arte: ARTE-02 El encanto de la narración

Por Julio Anselmi

"Tres hombres elegantes", de Marcelo Birmajer. Seix Barral, Buenos Aires, 2008.

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Los tres hombres del título, y las dos mujeres que se nos regala de yapa, ostentan el rótulo de elegantes en forma muy especial, ya que se trata de una elegancia que no condice con el glamour, con ninguna moda ni atenta frivolidad. Para comprender a qué tipo de particular forma de sobria y en verdad invisible elegancia se refiere Birmajer -o mejor dicho su narrador, el escritor judío argentino Javier Mossen- hay que entrar en los vericuetos y entramados de las cuatro historias que nos cuenta el libro. Y en las características nada acostumbradas de sus personajes, demasiados complejas y sutiles para resumirlas aquí.Un famoso escritor a quien Mossen encuentra por casualidad en Israel es el centro de atención de la primera narración. Nacido en Hungría y huido del exterminio nazi, había vivido como agregado cultural de Israel en la Argentina entre el 49 y el 56, y aquí conoció al amor de su vida. Quizás el verdadero tema del cuento sea el de la fidelidad sexual, que aparece tanto en el guión cinematográfico que es el motivo de conflicto en la estadía de Mossen en Israel, como el de la historia que compete al famoso escritor. Quizás el verdadero elegante de esta primera historia sea un oscuro editor que rechaza a la mujer que se le ofrece porque sabe que ama a otro, en la ocasión esfumado por razones políticas.La segunda historia nos presenta una caravana de groseros y grotescos personajes relacionados con el mundo de la televisión. Mossen tiene que ayudar a una diva de mediana edad en los guiones para sus entrevistas televisivas en Medellín. El hombre elegante es un cantante otrora famoso y ahora pobre y enfermo de muerte, cuya dignidad florece en medio del fango de la farándula Al tercer elegante, muerto hace ya mucho tiempo, Mossen lo conocerá sólo por la boca y el escrito de una anciana. Y la yapa, pues, es la historia de dos mujeres que Mossen conoció sin conocer y que muchos años después viene a saber a través del testimonio de un implicado, él mismo ingenuo copartícipe de una intriga cuya base es: ¿a quién amar, a la madre o a la hija?Borges solía repetir que el gran valor de un narrador consiste en el encanto, y Marcelo Birmajer pertenece a los contados escritores de la literatura argentina de las últimas décadas que dedican (y con éxito) su trabajo de escritura a conseguir ese mágico poder del encantamiento. En este libro a menudo el propio Birmajer lanza algunos certeros dardos contra los fastuosos encomios que se le otorgan a esa literatura de ficción actual cuyo prestigio nos gobierna, voluntariamente alejada del encanto, de la narración, de la emoción y del lector. En un momento leemos: "Intuía el origen de la ira tras el mensaje. ("El origen de la ira tras el mensaje' bien podría ser el título del ensayo de un filósofo estructuralista, poblado de naderías e insensateces)". Y en otro: "Sospecho que la declamada crisis de la novela y la declamada crisis del matrimonio comparten una misma fuente: la ilusión de que se puede vivir sin reglas. Los estructuralistas se han aliado con los inconstantes para hacerle creer a una porción de la humanidad que las historias y las relaciones no existen. Que uno puede narrar de cualquier modo, sin principio ni final, sin anécdotas ni personajes; y que los cuerpos pueden atravesar el terremoto del sexo sin que las almas se fijen un recorrido. Pero fatalmente, en nuestros fracasos, descubrimos que aun cuando no quisiéramos tomarlas en cuenta, las líneas de la historia y los recorridos de las relaciones estaban inscriptos, y debían ser narrados o evitados".Con el mismo desprejuicio (paradójico desprejuicio, ya que se trata de una apuesta a la sensatez, a las lecciones de la tradición y a la sinceridad en el reconocimiento de las propias experiencias, en un ambiente catedrático y crítico que privilegia la vacua y cansina transgresión) el narrador alter-ego de Birmajer, sin ostentación, desliza opiniones despegadas de las órdenes "políticamente correctas", una cualidad ciertamente marginal y que no revestiría importancia si no fuese digna de señalarse en un ambiente intelectual que no se destaca precisamente por la manifestación de consideraciones antidemagógicas. Así, el narrador se ve obligado en cierto momento a concurrir a un centro barrial como miembro de un jurado literario y cuando llega le piden que inaugure descubriendo un mural del Che Guevara. Él se niega, declara que "el Che Guevara no es santo de mi devoción". Le preguntan por qué. Ä"Mató gente de másÄ dije por decir algo..." y agrega después: Ä"El Che Guevara organizó campos de reclusión para homosexuales". Alguien le dice: Ä"Ésa es su opinión". Y él: Ä"No, no no es una opinión. Eso es hecho".