del alumno sin conocimientos suficientes para su pase a niveles superiores, ostentando una actitud demagógica e involucrando al docente en tamaña injusticia académica, etc... etc.
Sin duda, la formación del niño en valores que posibiliten su crecimiento intelectual, psicológico, espiritual, cultural y su inclusión social de manera armónica y positiva está ausente, pero con aviso. Muchos valores son construcciones socio-culturales que pretenden favorecer a la felicidad de los miembros de la comunidad. La justicia es un valor con dimensiones transversales, que atraviesa nuestra vida. Nos preguntamos ¿Quién puede desarrollarse en un contexto viciado de injusticia, abuso y fuera de toda razonabilidad? ¿Quién puede educar? ¿Quién puede aprender? ¿Quién puede enseñar? ¿Cómo se puede vivir? La felicidad es armonía, paz, conformidad con las propias acciones en beneficio de uno y de los demás miembros de la comunidad.
Todos miramos al más indefenso: al niño, pero si nos descuidamos será él el mejor y más agudo crítico de los agentes responsables de su formación en un futuro mediato, será el que nos pedirá cuentas por el vaciamiento intelectual, cognitivo, espiritual y conductual y, por ende, el desamparo en el que lo sumimos.