Concluyó la última edición

Mar del Plata, su festival y la programación del “otro cine”

Roberto Maurer

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En esta edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata no se vieron largas colas para entrar a las salas como en años anteriores, y las cifras oficiales lo confirmaron: se produjo una sugestiva merma de público. La explicación obvia es el corrimiento de marzo a noviembre, un mes con pocos forasteros en la ciudad.

Sin embargo, ha bastado para que algunos aprovecharan para alzar la voz desacreditando a la programación, y promovieran una alternativa cinematográficamente menos exigente, aunque sin descender a los tiempos de Maharbiz, y sin igualarse al Festival de San Luis, que no habría que tomar en cuenta ya que sólo es un Estado asociado de la Argentina. Sin embargo, con el mismo nivel de calidad, en marzo el festival era un éxito de público.

El propio José Martínez Suárez, el simpático octogenario que dirige el festival (el último día su hermana Mirtha Legrand llegó para robarle cámara), de un modo chocante y en público criticó a los programadores por “poner palos en la rueda”.

Los responsables de esa mala acción son los héroes anónimos del festival, jóvenes cinéfilos que trabajan todo el año para traer lo más nuevo del cine actual y recuperar películas en atractivas retrospectivas, y no sin dolores de cabeza: el cine es un negocio, y hay presiones. Si el objetivo es la adhesión de un público masivo, ahí están los circuitos comerciales, que cumplen muy bien con su misión. El “otro cine” se difunde solamente en los festivales.

ALGUNAS SECCIONES

Ese “otro cine”, por ejemplo, estuvo representado por secciones dedicadas a Jean-Claude Russeau, Thomas Clay y Makoto Sató. Si el lector jamás los oyó nombrar, no debe mortificarse: sus obras sólo se ven en los festivales.

Russeau es un francés canoso y distinguido que llegó para presentar a sus películas, de una radicalidad exasperante. Probamos con “De son appartament”, rodada en un departamento con planos fijos interminables que reposan en los objetos y ocasionalmente en su ocupante, o un trozo de él, el propio director, que no sabemos si está encerrado, o si descansa, o espera al sodero. Lo más dramático que sucede es la rotura de un plato, en un film de encuadres y fotografía exquisitos, que se sitúa según los críticos, en el límite mismo de dos líneas asintóticas (sic).

Mejor suerte tuvimos con Thomas Clay, un inglés que también vino al festival, de quien vimos “Soi Cowboy”, rodada en Bangkok, el retrato intimista de una pareja formada por un europeo muy obeso y una diminuta y linda jovencita tailandesa, con diálogos mínimos y en blanco y negro. Pero se produce el shock de una ruptura brutal, con pasaje al color y a una Tailandia rural en la cual se revela el origen de esa pareja, con sicarios, decapitaciones, mafia y prostitución.

En cuanto a la sección reservada al documentalista Makoto Sató, fallecido el año pasado, el cronista del Japón moderno nos acerca a “Artists in Wonderland”, donde enfoca a la creación desde un ángulo poco habitual, el de artistas discapacitados mentales y su mundo familiar e institucional.

HACIA ATRÁS

A estas miradas al presente del cine, se suman las dirigidas a su pasado histórico, como una magnífica retrospectiva de Jean-Pierre Melville, un padrino de la nouvelle vague que se negó a reconocer a sus hijos, que incluyó la única película que rodó en Estados Unidos el más norteamericano de los directores franceses. Protagonizada por el propio Melville, “Dos hombres en Manhattan” es una historia policial sin asesinatos, pero con un muerto de paro cardíaco, y un tratamiento propio del cine negro clase B de un sarcasmo que inmediatamente reaparecería en algunos films de Godard.

También nos reencontramos con “El silencio del mar” (1949), su maravillosa opera prima, la visión intimista de la ocupación nazi que sólo se vio una vez en Santa Fe en los tiempos en que la Alianza Francesa se preocupaba por organizar ciclos de buen cine.

SONATA DESAFINADA

Parece inexplicable que “Tokio sonata” se haya alzado con el segundo premio en orden de importancia de la competencia internacional. Su primera parte es una copia de “El empleo del tiempo”, con un ejecutivo que oculta su cesantía a la familia y deambula por las calles con desocupados fantasmales. Cuando se descubre el engaño la familia se desbarranca y la película también. La esposa es secuestrada por un ladrón arrepentido que antes fracasó como cerrajero y ahora fracasa como ladrón. Ambos terminan fornicando en una choza junto al mar. El hijo mayor se va de voluntario pro yanqui a Irak, donde se da cuenta de que se equivocó de bando, en tanto que el menor es un pianista prodigio, pero no lo dejan, se escapa y termina en un calabozo. Y el padre consigue trabajo de peón de limpieza, encuentra un fajo de billetes, corre a ninguna parte en mameluco y luego devuelve la plata.

Estas extravagancias, para colmo, tienen un final feliz.

El director Kiyoshi Kurosawa ha sido designado heredero de Ozu, quien no puede defenderse desde la tumba.

“... son los héroes anónimos del festival, jóvenes cinéfilos que trabajan todo el año para traer lo más nuevo del cine actual y recuperar películas en atractivas retrospectivas, y no sin dolores de cabeza: el cine es un negocio y hay presiones”

Mar del Plata, su festival y la programación del “otro cine”

El director Kiyoshi Kurosawa trajo “Tokio sonata”, un inexplicable segundo premio.

Foto: Archivo El Litoral