El arzobispo de Santa Fe, monseñor José María Arancedo, expresó su dolor por la sucesión de homicidios registrados en nuestra ciudad el fin de semana, y los enmarcó en un deterioro social y cultural que se percibe a diario, cuya responsabilidad recae sobre toda la sociedad.
En diálogo con El Litoral, el prelado partió del impacto de comprobar "que Santa Fe sigue armada, y las consecuencias de esto han llegado al límite el fin de semana", con la sucesión de cinco homicidios en los cuales, según las autoridades, el común denominador fue un trasfondo de "droga, prostitución, armas y alcohol".
Con estos elementos, y con la preocupación que diariamente vuelcan los sacerdotes que trabajan en los distintos barrios de la ciudad por lo que perciben de manera permanente, el arzobispo consideró que sus causas "son de diversa índole: económicas, sociales, culturales. Pero esto no tiene que ser una respuesta fácil para sacarnos el lazo de encima, diciendo que es un problema que no tenemos capacidad de solucionar".
"Lo que vive la gente hoy en día es el resultado de una actitud de la sociedad, que ha descuidado el alimento de los valores, en sus actitudes, estilos de vida, en la cultura que se transmite desde la televisión, la manera en que se vive en comunidad. Entonces, vemos cómo, sobre todo la gente con más dificultades económicas, vive una suerte de presente sin proyectos que le permitan pensar o soñar hoy con el mañana; un presente sin futuro", consignó.
Arancedo estableció que, al desenvolverse en estas condiciones, las personas están "expuestas al alcohol, a la droga, a las pasiones y a formas de resolver conflictos que llegan hasta la muerte. Se han perdido lazos de contención, empezando por la familia. Y nosotros hemos ido creando esta cultura. Solamente una sociedad cínica puede alarmarse y no sentirse parte de esto".
El arzobispo insistió en la necesidad de que todos los individuos e instituciones sociales, partiendo del gobierno y abarcando también a la Iglesia, se hagan cargo del hecho de que "tanta gente viva en esta orfandad cultural, sin proyectos. Somos una sociedad que no despierta sueños, que no abre caminos, que no plantea futuros. Los chicos viven sin ejemplos en su vida cotidiana, en la política, en las instituciones. Y la ejemplaridad es una causa que mueve a pensar en otra cosa, a pensar en otros. A tener el horizonte de un matrimonio, una casa, trabajar, progresar".
Si bien consignó el acompañamiento que, a través de los sacerdotes de cada barrio, la Iglesia hace a los familiares de las víctimas, asumió que eso son apenas formas de acercarse al dolor, y que lo necesario es una tarea más de fondo e integral. "Son las cosas que hablamos en la Mesa del Diálogo: hay que recrear ámbitos de familia, de trabajo, de educación. Que sean espacios donde la gente se encuentre, una escuela que proyecte, que contemple, un trabajo que entusiasme y proponga caminos de realización. Familia, educación, trabajo. Ésos son los ejes que tenemos que recrear si queremos rescatar a esta sociedad", completó.