Opinión: OPIN-01 Derecho de huelga y sentido común

La huelga es un derecho conquistado por las clases trabajadoras a lo largo de la historia. En el siglo veinte, el itinerario político del movimiento obrero estuvo relacionado con los reclamos por mejores salarios, jornadas de ocho horas y un conjunto de derechos sociales entre los que cabe mencionar el de huelga. Las clases patronales en un principio se opusieron a este reclamo y lo llegaron a tipificar como delictivo. El progreso social fue modificando estas reacciones y, en la actualidad, todas las legislaciones liberales modernas reconocen a la huelga como un derecho social.

Curiosamente, han sido los regímenes totalitarios que invocaban la causa de los trabajadores los que lo han prohibido o negado. En Cuba o en Corea del Norte, por ejemplo, el derecho de huelga no existe. En la Argentina, la Constitución justicialista de 1949 también lo desconocía. Recién en la Constituyente de 1957, este derecho se incorporó oficialmente a la legislación.

Lo que en todo momento quedó en claro por parte de los legisladores y los actores sociales es que el derecho de huelga estaba correlacionado con deberes. La huelga exige ciertas condiciones para ser declarada. No puede conculcar la libertad de trabajo y, en general, para evitarla, el Estado interviene a través de mecanismos conciliatorios.

En los orígenes del movimiento obrero, las corrientes anarquistas bregaban por la huelga general revolucionaria. Las izquierdas leninistas compartían Äpor diferente motivosÄ estos métodos. Para ellas, la huelga era la antesala de la revolución social. Pero esta posición era resistida por las corrientes obreras reformistas que rechazaban las salidas revolucionarias y el caos social que toda revolución produce para consumarse.

Finalmente, se impuso esta última posición: las huelgas en las sociedades democráticas se declaran por conflictos puntuales y no en nombre de las ideologías. La segunda condición que pone límites al ejercicio del derecho es la moderación. Lo opuesto a ello es la huelga salvaje, la huelga por tiempo indeterminado que desquicia a la economía y en el mediano plazo termina perjudicando a los trabajadores que pierden empleos y fuentes de trabajo.

En la actualidad, estas reflexiones son importantes porque a caballo de las libertades y garantías que asegura la democracia, las burocracias sindicales abusan del ejercicio de los derechos reconocidos. Los tiempos han degradado los viejos ideales libertarios. Ahora, muchas huelgas suelen ser impulsadas por poderosas corporaciones sindicales que en la mayoría de los casos están más interesadas en defender privilegios sectoriales que en proteger los derechos de los trabajadores. A ello se suma, en esta coyuntura, la incapacidad del Estado para poner límites legales a los excesos.

Las huelgas revolucionarias de los viejos anarquistas se han degradado en huelgas turísticas. Este derecho se ha transformado en algunos gremios más en un deporte Äo si se prefiere, en un ejercicio de autoafirmaciónÄ que en un reclamo legítimo y fundado. Los recientes paros de maestros o las grotescas medidas de lucha tomadas por gremialistas universitarios confirman este punto de vista.