arte: ARTE-01
Esa carencia que necesita llenarse
Concepción Bertone, nació en Rosario en 1947. Es poeta, ensayista y crítica literaria. Fue coeditora de la revista Cuadernas, junto con Hector Píccoli y Armando Vites. Sus libros: "De la piel hacia adentro"; "El vuelo inmóvil"; "Citas", "Aria da Capo"; "10 poetas argentinos 10 poetas venezolanos. Antología a dos voces", y la antología "Las 40. Poetas Santafesinas, 1922-1981", que editó este año la UNL y el Ministerio de Innovación y Cultura de la provincia de Santa Fe, 2008.
ÄLa poesía es "la intemperie sin fin", nos dice Juan L. Ortiz, y es aquí donde está más viva, huella que la mirada consigna para trazar su propia variación. ¿Acaso no son ciertos poemas, ciertas líneas, las que al tocarnos también nos eligen?
Concepción Bertone: ÄCreo en la elección mutua, en una atracción amorosa que se corresponde en la primera mirada y luego dura toda la vida. Encontré un libro de Celan cuando tenía 18 años, no lo conocía y nadie hablaba de él en ese tiempo, pero cada vez que lo abro o lo comparto en una lectura con mis alumnos, recuerdo ese momento de elección, de amor a primera vista aun cuando me parecía totalmente oscuro y eso me fascinaba. Luego se fue revelando como un cuerpo de luz, como un guía luminoso. Con Celan y con todos los poetas y escritores que amo y que me eligieron y elegí me sucede eso que necesito de un libro, no importa el género; me tiene que ofrecer una dificultad suficiente como para provocar mi interés y mi elección afectiva, que se transforma en un goce inexplicable. Ahí siento ese roce de tu pregunta. Ese roce en el que no nos subestimamos, no nos sometemos y las palabras se abren como puertas, como puertos al infinito. Soy una lectora simbólica Äéste es un orden que ha demostrado Freud con la lógica de los sueñosÄ. No puedo leer sin tratar de descifrar el texto de una manera inconsciente. Es mi goce, una suerte de Eros que me remite a la escritura, que me contacta con mi propia escritura.
ÄNo creo que haya debate serio o en serio sobre la poesía argentina. Hay chisporroteos, algunos cables pelados, berretines por canonizar lo inclasificable en un momento que deberíamos hablar de duelo. En estos años, se fueron muriendo uno tras otro los poetas que eran las voces más amadas de la poesía Argentina: Orozco, Girri, Giannuzzi, Madariaga, Oliva, Baldovín, Vallejos. Los tres últimos apellidos, quizás menos conocidos para el público general, por estar alejados de Buenos Aires. Y aunque no se hable de duelo, el duelo existe y se hace notar en un extrañamiento, en un vuelco de la realidad que le impone modas al hecho de no ponerle el cuerpo a las pérdidas. Este nuevo uso del dolor que no vela ya a sus muertos. Los entierra pero no los vela, no los llora públicamente. Pero la poesía siempre está abierta al público, un público que nunca será unánime, menos en un mundo que ha perdido la ilusión. La poesía que circula y se difunde masivamente en blogs, revistas literarias y suplementos de periódicos, en su gran mayoría es la contracara del hermetismo y un carverismo malentendido si se piensa que Carver quería escribir como Shakespeare.
ÄLa poesía no se convertiría en un objeto de lujo ni aunque con toda justicia nos pagaran a los poetas para que pudiéramos sentarnos a escribir poesía. Y no la adjetivo porque no hay poesía buena ni mala. Hay poesía o no hay nada más que palabras gastadas, sin proceso creador, sin musicalidad, sin acentos (y no estoy hablando de rima ni de métrica clásica sino de estilo y de fe en una búsqueda que no se inventó ayer). La poesía es un profundo trabajo con la palabra y allí reside su valor crítico y lírico. Creo que lo que se ha perdido es la búsqueda de esa palabra otra que nace de la variación, del trabajo de orfebre del engarce y la asociación semántica que no significa enjoyarla para el diletante. La poesía es un comprometerse hasta los huesos con eso que se escribe. La anécdotas son anécdotas. Los libelos son libelos. Pero ir directo y apasionadamente al corazón y los nervios de la escritura es toda una odisea, en la que la vida de quien intenta la aventura, aunque quepa en dos valijas de viaje Äcomo decía Pound de la suyaÄ vale el precio que se paga. No es fácil y hay que estar dispuesto para eso de sentarse y adentrarse en un arte cuya felicidad está implícita en esa búsqueda de liberación interior, de conocimiento, de diálogo con lo ausente. Hay que aceptar las reglas para poder romperlas. Y hay que conocer esas reglas para saber cómo se pueden romper.