Muchas son las razones que han entronizado a "Madame Bovary" como una novela clave y emblemática del siglo XIX, y como una de las puertas más importantes hacia la narrativa contemporánea. Es, por un lado, la gran novela realista que rompe con los cánones intimistas y egocéntricos de un desgastado romanticismo; pero es también la novela que sostiene la libertad en el uso de los recursos, según convenga al universo de la obra, ya que cuando se hace necesario apela a las emociones más estremecedoras, pasando del objetivismo más frío a la introspección más honda. Es también, como nota Patricia Willson en la introducción a una nueva cuidada traducción de "Madame Bovary" publicada por Colihue, la "primera novela en que aparece como procedimiento literario reiterado el discurso indirecto libre. En su modo de narrar, Flaubert les cede la palabra a los personajes, plasma lo que dicen, lo que piensan, sin que haya marcas que señalen la transición del punto de vista". Flaubert desestima la idea y la entrega a la "inspiración" para sostener el rigor del trabajo lento y disciplinado. Esta concepción de la literatura ha sido de todos modos malentendida, en el sentido que ha sido llevada a grados extremos por escritores que del "trabajo literario" han hecho un artefacto de rigor mortis . La literatura de Flaubert es sumamente vital, y toda su laboriosa aplicación tiende a ese fin. Del mismo modo, su estilo no lo ancló en moldes férreos, y sus textos recorren desde la "novela histórica" ("Salambó") a la novela cómica -en el sentido que con Kafka adquirirá lo cómico- ("Bouvard y Pécuchet"); del retrato enternecedor de "Un corazón simple" a la hagiografía de "La leyenda de San Julián, el Hospitalario".
"Madame Bovary" llegó a trascender el mundo literario para instaurar el término "bovarismo", en relación con los "sofismas de la imaginación" que arrebatan al personaje, y que se aplica a la evasión, que, a través de la fantasía, busca superar las insatisfacciones en el anhelo de una realidad distinta.