Señores directores: los técnicos de ingeniería genética, de la llamada biotecnología, están consiguiendo cosas impensables hace pocos años, como crear individuos en serie, exactamente iguales unos a otros, o duplicar personajes, congelarlos para "resucitarlos" un siglo después...
En octubre de 1994, dos científicos norteamericanos anunciaron que habían llevado a cabo la clonación de un embrión humano para obtener gemelos. De hecho la clonación está "técnicamente" prohibida, pero la duplicación de seres humanos era y sigue siendo uno de los tabúes de la ingeniería genética. El origen de la genética se remonta a 1865, cuando se formularon las leyes de Mendel, sacerdote agustino, austríaco, un enamorado de las plantas, quien observó cómo determinadas características físicas de las mismas se transmitían hereditariamente. Había algo en la naturaleza que pasaba de una generación a otra, como una constante.
Las teorías del monje resucitaron hace poco más de 100 años, cuando volvieron a interesar a los científicos, y posteriormente, se descubriría la existencia física de los genes, su localización en los cromosomas y las mutaciones genéticas. Finalmente, en 1994, se descubre el papel del ADN, sentando así las bases de la genética molecular.
Hoy la genética ha alcanzado extremos que, sin duda, horrorizarían al buen monje austríaco. No obstante, estos procedimientos han permitido conseguir varios logros médicos, espectaculares por cierto, como la posibilidad de tratar enfermedades hereditarias mediante la manipulación del embrión antes del nacimiento.
Pero donde mayor es el desarrollo de la ingeniería genética es, en materia económica, a través de modificaciones en los genes. Así desde 1986 se vienen registrando en las oficinas de patentes, diversas modalidades de una categoría mitad natural-mitad artificial, ya sean animales o vegetales, alterados mediante manipulación genética, los así llamados "transgénicos" y concebidos para el consumo humano. Así se han obtenido nuevos tipos de arroz, maíz, soja y... la lista no termina.
La pregunta es: ¿qué comemos hoy? Dónde quedaría la esencia intangible del hombre, lo que llamamos alma, espíritu, aquello tan sutil que se expresa en la inhalación profunda del bebé cuando es expulsado del vientre de la madre, "eso que no se ve", que llena sus pulmones y que luego da sonoridad en la voz del grito que lanza... y al final... la última exhalación, cuando queda yermo el cuerpo con la muerte.
Hay instituciones, hoy día, que levantan su voz de alarma y nos obligan a hacernos preguntas nuevas y muy fuertes.
¿El hombre tiene derecho a decidir sobre la generación y modificación artificial de nuevos seres, humanos, animales o vegetales?
Los poderes internacionales, arrobados y embriagados ante el espectáculo del ingreso de enormes cantidades de dinero a sus cada vez más enormes y voraces arcas, rehúsan plantearse esos interrogantes.
Américo Vulpetti DNI: 6.309.744. Ciudad