Opinión: OPIN-05 El buen y el mal maní

Jorge Bello (*)

Salva una vida, el maní. O puede quitarle la vida, un maní, al chico que esté en un entorno imprudente. El maní es un alimento salvador para los niños más desnutridos de África, pero a la vez es un alimento peligroso cuando acompaña la cerveza, que precede al asado del domingo, o cuando lo acompaña en un atardecer de verano. No se le puede dar un maní a un chico, ni en broma, ni para ver qué hace, ni bajo la supervisión de un adulto, ni cuando tiene ínfulas de niño grande. Ni una aceituna, ni un grano de choclo, ni una arveja, ni un caramelo, ni una moneda para jugar. Puesto que es peligroso, y nadie sabe con certeza cuándo termina la edad peligrosa y cuándo comienza la etapa segura.

Porque la probabilidad de atragantarse es bien posible, y del todo imprevisible. Esta posibilidad es más probable si el chico está jugando, y especialmente si grita o si llora, si corre o salta alrededor de la mesa del aperitivo o alrededor de la mesa de un patio cervecero. Tal vez el atragantamiento no será más que una tos fuerte, roja la cara, un mal momento y un susto. Pero también puede ser que el maní, la aceituna, la arveja o el grano de choclo, o sólo un trozo de alguno de ellos, ruede por las vías respiratorias y se detenga en un bronquio pequeño, y se quede allí sin que nadie lo sepa, y entonces provocará mañana una neumonía, y otra pasado mañana. Y también puede ser que el maní, o lo que sea, quede atrapado en un bronquio grande y la cara ya no será roja sino azul, y no habrá tos porque no habrá aire, y la insuficiencia respiratoria puede tener entonces consecuencias terribles.

Pero el maní, por otro lado, salva muchas vidas infantiles. En 1999, André Briend, francés, elaboró un alimento revolucionario que hoy se conoce como Plumpy Nut (o Plumpy'nut) o simplemente Plumpy. Y Plumpy constituye la posibilidad de vivir para decenas de miles de chicos en varios países africanos. Tal vez alguien quiera darle en Argentina, al maní, más utilidad que la tan secundaria que tiene actualmente; tal vez alguien quiera reinventarlo para darle un uso local.

Plumpy se parece al dulce de leche, porque es una crema dulce y oscura, pero está hecho con pasta de maní enriquecida con vitaminas A, B, C, D y E, grasas monoinsaturadas y minerales (calcio, fósforo, potasio, magnesio, zinc, cobre, hierro, sodio, iodo y selenio). Un niño lo puede comer con una cucharita, con un palito o con el dedo. También hay leches especiales para realimentar niños gravemente desnutridos: una de ellas recibe el nombre de F-100, nombre de camioneta comprada gracias al buen precio internacional de la soja, que nada sabe, ni le interesa, de hambrunas ni desnutrición.

Plumpy es fácil y rico de comer, casi no necesita conservación y se presenta en tarrinas o en raciones individuales. Dos de estas raciones al día durante dos semanas representan, para los niños gravemente desnutridos que aún pueden alimentarse por sí mismos, la puerta para salir de la zona estrecha que en el mundo desesperadamente pobre separa la vida de la muerte. Una ración de Plumpy contiene unas 500 calorías, bien equilibradas, y un niño se la come rápido y contento. Es un invento francés, realizado por encargo, que se fabrica en África bajo el patrocinio de Unicef y de la Organización Mundial de la Salud, que a la vez son los principales compradores. La fábrica está en las afueras de Niamey, capital del Níger, y produce unas 40 toneladas mensuales de Plumpy. Esta cantidad, gigantesca, permite hacerse una idea de cuántos maníes se necesitan allí donde la pobreza es extrema, y hace pensar en la Argentina, donde quedan maníes tirados en el suelo. Entonces me pregunto cuánta diferencia hay entre soja y maní.

Esta situación de poder salvar vidas gracias a un alimento tan vulgar como el maní contrasta con la actitud displicente que despierta el puñado de maníes que acompaña tantas cervezas santafesinas. Lo que en Santa Fe es nada, en África es vida.

(*) Médico santafesino radicado en España, dedicado a la pediatría y a la comunicación médica.