Mientras el problema no sea atacado de raíz, la violencia continuará latente y, tarde o temprano, volverá a ser protagonista.
Mientras el problema no sea atacado de raíz, la violencia continuará latente y, tarde o temprano, volverá a ser protagonista.
EDITORIAL
Violencia y silencio
Otra vez la violencia, los aprietes, los ba-rrabravas, el miedo y el silencio casi absoluto. Un cóctel que desde hace tiempo parecía haberse alejado del fútbol de Santa Fe, pero que regresó la noche del sábado 8 de este mes, luego de la derrota de Unión frente a Tiro Federal de Rosario.
Para algunos, el fantasma de los barrabravas en los clubes locales es simplemente un capítulo cerrado. Sin embargo, sucesos como el de aquel sábado parecen indicar que, en realidad, los violentos están allí, organizados, agazapados, como una enfermedad crónica que se mantiene latente y que, de un momento a otro, expresa sus síntomas de manera virulenta.
Las cuarenta y ocho horas que siguieron a los incidentes fueron de un hermetismo total. Sin embargo, poco a poco comenzaron a circular distintas versiones relacionadas con amenazas a los jugadores unionistas recién llegados desde Rosario luego de la derrota. Es que lo ocurrido alcanzó niveles tales de violencia que resultó imposible evitar filtraciones.
En un principio, algunos de los más encumbrados dirigentes del club relativizaron los hechos. Incluso se negaron a denunciar públicamente la situación argumentando que sólo conocían lo sucedido a través de terceros, porque ninguno de ellos había estado presente en el momento de las amenazas.
Pero el primer entrenamiento de la semana encontró al equipo custodiado por la policía. Ya no había dudas. Las amenazas eran reales y el nivel de violencia había sido mucho más virulento de lo que se intentó hacer creer a la prensa y al público en general.
El episodio de aquel sábado continuó repicando a lo largo de toda la semana. Los jugadores, presos del miedo, resolvieron no emitir ningún tipo de declaración. Prefirieron el silencio para protegerse a sí mismos y a sus familias. Es que, evidentemente, sienten que el club y la policía no pueden garantizarles niveles aceptables de seguridad.
Pero no sólo los jugadores parecen tener esta sensación de desprotección. De hecho, hasta hoy, la única denuncia radicada ante la policía es la del chofer del micro atacado por los hinchas, quienes aquella noche lanzaron piedras y utilizaron barretas de hierro para intentar abrir las puertas e increpar cara a cara a los aterrorizados jugadores.
La dirigencia de Unión no realizó una denuncia formal ante la policía, ni ante la Justicia. El club y los jugadores se amparan en la explicación de que, con la denuncia del chofer, es suficiente, porque lo ocurrido ya se está investigando. Sin embargo, este argumento no parece del todo convincente.
Hace algunos meses, un dirigente del club renunció a su cargo y dejó constancia ante la Justicia acerca de presuntos vínculos entre un barrabrava y autoridades unionistas. Ahora, el silencio mantenido luego de las agresiones contra el equipo acrecientan las sospechas. Mientras el problema no sea atacado de raíz, la violencia continuará latente y, tarde o temprano, volverá a ser protagonista. Los responsables deberán, entonces, dar las explicaciones que por ahora siguen sin aparecer.