San Martín y la soberanía nacional
Carlos Eduardo Pauli (*)
La visión predominante, en todos los niveles de la educación formal, es la de presentar al Padre de la Patria, como el Libertador de los pueblos hermanos, Chile y Perú. Así se destaca su genio militar, su renunciamiento (Guayaquil), y su sentido moral (las máximas). Pero poco se dice de los últimos años que San Martín residiera en Europa, como si en su exilio se hubiera desentendido de la tierra que lo viera nacer.
Sin embargo, nada más alejado de la verdad. San Martín siguió de cerca los acontecimientos fundamentales de su lejana patria, y prestó importantes servicios a la causa americana. Su opinión en la prensa europea era de enorme valor por la autoridad que le conferían las campañas libertadoras. Pero no sólo prestó su adhesión moral, sino que también se ofreció para volver a pelear cuando su soberanía estaba amenazada. Así lo hizo en 1838 cuando se produjo el bloqueo francés. Para él, la guerra de la independencia contra España debía consolidarse no admitiendo las agresiones imperialistas de las naciones más poderosas del momento, como lo eran Inglaterra y Francia.
El cañón de Obligado
Durante el segundo gobierno de Rosas la situación en el Río de la Plata presagiaba conflictos. Si bien Francia había sido derrotada en 1840 por la Confederación Argentina (tratado Arana-Mackau), mantenía una importante posición en la ciudad de Montevideo. El presidente legal, Gral. Manuel Oribe, amigo de Rosas y los federales argentinos, había sido desplazado del gobierno por una revolución apoyada por Francia, y mantenía sitiada la ciudad. Los francos franceses corrían dispendiosos, armando “cruzadas libertadoras”. El objetivo final era sacar del medio a los incómodos defensores del federalismo vernáculo, que con su proteccionismo aduanero frenaban las apetencias de “comercio libre”, que propiciaban las naciones europeas.
Para 1845, Inglaterra y Francia se unían en la llamada entente cordiale y decidían intervenir juntas en los sucesos del Río de la Plata. Ambas querían el retiro de Oribe del sitio de Montevideo, y que la Confederación Argentina reconociera la libre navegación del Paraná y el Uruguay. De más decir que esta libertad de navegación no la concedían ellos para el Támesis o el Sena. La negativa del encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, Dn. Juan Manuel de Rosas a estas pretensiones, decidió la intervención conjunta de ambas potencias.
El 20 de noviembre de 1845 la escuadra anglo-francesa, compuesta de buques de combate y navíos mercantes, se enfrenta en la Vuelta de Obligado (cerca de la actual ciudad de San Pedro), con las tropas argentinas al mando del Gral. Lucio Mansilla. Este emblemático combate tuvo una repercusión extraordinaria, especialmente en las naciones hermanas, que veían esta lucha como una afirmación de la política americanista de la Confederación Argentina.
San Martín seguía de cerca los acontecimientos del Plata, y había pronosticado que los invasores, aún cuando lograran vencer la resistencia de las baterías costeras, no lograrían los objetivos propuestos. Así fue, aunque luego de un día de combate encarnizado, la escuadra logró pasar aguas arriba, al año siguiente fue derrotada por completo en las Puntas del Quebracho (cerca de San Lorenzo), y los objetivos comerciales no pudieron cumplirse.
La adhesión del Libertador a la defensa de la soberanía, quedó plasmada un año antes de la intervención armada. En su testamento de 1844 dona a Rosas, como encargado de las Relaciones Exteriores; “el sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sud, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que se ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla...”. Al tener noticias del combate de Obligado, dice: “Ya sabía de la acción de Obligado, los interventores habrán visto que los argentinos no somos empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca...” Remata esta expresión con un juicio que lo muestra como un estadista, que sigue pensando en la Patria Grande, cuando nos dice: “Esta contienda en mi opinión es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de España”. Así pensaba el Padre de la Patria.
Los argentinos del siglo XXI debemos recoger su herencia, para construir esta Argentina que quisiéramos ver como una patria de hermanos, cuya identidad sea la preocupación por el bien común y la solidaridad con los pueblos hermanos. Una Argentina que no olvide lo que somos, que no pierda los lazos con el pasado.
Que tenga presente a quienes murieron en Obligado y Malvinas, defendiendo la dignidad nacional.
(*) Miembro de número de la Junta Provincial de Estudios Históricos, vicepresidente de la Asociación Cultural Sanmartiniana.




