Opinión: OPIN-02
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Con un abrazo entero
Por Prof. Belkys Larcher de Tejeda (*)

A propósito de "Lunas de abril", de Zunilda Gaite, me gustaría empezar este comentario con unos versos de Mario Benedetti que la misma Zunilda Gaite utiliza como epígrafe de uno de sus poemas: "Desde el origen somos indefensos / si alguien nos hace añicos la esperanza".

Un libro se construye con esperanza, no hay otro camino. Y el libro es la natural cristalización del poema, ése que brota a orillas del pensamiento, sumido en el agua mansa de la emoción íntima, del impulso vital que busca, en las palabras, el sendero forjador de imágenes. La esperanza nos alienta a optar por esta u aquella palabra, aquel sonido que nos quedó reverberando en la memoria y parece amoldarse a su gusto como ropaje del sentimiento. El proceso "escribiente" no tiene mayores secretos; la creación sí. Eso es harina de otro costal. Aquí y allá es el misterio y lo inexplicable del propio "yo" lírico quien, tras un arduo caminar interior, ve la luz en el trabajo poético.

Ya desde el encabezamiento que iniciala el libro, con minucioso detalle, Zunilda Gaite nos plantea el leit motiv de todo su esfuerzo: "A quienes se dejan habitar por el amor".

En "Lunas de abril", encuadrado dentro de un romanticismo sentimental, se desgranan notas, a partir de "Por el ojo certero de su aguja / la memoria", como pequeños apuntes, gotas de admiración por el ámbito en el que su mirada se extasía. Asocia libremente cada tanto con su ayer, con una historia "con un abrazo entero", con un pasado más feliz por la presencia de su compañero y/o de su infancia . La ausencia mana, se dibuja, se recorta, se esboza, en ocasiones semeja irse, alejarse del panorama interno, pero siempre está subyaciendo como una trama constante, como un telón de fondo que "pinta" los días. Aquí otro epígrafe, esta vez de Leopoldo Lugones reza: "Sutil como las alas del perfume vino tu recuerdo". Con ese recuerdo en sus pupilas, es la añoranza la que, fugaz y etérea, campea en los versos leves y delicados de la poeta. El lirismo, por momentos casi panteísta, parece alear su fuerza con logradas imágenes paisajísticas. Poesía susurrada, medida, suave como la caricia de lo nostálgico, tal vez demasiado sutil en la metáfora estructurada. Esa nostalgia grisácea lo impregna todo, lo aquieta, lo calma. Lo que nos seduce es, precisamente, esa paz interior que se vislumbra a través de evocaciones témporo-espaciales, como breves pantallazos de referencia autobiográfica.

Todos los poemas, minuciosamente presentados desde el título inmerso en el corpus lírico, hasta el remate final, todos, decía, giran en torno del "abrazo incompleto". Tienen un tono de elegía que empapa la glorificación de la naturaleza, esa naturaleza que se convierte casi en un personaje protagonista por sí misma. En realidad, es el paisaje el que inspira, el eje-motor del poemario, tanto el peso que el mundo circundante y bello de las sierras produce en su estado de ánimo. Esa lamentación de la belleza, lejana o perdida, la hace palpitar con el brío de sus íntimos sentires y vivencias, pasadas y presentes. El alma romántica se empapa aquí de remembranzas y la lucha dolorosa contra el tiempo ido, perseguido incansablemente por la memoria, por la vigencia duradera de la emoción.

La temática amor-muerte, eternos motores del quehacer poético, aún en ambiguo y confuso juego de oposición que, en definitiva, no es tal, nos embriaga los sentidos. El amor que arma, que construye, que alienta y que se recuerda; la muerte como profundidad del dolor, de la ausencia, del bien perdido. Ambos, juntos, en la permanencia de la memoria renovada y latente.

Subrayo cuatro poemas en los que surge, nítido, este planteo: "Piel ardiente". En él la soledad está entremezclada con el paisaje, el extrañamiento como espejo del ámbito geográfico, cuando evoca al ser amado.

En "Tu nombre", se abre con una ubicación temporal lograda para indicar el transcurrir de los días. Emplea aquí y en otros poemas, la técnica del triángulo invertido: primero lo más general, las circunstancias de lugar y tiempo, y poco a poco, llega al vértice: la emoción motora.

En "Calma incierta", es la antítesis antes mencionada la que plantea una situación emocional que, desde el comienzo, nos brinda un espacio de paz y quietud, tanto interna como externa.

Uno de los últimos poemas, "El viejo árbol del tiempo", actúa casi como elipsis conceptual del poemario. Tiene el peso de una gran metáfora del vivir mirando hacia atrás, hasta con una dosis de regocijo por el recuerdo que destaca la ternura del paso del tiempo, ese andar implacable que ha ido gastando, deformando y gestando diferencias en la prestancia de su figura. Sin embargo, como "los héroes que batallan", dice Gaite, "sigue de pie". En los últimos versos se esboza otra presencia, hay un "tú" tácito, una segunda persona evocada sutilmente, una alusión implícita del amor... En conclusión, "Lunas de abril" conforma un delicado y luminoso ramillete de poesías, estéticamente presentado, con un trasfondo de desnuda tristeza y alegría amatoria, de matizadas añoranzas y mínimos olvidos, de recuerdo y memoria.

Para cerrar, Zunilda Gaite poetiza en círculos paralelos el eje lírico amor-muerte-tiempo del libro cuando dice: "Sólo tú y tu ausencia de lunas pasajeras. / Sólo yo y las lunas de tu ausencia".

Texto leído durante la presentación del libro de Zunilda Gaite (editado por Imprenta Lux, setiembre 2007) en la reciente Feria del Libro santafesina.