| |
Guillermo Villarreal (DyN)
El Vaticano aceptó en tiempo récord el plácet de Juan Pablo Cafiero como embajador argentino ante la Santa Sede, en un gesto para encaminar las relaciones bilaterales tras la tensión por el tácito rechazo de la nominación para ese cargo de Alberto Iribarne por su condición de divorciado en nueva unión.
La sede, vacante desde la renuncia en diciembre de Carlos Custer, estaba a cargo del encargado de negocios Hugo Gobbi, en un status diplomático que la Santa Sede consideraba "irregular".
La aceptación del plácet llegó una semana después de conocerse públicamente que el ex diputado y actual asesor del gobernador bonaerense Daniel Scioli era el candidato de Cristina Fernández de Kirchner, para "fortalecer la relación" con la Iglesia. No obstante, las "conversaciones" para contar con un representante distinto a Iribarne comenzaron hace tres meses, cuando la insistencia del gobierno para imponer al ex ministro de Justicia se diluyeron en los pasillos vaticanos.
El 3 de junio, en Roma, la presidencia intentó sin éxito entregarle una nota al "número dos" del Vaticano, cardenal Tarcisio Bertone, explicando por qué el gobierno mantenía la postulación de Iribarne. El purpurado ni siquiera se la aceptó y ensayó una fría respuesta para dar cerrado el caso: "Ya se tomó una decisión y es inamovible". Ante este cuadro de situación, desde la Casa Rosada se optó por un cambio de estrategia y el 5 de agosto ofreció en el Palacio San Martín una recepción al "canciller" del Vaticano, monseñor Dominique Mamberti.
Fue el primer paso para superar al menos dos conflictos pendientes. A los pocos días se conoció la noticia de que el Vaticano desestimó del proyecto de crear la diócesis de Tierra del Fuego, que excluía las Islas Malvinas de esa jurisdicción eclesiástica, después de una queja formal del gobierno argentino ante la curia romana. A ese antecedente se sumó que Iribarne declinó mediante una carta, difundida el pasado 19 de agosto, el ofrecimiento de la jefa de Estado, argumentando el "largo tiempo transcurrido" sin respuesta favorable del Vaticano.
Desde entonces, se despejó el camino para conducir a un nuevo "candidato K" hacia Roma. Fuentes gubernamentales consultadas por esta agencia le atribuyen al jefe de Gabinete, Sergio Massa, apresurar los tiempos para normalizar la relación Gobierno-Iglesia e inclusive haber sugerido como alternativa al cargo a su asesor Jorge O'Reilly, quien -trascendió- tenía la "bendición" del cardenal argentino Leonardo Sandri y del ex embajador y secretario de Culto, Esteban Caselli.
Pero primó el candidato de Cristina Fernández, para quien la rápida aprobación del plácet de Cafiero significó -revelaron otras fuentes gubernamentales- un triunfo personal. Desde la Iglesia local también se valoró como "un paso importante" en la relación bilateral la designación de Cafiero como embajador.
La voz cantante la llevó el presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, monseñor Jorge Casaretto, quien calificó al ex diputado como "una persona idónea y muy apta para cumplir con esa misión diplomática". En tanto, la designación de Cafiero reavivó la interna eclesiástica, que parecía tener las aguas aquietadas después de varios años de turbulencias. Al punto que obligó a un vocero habitual a aclarar que su nombramiento "fue bien recibido por todos los sectores y no sólo por los progresistas". Pero Cafiero tomó rápida distancia de esa polémica intramuros, al aclarar en su primera y diplomática declaración pública: "No iré para trabajar por el ala progresista de la Iglesia o por un sector de la sociedad, sino para toda la Argentina".
El paso siguiente para normalizar la relación institucional debería ser la designación de un obispo castrense para suceder a monseñor Antonio Baseotto, a quien el presidente Néstor Kirchner echó unilateralmente en marzo de 2005 por sus duras críticas al ex ministro Ginés González García, partidario de la despenalización del aborto. O tal vez modernizar el obispado castrense.