Al margen de la crónica

Lluvia con sol

Si por estos días, tan colmados de vértigo, tan llenos de horarios, tan atravesados (apuñalados, triturados, demolidos, podría decirse) por la crisis, tan próximos al pico de estrés, tan cercanos al temido fin de año, tan pegado al más inminente fin de clases, tan acorralados por obligaciones, tan cargados de incertidumbre, busca algo para distraer la vista, no lo dude.

Siempre que no esté al volante o, en todo caso, cuando haya disminuido la velocidad o -mejor aún- si el semáforo recién se puso en rojo y no queda otra más que esperar antes de pisar el acelerador, tómese un tiempito y observe.

Si en cambio está a pie, disminuya un poco el paso que igual va a llegar. Busque excusas para usar sus piernas y, si es posible, deténgase del todo, pare, ponga stop, que vale la pena. Es más, puede seguir conectado a los auriculares, porque no hace falta escuchar; con mirar alcanza.

Si es de los que atraviesan la ciudad en colectivo, ida y vuelta al trabajo o al estudio, y tiene la suerte de viajar sentado. O, aún parado y apretujado, necesita algo que lo releve por un momento de incomodidades, preocupaciones y bolsillos cada vez más flacos, permítase observar por la ventanilla.

Por estos días llueven flores. Y que no le parezca exagerado. A esta altura del año las tipas que pueblan algunas de las avenidas más transitadas de la ciudad y sombrean plazas y parques están tapizando de amarillo calles, veredas y suelos. Y vale la pena asomarse a un espectáculo gratuito y apto para todo público. Ahora son tipas, antes fueron jacarandaes, en otro momento los lapachos, en otoño habrán sido los fresnos, dorados antes de perder las hojas.

Pesadilla para alérgicos, cursilería para escépticos, inspiración para románticos, zoncera para racionales, trastorno para obsesivos. Llámelo como quiera pero no se lo pierda que es, ni más ni menos que un bello espectáculo para contemplar, tan accesible que se muestra aunque uno se empeñe en andar con la vista clavada en el piso.