Las conversaciones que sostienen dirigentes de la oposición con el propósito manifiesto de arribar a un acuerdo para las elecciones del año que viene, van más allá del legítimo compromiso electoral que pretenden construir diversas formaciones políticas, y abren nuevas expectativas respecto del futuro de la democracia en la Argentina.
Habrá que seguir con atención los acontecimientos, ya que los líderes empeñados en esta articulación política deberán superar tendencias anteriores y obrar con generosidad e inteligencia, para ponerse a tono con las exigencias de la hora. Es importante esta puntualización, porque al margen de las especulaciones personales de los dirigentes, las diferencias entre las formaciones políticas de referencia son secundarias respecto del objetivo principal.
Uno de los indicadores de vulnerabilidad de nuestra democracia es, precisamente, la debilidad de la oposición o su creciente fragmentación. Por razones históricas complejas que obedecen a causas cuyo análisis excede los alcances de este editorial, los partidos políticos en la Argentina se han debilitado y, en más de un caso, están en vías de extinción.
El espacio opositor está en crisis y la emergencia de nuevos liderazgos no alcanza para cubrir este rol indispensable de la democracia, como es el de contar con partidos que ejerzan las tareas de control al poder y, al mismo tiempo, sean alternativas reales con capacidad de impulsar cambios superadores, en el marco del orden democrático.
Un sistema político con una oposición débil es un sistema fallido, con dificultades para cumplir con sus objetivos reproductivos. La ausencia de una oposición importante puede deberse a los errores de sus dirigentes, pero también puede ser la consecuencia de una acción deliberada del poder. En la Argentina del siglo XXI estas dos condiciones se han hecho presentes para amortiguar a la oposición que, como lo testimonian numerosos ejemplos, muchas veces fue cooptada por el oficialismo.
Por lo tanto, las tratativas que en este momento desarrollan conductores del radicalismo y el ARI pueden considerarse un hecho auspicioso, en tanto se proponen poner punto final a la crónica y esterilizante fragmentación opositora. Está claro que lo que se ha hecho es, apenas, un primer paso, un modesto punto de partida, pero falta recorrer un difícil camino flanqueado de egos desafiantes. No obstante, es un buen síntoma que luego de tanto tiempo de rivalidades inconducentes y peleas por mezquinos espacios de poder, se intente llegar a un acuerdo que es electoral, pero que se proyecta más allá de ese colectivo acto político. Sin duda, un acuerdo genuino excede el simple reparto de cargos o funciones; apunta a mejorar la calidad institucional y a definir un modelo de desarrollo económico más consistente y sostenible.
En las democracias maduras, las variantes opositoras pueden ser partidos históricos o nuevas coaliciones. Lo que importa, en cualquier caso, es que la función antagónica se ejerza como una palanca arquitectónica apta para generar las tensiones que mantienen en pie el edificio democrático y republicano. De lo contrario, el poder hegemónico se queda sin contrapesos ni equilibrio.