Opinión: OPIN-04
La vuelta al mundo
La crisis, ¿vino para quedarse?

Rogelio Alaniz

La crisis financiera que nuestra presidente bautizara como "efecto jazz" es, desde todo punto de vista, una mala noticia. Lo que habrá que discutir, en todo caso, es la dimensión de esa mala noticia, pero en lo que parece haber unanimidad es en que sus consecuencias perjudicarán la calidad de vida de las sociedades del mundo. La crisis obligará a consumir menos y a una gran mayoría la colocará al borde del subconsumo. Se perderán empleos e ingresos.

Lo más probable es que en el camino se pierdan valores. En las crisis anteriores, en las graves me refiero, las sociedades dejaron de creer en aquellas pautas que organizaban sus vidas de acuerdo con principios humanistas. El primer valor que la crisis se llevó puesto fue el de la vida. Matar o morir dejó de tener importancia. Las crisis devalúan la moneda y los bonos, pero, cuando son profundas, el primer valor que se devalúa es el de la vida.

La crisis puso en discusión la democracia liberal y, con ella, los derechos civiles y políticos. La crisis fue la antesala de la guerra y el laboratorio que dio lugar a la aparición de monstruos políticos legitimados por multitudes desesperadas y desaforadas, convencidas de que apoyando lo peor iban a salir del infierno. Rotos los diques de contención del sistema y liberadas las masas a sus instintos primarios, a nadie le debería llamar la atención que prefieran lo peor.

En la Argentina, la crisis del '30 puso punto final al modelo de acumulación económico que nos había instalado entre los primeros países del mundo e inició la demolición del sistema democrático, habilitando el primer golpe de Estado de nuestra vida nacional y la irrupción de las Fuerzas Armadas en el sistema político. Pero no concluyeron allí los efectos de las crisis que, cuando son profundas, ponen en discusión las pautas culturales de una sociedad, impugnan todo en lo que hasta ese momento se había creído y predisponen a las masas a seguir al primer aventurero que les venda alguna ilusión.

En los años '30, en la Argentina se suicidaron Alfonsina Storni, Horacio Quiroga, Lisandro de la Torre y Leopoldo Lugones. Hubo más muertes, pero éstas fueron las más conocidas. Los motivos de los suicidios fueron personales, pero hoy a ningún historiador se le escapa que existe una relación íntima, secreta, entre una sociedad que ha perdido el rumbo y el suicidio de sus espíritus más sensibles o más receptivos a la naturaleza de la catástrofe.

La crisis de 1930 estalló en Wall Street porque ya para entonces el eje de la economía mundial se había trasladado desde Gran Bretaña a los Estados Unidos. Las consecuencias en el corazón del imperio fueron pavorosas. Puede que las películas hayan exagerado un tanto con las imágenes de empresarios quebrados arrojándose al vacío desde los rascacielos o levantándose las tapas de los sesos en la soledad de sus despachos, pero la tragedia existió, sobre todo en una época en la que todavía sobrevivía cierto sentido del honor y la quiebra era considerada una deshonra que justificaba el suicidio. Para bien o para mal, en la actualidad no hay motivos para temer desenlaces de este tipo. Por lo general, las que quiebran son las empresas, pero los empresarios siguen tanto o más millonarios que antes.

Durante casi diez años EE.UU. ofreció el panorama de una nación devastada por la guerra. En este caso, la guerra había sido invisible. No fueron necesarios bombardeos ni cañonazos para arrojar a las multitudes indigentes a las calles. La caída de la actividad productiva produjo la caída de la recaudación y, por consiguiente, el derrumbe de los servicios estatales. Cerraron escuelas, hospitales, oficinas públicas. La mendicidad fue uno de los rostros de la crisis; el otro fue el auge de la actividad delictiva y, en particular, del crimen mafioso organizado. A quien quiera disponer de un panorama más visual de lo sucedido en aquellos años le aconsejo ver "Viñas de ira", la excelente película dirigida por John Ford e interpretada por Henry Fonda, basada en una novela de John Steinbeck.

El piloto que sacó a Estados Unidos de la crisis fue Franklin Delano Roosevelt. Pagó un alto precio por ello. Los grandes banqueros y los principales bonetes de la economía lo trataron de comunista y algo peor. Se dice que en la casa de una de las familias más ricas de Boston estaba prohibido pronunciar su nombre en las sobremesas. Roosevelt, con su típica flema anglosajona, respondía a esos desplantes diciendo que los ricos disponían de un gran talento para condenar justamente a quienes los estaban salvando. El diagnóstico no estaba equivocado antes y es probable que tampoco esté equivocado ahora.

Roosevelt aplicó el famoso New Deal para salir de la crisis. No fue fácil hacerlo y los resultados no se apreciaron de la mañana a la noche. Las resistencias fueron enormes y recién hacia 1941 Estados Unidos empezó a salir de la crisis, aunque para esa época iba a ingresar en ese otro escenario internacional creado por la crisis: la Segunda Guerra Mundial.

Las decisiones económicas de Roosevelt fueron audaces, pero previsibles. Después de todo, el ideólogo que apuntalaba las nuevas iniciativas era lord Keynes, un aristócrata británico que se diferenciaba de sus pares por su inteligencia y su visión más amplia y profunda de la naturaleza del capitalismo.

Las iniciativas de Roosevelt fueron económicas, pero para hacerlas posibles convocó al compromiso del ciudadano norteamericano. En esos años, el presidente condujo un programa radial en el que personalmente informaba a la gente sobre lo que estaba haciendo y sobre lo que iba a hacer. El objetivo era dialogar con la sociedad, pero lo que al presidente le preocupaba era convocar a lo que denominaba la fibra moral del norteamericano medio. De la crisis no se salía de cualquier manera o pagando cualquier precio; se salía con convicciones, certezas y valores. La lección también vale para el 2008.

La crisis del '30 puso en discusión los valores del sistema en su conjunto. Los marxistas supusieron que era la antesala de la revolución social. Una vez más se equivocaron. La única revolución que se dio fue para el otro extremo, es decir, hacia la derecha. Los grandes beneficiarios políticos de la crisis se llamaron Mussolini y Hitler. No fueron los únicos, pero fueron los más representativos.

Es posible que el mundo de 2008 esté mejor preparado que el de los años '30 para afrontar estas crisis. Es posible, pero no es seguro. Entre otras cosas porque, si bien existe una experiencia institucional acumulada que permite controlar sus efectos, la actual se da en un escenario social y cultural muy diferente del de 1930 y, por lo tanto, la experiencia acumulada sirve, pero en lo que importa hará falta algo más que experiencia para resolver los serios problemas que se avecinan.

Como dijera Bette Davis en "La malvada": "Se vienen momentos de turbulencias, aconsejo a todos ponerse los cinturones de seguridad". Bette Davis lo decía por otras razones, pero sería muy bueno que nos hiciéramos cargo del consejo. En principio, no hay motivos para festejar, salvo que seamos suicidas. Tampoco hay tiempo para ponernos demasiado tristes y lamentarnos por los paraísos perdidos. Con la crisis vamos a convivir en el mejor de los casos unos cuantos años. De nosotros, de nuestra fibra moral, dependerá que sus efectos sean más o menos perjudiciales; de la lucidez de la clase dirigente dependerá que marchemos hacia la salvación o hacia la catástrofe.