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Pbro. Hilmar Zanello
Del 26 de agosto al 7 de setiembre de 1968, se reunió en la ciudad de Medellín, Colombia, la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, con el fin de hacer una revisión de la marcha de la Iglesia en el vasto continente latinoamericano y ponerlo al día con las orientaciones del Concilio Vaticano II.
En la introducción de los dieciséis documentos expresan los obispos: "Nuestra reflexión se encaminó hacia la búsqueda de una nueva y más intensa presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina, a la luz del Concilio Vaticano II, de acuerdo con el lema señalado para esta Conferencia" (N 8).
A la doctrina de los obispos latinoamericanos sobre las relaciones entre la salvación cristiana y el progreso temporal hay que buscarla un poco a través de los documentos, así como era necesario hacerlo con los del Vaticano II.
En aquel entonces, el recordado cardenal Eduardo Pironio se refería a este encuentro de la Iglesia Latinoamericana como a "un acontecimiento salvífico que respondía desde el interior del Evangelio y de la fe al apremiante del Espíritu y a la expectativa creciente de los pueblos".
Esta Iglesia latinoamericana ofrecía un rostro peculiar que era preciso definir.
Señalaba el mismo cardenal Pironio tres aspectos característicos del pueblo latinoamericano: un pueblo que sufre hambre, miseria, opresión, dependencia injusta, marginación y violencia institucionalizada.
Esta Iglesia se siente particularmente enviada a evangelizar a los pobres. De allí que Medellín quiso decir su palabra haciendo una opción privilegiada en su pastoral.
Esta opción no es otra que el compromiso profético que Jesús manifestó en la Sinagoga de Jerusalén: "El Señor está sobre mí... Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres... a anunciar a los cautivos la liberación... a dar libertad a los oprimidos".
De allí que la Iglesia latinoamericana ha subrayado fuertemente la urgencia de una evangelización auténtica: la proclamación explícita de Jesús, las exigencias de su Reino, la necesidad de la conversión interior y el compromiso de los cristianos en la transformación de la sociedad.
La segunda característica que señala el Cardenal Pironio es la búsqueda de la "Contemplación", que responde a descubrir la acción profunda del Espíritu de Pentecostés y nos conduce a concretar la experiencia de un encuentro espiritual con Dios.
Esa experiencia íntima con el Dios Liberador hará gritar al mundo entero la Buena Nueva de la Salvación. Será una voz profética de valiente denuncia de las injusticias y una apremiante invitación a la conversión.
Nuestro continente, sigue manifestando el cardenal, necesita más que nunca una Iglesia profética y misionera, una Iglesia en la encarnación y presencia, una Iglesia del testimonio y del servicio, anunciadora a los hombres de la Palabra de la salvación.
Una característica fundamental es la de la Esperanza.
Nuestro continente es un continente mayoritariamente joven y reclama una Iglesia con una experiencia fecunda de la fuerza del Espíritu, con una vocación específica de dar testimonio de la Esperanza. Sobre todo, por tratarse de un continente que quiere vivir una historia de la salvación, continente sacudido y tentado por la desesperación y la violencia.
Medellín hablaba de una Iglesia que se apoyaba en la fuerza del Señor de la Historia, con una capacidad liberadora para construir un mundo nuevo, sin la idolatría protagonista de la violencia, sino más bien con el solo dominio capaz y firme de toda transformación profunda del amor y de la capacidad de crear vínculos fraternos.
Será importante recordar las palabras del mensaje a los pueblos de América Latina que los obispos escribieron en esa oportunidad.
"Nuestros pueblos aspiran a su liberación y a su crecimiento, a través de la incorporación de todos en la misma gestión del proceso personalizador. Por su misma vocación América Latina intentará su liberación a costa de cualquier sacrificio. Los obispos imaginan una Iglesia audazmente comprometida en la liberación de todo hombre y de todos los hombres" (5,15).
"Por eso que la catequesis actual deberá asumir totalmente las angustias y esperanzas del hombre de hoy a fin de ofrecerle las posibilidades de una liberación plena, las riquezas de una salvación integral en Cristo, el Señor, pues las situaciones históricas y las aspiraciones auténticamente humanas forman una parte indispensable del contenido de la catequesis" (8,5).
"La misma educación debe ser una educación liberadora (4,8). Los laicos esperan un compromiso liberador y humanizante. Porque lo que cuenta no es tener más, sino ser más (4,4) crecer en comunidad, realizarse como hombres o en el desarrollo integral del hombre" (2,14).
En resumen, "la miseria es una situación de pecado: cuando afrenta al espíritu del Evangelio; cuando es una situación de injusticia; cuando viola derechos fundamentales, cuando llega a ser una violencia institucionalizada: cuando produce una situación de dependencia que linda con la esclavitud" (1,11).
Así, las líneas teológico-pastorales que señala Medellín para la Iglesia ahora son asumidas y actualizadas, buscando concretarse con una misión continental y convocando para ello a todas las fuerzas vivas, de modo que, caminando desde Cristo, se busque su rostro (Novo millenium ineunte 29).