El 21 de noviembre de 1973, el senador radical Hipólito Solari Yrigoyen fue víctima de un atentado terrorista. Según las crónicas, una bomba estalló en el momento en que intentaba darle arranque al auto. Salvó su vida milagrosamente, pero sufrió lesiones que estuvieron a punto de hacerle perder las piernas. Los argentinos habíamos contemplado un episodio parecido en la pantalla del cine. Se trataba de la película de Coppola "El padrino". La mafia ajustaba cuentas de ese modo y yo recordaba que Bertolt Brecht había escrito una obra de retrato que, justamente, comparaba a la mafia con el fascismo. Algo parecido había hecho Dashiell Hammett en su novela Cosecha roja.
El atentado contra Solari Yrigoyen merece recordarse por varios motivos. En primer lugar se trataba del primer operativo terrorista perpetrado por las Tres A, la banda fascista organizada desde el Ministerio de Bienestar Social con el apoyo de Perón. Pero no concluyen allí las curiosidades. Solari Yrigoyen era castigado por el fascismo por dos faltas que los fascistas no perdonan: defendía las libertades públicas y, -vaya casualidad- era uno de los legisladores que estaba trabajando con más dedicación para la reforma de la ley de Asociaciones Profesionales.
Importa reflexionar sobre estos hechos porque esta semana un fallo de la Corte Suprema de Justicia sentó un precedente importante a favor de la libertad sindical. La unánime decisión de los jueces contó con el apoyo mayoritario de una sociedad que, por buenas y malas razones, sigue equiparando a un dirigente sindical con un gángster. Pero, a la vez, dio lugar a que numerosos gremialistas expresaran su voluntad de resistir este decisorio.
Digamos que el debate sobre la democracia sindical está abierto e incluye ideas, intereses y espacios de poder. Las diferencias, las ásperas diferencias, se resolverán debatiendo, movilizando, intrigando si se quiere, pero en ningún caso alguien será víctima de una bomba o terminará ametrallado en los parques de Ezeiza como le ocurrió, por ejemplo, a Silvio Frondizi en 1974. Cabe recordar que había sido secuestrado a las seis de la tarde en pleno centro de Buenos Aires -en una de sus horas pico- ante la indiferencia, la impotencia y el terror de quienes a esa hora circulaban por esa zona.
Las lecciones de la historia son claras: el fascismo se distingue por su afición a la muerte, pero por sobre todas las cosas por su manera de matar.
Los hechos en la historia suelen ser más aleccionadores que las teorías más exquisitas. En 1973, defender la libertad sindical significaba arriesgar la vida; en 2008 se arriesgan intereses, pero nadie supone que está poniendo en juego la vida. Alguien dirá que en una democracia también hay muertos, pero la diferencia reside en que en las dictaduras la muerte es amparada por el Estado, mientras que en la democracia los crímenes se investigan y los responsables suelen terminar en la cárcel como hoy lo están Videla, Massera, y la recua de sicarios y torturadores que en los años del proceso actuaron como señores de la guerra torturando a disidentes y violando a mujeres indefensas.
En mayo de 1969 fue asesinado por un comando "premontonero" el líder metalúrgico Augusto Timoteo Vandor. El mítico "Lobo" se había distinguido por organizar -en alianza con los militares- los largos planes de lucha contra el gobierno de Illia, y el 28 de junio de 1966 se había hecho presente con saco y corbata en el acto de asunción de Onganía. La dictadura militar le obsequiaría luego a la burocracia sindical el control de las obras sociales, un regalo multimillonario que le permitirá a la burocracia sindical peronista disponer hasta el día de la fecha de recursos con los que financian su actividad gremial y, sobre todo, sus lujos privados. Ninguno de esos beneficios le impidió a Vandor, como luego a Alonso y más adelante a Kloosterman, Coria y Rucci, entre otros, morir asesinados en un clima de delirante violencia en el que la vida no valía nada.
A estos peligros, los dirigentes sindicales no los hubieran corrido en los años de Illia o Frondizi. Tarde, tal vez un segundo antes de la muerte, es probable que alguno de ellos haya pensado que, efectivamente, no era lo mismo vivir en las aburridas democracias que en las heroicas dictaduras. Hoy hasta el dirigente sindical más controvertido sabe que en el peor de los casos podrá ir preso o perder el control del gremio, pero también sabe que su vida no está en juego.
Recuerdo que en 1978 un periodista deportivo de nuestra ciudad hizo una comparación entre las asiduas reuniones de dos técnicos del fútbol y las que sostenían Videla y Pinochet. Esa inocente y hasta ingenua comparación fue suficiente para que el periodista perdiera su programa televisivo y así y todo respirara aliviado porque, según le dijeron, estuvo a punto de perder algo más importante que un programa. Hoy un periodista no corre estos riesgos, porque lo que distingue a las dictaduras, es entre otras cosas, su absoluta falta de sentido del humor, esa rigidez marcial, estólida que distinguía a un mamarracho como Onganía o a un sádico depresivo como Videla.
Fue en tiempos de Videla cuando un ex director de El Litoral, don Riobó Caputto, fue detenido por haber publicado un cable que transcribía declaraciones del líder montonero Mario Firmenich en Nicaragua. El cable había salido en diarios de Buenos Aires, pero el verdugo local de turno entendió que se había vulnerado la ley de Seguridad Nacional sancionada por el proceso. En consecuencia, un hombre de impecable trayectoria democrática y directivo de un diario que había defendido a la república española y se había pronunciado a favor de los Aliados contra el eje nazi-fascista, fue a la cárcel. Estos peligros, estas incertidumbres hoy no corren los directores de los diarios.
Los veinticinco años de democracia nos encuentran a los argentinos sumergidos en viejos y nuevos problemas. La democracia como concepto es una realidad con asignaturas pendientes, pero es una realidad que existe, funciona y marca un antes y un después respecto de las dictaduras. El más polémico o controvertido de los presidentes de la democracia vale más que el más popular de los dictadores. La democracia tiene límites, pero dispone de una virtud esencial, es perfectible, siempre se está realizando. Sus defectos son los defectos de la condición humana. La democracia es exasperante para muchos porque nos hace responsables por acción u omisión. Somos responsables de los dirigentes que elegimos y de los que no elegimos y eso, para más de uno, es una carga demasiado pesada. Por el contrario, las dictaduras tienen la "virtud" de liberarnos de esas responsabilidades. El autócrata, el déspota, el tirano, deciden por nosotros. Son ellos quienes nos protegen, nos cuidan y, si se les ocurre, nos quitan la vida.
El fascismo es la muerte y la democracia es la vida. Fue precisamente un fascista, Millán de Astray, el que ingresó a la Universidad de Salamanca al grito de " Viva la muerte, abajo la inteligencia". En esa consigna, que humilló y escandalizó a Unamuno se sintetiza la filosofía del fascismo y la de todos los enemigos de las sociedades abiertas. Yo tuve la oportunidad de escucharla en labios de un rector de la Universidad peronista en 1975. Se trataba de García Martínez, un fascista que en el Paraninfo se pronunció a favor de la muerte. A esa hora exactamente, los escuadrones de las Tres A recorrían la ciudad sembrando el terror y la muerte. Hoy los santafesinos vamos al Paraninfo a escuchar conferencias y a disfrutar de conciertos. También en este punto hay una diferencia tajante entre democracia y fascismo.