"No hay cosa en este reino que no sea diáfana. Nada es impenetrable, nada es opaco y la luz encuentra la luz" (Plotino, "Enéadas", V)
En 1971 Jean Starobinski dedicaba a Jean Jacques Rosseau un volumen que recordaba la esencia más íntima de la obra y vida del escritor, moviéndose en la coordenada entre la transparencia y el obstáculo ("La transparence et l"obstacle"). Este libro lleva un título de resonancia starobinskeana: se mueve entre dos polos muy afines, en la tentativa de tomar y delinear el recíproco determinarse en el juego de la oposición.
Lo que aparece en primer plano es el ideal de la transparencia en la relación entre sujeto y mundo: ideal formulado con minuciosa precisión en el período medieval y en el interior de un articulado cuadro teórico, más no por esto inmune a la nostalgia por la unión totalizante, inmediata y libre entre el yo que conoce y el mundo externo, percibido siempre, sin embargo, en su constitutiva e irascible alteridad; proyección nítida encuadrada con rigor geométrico entre la categoría epistemológica de la filosofía y el deseo ineliminable de una totalidad inocente y primigenia. Del otro lado, el reflejo, interrupción y espesura del rayo, del hilo luminoso que liga al yo y al otro, objeto de deseo y de conocimiento, velo que esconde la realidad desnuda. Más aunque origen de la forma y de la imagen en torno a la cual se constituye la única conciencia posible, refleja en aquel "espejo de la mente" que es la fantasía, la diversidad infinitamente rica de lo existente, conforme lo percibe y modifica el espíritu del hombre en su circularidad viviente de transparencias y matices, de luces y de sombras. En el interior de este perímetro se desarrolla para la cultura de Occidente, el juego de solidaridad y distancia, de síntesis y oposición entre conciencia y deseo.
En alguna forma, todo sistema posterior contiene esa gradación que conoció el neoplatonismo y la mística románica del Medioevo, según la cual el hombre se eleva desde la limitación de la propia vida pasional y de la visión sensible del mundo a la eternidad y a la conexión universal y unitaria que absorbe el alma en Dios y le comunica la beatitud contemplativa. Con esta jerarquía se expresa una actitud general del espíritu humano en la concepción artística y en la contemplación filosófica, jerarquía de marcada raíz platónica. Giordano Bruno (1548-1600) en su obra sobre las pasiones heroicas, sistematiza la secularización que de este proceso íntimo estaba teniendo lugar desde Petrarca. De la afirmación de la vida y de la realidad, de las profundas experiencias de una época literaria, artística y poética, surge una relación completamente nueva de los hombres con sus pasiones, un concepto inédito de ensanchamiento del yo y su participación en el devenir del universo infinito.
Esta visión de la vitalidad íntima del mundo, de la fuerza que mana de cada una de sus criaturas, constituye la conciencia metafísica que presta a la gran época artística y poética del Renacimiento, el impulso concreto para captar de una manera inédita la manifestación de la naturaleza y del destino, del aparecer y replegarse de héroes y fantasmas. Bruno es el filósofo de esta visión estética del mundo. Con él nace el concepto de una "técnica de la naturaleza" que actúa artísticamente en las estructuras vitales. Al final de la obra acerca de lo infinito encontramos las siguientes frases: "No debemos ofrecer de la voluntad de Dios sino una definición al estilo de lo que buscamos en las leyes seguras e inviolables de la naturaleza, en el esplendor del sol, en el verdadero reflejo que se despliega en las cosas corporales y aparece transparente en la figura de lo infinitamente vivo, tal como alumbran, viven, sienten y piensan bajo el manto inmenso de los cielos"(De inmenso, VIII, 10).