Otra vez, un colectivo de doble piso. Otra vez, la muerte apoderándose de las rutas y esa angustiante sensación de que nada cambia. De poco valen tantos discursos cargados de buenas intenciones, pues, en la Argentina, continúan falleciendo en promedio veinte personas cada 24 horas por accidentes de tránsito.
Poco después de las 21 del viernes último, en un sector bien iluminado y recientemente inaugurado de la Ruta 168, un ómnibus de la empresa Singer bloqueó inesperadamente su marcha, embistió un guardarraíl y cayó por una pequeña barranca, provocando la muerte de cinco pasajeros y heridas de distinta gravedad a numerosas personas.
Los sobrevivientes de esta tragedia aseguran que el vehículo no viajaba a gran velocidad y no se explican cómo pudo producirse el accidente. Pero, si bien el impacto no fue demasiado violento, la unidad quedó totalmente destrozada: "Fue como si estuviéramos en una caja de cartón. Los asientos volaban y aplastaban gente", relató una mujer, mientras se recuperaba en la sala de un sanatorio de esta ciudad.
Este siniestro dejó claramente demostrado que el estado de las rutas, la situación de los choferes o la velocidad de los colectivos no son los únicos factores que atentan contra la posibilidad de llegar sanos y salvos en un viaje de estas características.
El accidente del viernes es una muestra irrefutable de que las estructuras de estos vehículos no están preparadas para garantizar niveles aceptables de seguridad entre los pasajeros.
El gobierno nacional solicitó hace tiempo un informe sobre los riesgos que pueden traer aparejados los colectivos de doble piso, que representan el 90 por ciento del parque automotor de los vehículos de larga distancia en la Argentina. Técnicos de la Universidad Tecnológica Nacional especializados en accidentología concluyeron que estas unidades son seguras, siempre que no superen los 100 kilómetros por hora.
Sin embargo, resulta llamativa la facilidad con que estos ómnibus se destruyen en accidentes que no siempre son violentos.
Pero, más allá de los problemas estructurales de estos colectivos, el tránsito de la Ruta 168 continúa representando un peligro permanente. Pocos días antes del accidente del micro, un automóvil embistió a un caballo que caminaba sobre la cinta asfáltica.
La presencia de animales sueltos en esta zona es casi permanente. A éstos se agregan los carros tirados por caballos que comparten la autopista con automóviles que circulan a elevadas velocidades y camiones de gran porte.
Resulta falaz y demagógico el argumento de que la circulación de carros por la autopista es inevitable porque se trata de familias que subsisten gracias al cirujeo. Estos carros no sólo representan enormes riesgos para los demás conductores, sino que se pueden transformar en trampas mortales para quienes circulan en ellos.
Como ocurre con tantos otros problemas en nuestro país, los responsables de buscar soluciones y prevenir situaciones de emergencia sólo actúan ante los hechos consumados.