Si a este gobierno se le hubiera ocurrido privatizar el sistema jubilatorio, la respuesta de la oposición habría sido tan dura como lo es ahora que pretende estatizarlas. Puede que en la Argentina el obstruccionismo político sea una tradición, pero este bloqueo de la oposición a los Kirchner también puede pensarse como el resultado de la creciente pérdida de legitimidad del gobierno de la señora de Kirchner.
Interesa constatar el dato objetivo más allá de las conclusiones que se puedan obtener. Las mediciones, las mismas que en su momento los pusieron en el tope de las preferencias, ahora les otorgan un 30 por ciento de aceptación; un porcentaje bajo, muy bajo para un gobierno que además ha hecho del conflicto uno de los rasgos distintivos de su gestión.
La crisis del campo, como la nacionalización de las jubilaciones fueron temas que merecían discutirse. El gobierno no lo hizo o lo que intentó hacer, lo hizo mal. Con respecto a las jubilaciones la oposición mayoritariamente comparte la filosofía -como se dice, abusando del lenguaje- del sistema de reparto, pero el problema es que lo que se debate no es una materia de filosofía sino una determinada concepción del poder, una determinada modalidad de ejercerlo y es en ese punto en el que los Kirchner hacen agua, son muy vulnerables.
Cuando el país estaba en pie de lucha por la cuestión del campo, un dirigente ruralista me decía que desde el punto de vista técnico la famosa resolución 125 era perfectible, sobre todo en el tema de los reintegros, pero que a la reforma a dicha resolución, el campo la había descartado porque los productores ruralistas no le creían a este gobierno y sospechaban, con muy buenos fundamentos, que una vez aprobada la 125 los Kirchner los harían sudar sangre para reintegrarles lo que les correspondía.
Con el tema de la jubilación pasa algo parecido. Por más seguridades que los operadores oficialistas intentan darle a la oposición sobre el control de los fondos, la oposición está absolutamente convencida de que no es así, que las promesas son producto de la necesidad, pero que no bien la ley se sancione, el gobierno hará caja con la plata de los jubilados.
Que en la Argentina la situación política esté planteada en estos términos no es una buena noticia. La democracia se constituye sobre un piso alto de legitimidad cuya manifestación más visible es el diálogo entre dirigentes que piensan diferente pero se respetan. Cuando esta suerte de pacto se rompe los problemas que se avecinan pueden ser serios, muy serios, sobre todo en países con instituciones débiles y en los que se mantiene arraigado el sentimiento de que a un gobierno se lo puede desplazar a través de una pueblada o, como lo calificara Natalio Botana, un golpe de opinión.
La pérdida de legitimidad del gobierno nacional no es una buena noticia, pero hay buenos motivos para sospechar que han sido los Kirchner los principales responsables de haber creado una situación política de constante crispación. La designación de su esposa como sucesora además de una desprolijidad institucional -ya que se realizó a dedo-, sin elecciones internas e imponiendo el peso del Estado, fue una evidente torpeza política, un error que seguramente en su intimidad Kirchner ya se lo debe estar reprochando.
La situación no deja de ser patética. Después de veinticinco años de democracia, el poder real en la Argentina lo ejerce el marido de la presidente y lo ejerce liberado de controles porque decide al margen de las instituciones. En los pasillos de la Casa Rosada se rumorea que operadores kirchneristsas alentaron la esperanza de achicar los márgenes de intervención de Kirchner consiguiéndole un empleo en el UNASUR. La decisión de Tabaré Vázquez, decisión apoyada por todo el espectro político uruguayo, de vetar esta propuesta, derrumbó estas ilusiones y Kirchner seguirá en Olivos tomando decisiones sobre temas que él conoce poco, pero su mujer directamente ignora o prefiere dejar en manos de su marido a quien considera, en materia económica, superior en sabiduría a Keynes, Hayek y Schumpeter.
Como una reina sin corona la presidente inaugura plazoletas, canchas de fútbol, guarderías infantiles o viaja por el mundo recitando discursos plagados de anacronismos y lugares comunes, mientras el marido en Olivos gobierna. Una conocida escritora y militante feminista española, Almudena Grandes, no podía concebir que la realidad política argentina se tejiera con estos entremeses, sobre todo porque al tratarse de una presidente mujer el tema comprometía su propia militancia. Actualizada sobre lo que sucedía, sobre el estilo cortesano del poder y los niveles de subordinación política de la mujer a su marido, Almudena Grandes dijo con un tono que no alcanzaba a disimular su fastidio: "Si una mujer llega a la presidencia para que gobierne su marido mejor que no llegue nunca".
A Almudena Grandes habría que recordarle que Michelle Bachelet en Chile o Violeta Chamorro en Nicaragua o la gran Golda Meier en Israel no llegaron al poder gracias a las virtudes de sus maridos. Recuerdo que a mediados de 1974 la encontré a mi profesora Angelita Romero Vera haciendo los trámites de su jubilación. Con sorpresa y con pesar le pregunté porqué nos dejaba y Angelita, con ese tono irónico y sabio que en los momentos más difíciles se hacía más exquisito y profundo, me dijo que no estaba dispuesta a seguir trabajando en un país en el que Isabel Perón iba a ser presidente y después, como para que me quedara en claro lo que pensaba sobre la señora me confesó: "Yo y muchas de las mujeres de mi generación hemos luchado durante años para que las mujeres tengamos derechos civiles y políticos, no es justo, es una ironía fatal del destino, que el producto de nuestros desvelos se llame Isabel".
Cristina no es Isabel y Néstor no es Juan Domingo, pero en todo caso, lo que se mantiene constante es esa tradición perversa de concebir el poder como un patrimonio conyugal. Estas trapisondas conyugales, esta confusión de la política con la alcoba ocurre en la Argentina, porque en países parecidos a los nuestros las mujeres llegan por sus méritos y no por la protección del macho.
La historia de todos modos nos dará a conocer en un mediano plazo su juicio sobre los tiempos que vivimos. Para bien o para mal siempre es así. El jueves pasado sin ir más lejos, la Argentina recordó los veinticinco años de democracia y le rindió honores a la persona que simboliza aquellas jornadas: Raúl Alfonsín. Es curioso. Durante toda la década del noventa Alfonsín fue considerado un político fracasado mientras que el paradigma del éxito era Menem.
Veinte años después el juicio de la historia es definitivo. Menem y Alfonsín son contemporáneos, sin embargo, a la hora de los honores los reconocimientos de ciudadano ilustre o doctor honoris causa, los recibe Alfonsín. A ningún rector, a ningún intendente se le ocurriría otorgarle algo parecido a Menem. Mientras Alfonsín es convocado por las universidades, Menem la única convocatoria que recibe es la de los Tribunales. Más temprano que tarde pareciera que la historia pronuncia su veredicto: la virtud derrota al vicio, la honradez se impone a la corrupción, la inteligencia vence a la ignorancia. Habría sido deseable que los pueblos en tiempo presente hubieran advertido la diferencia. No lo hicieron, pero lo hacen veinte años después. Como diría el refrán: "más vale tarde que nunca".