Rogelio Alaniz
Cuando Bombay era noticia en el mundo, cuando en todos los canales de televisión del planeta se pasaban las imágenes del hotel Internacional Taj Mahal con sus pórticos, columnas y balaustradas del sector este dominados por las llamas, al viceprimer ministro de la India, R. R. Patil, se le ocurrió decir que “estos incidentes menores suelen ocurrir en las grandes ciudades”. Duró menos de doce horas en el cargo y no era para menos. Pretender relativizar una tragedia nacional que costó la vida de 172 personas e hirió gravemente el principio de seguridad de un país que pretende ser un centro turístico mundial es, en el más suave de los casos, una irresponsabilidad.
No sólo el viceprimer ministro presentó la renuncia. También lo hizo el ministro del Interior, Shivraj Patil, y el gobernador de la provincia de Maharashtra, cuya ciudad capital es precisamente Bombay. Como se podrá apreciar, en la India, la democracia más antigua del mundo asiático, con una población que supera los 1.200 millones de habitantes, los gobernantes deben rendir cuentas —no sé si a los grupos de poder o a la opinión pública—, pero lo cierto es que no están atornillados a los cargos y, cuando se equivocan, el error les cuesta la carrera política y, a veces, algo más.
Apenas iniciados los ataques terroristas, el primer ministro indio, Manmohan Singh, le reprochó a Pakistán la responsabilidad de lo sucedido. Asif Ali Zardari, el mandatario pakistaní y célebre viudo de Benazir Bhutto, respondió a la imputación con buenos reflejos: su país condenaba el terrorismo islámico, repudiaba al terrorismo independentista de Cachemira y ofrecía sus servicios de seguridad para actuar en coordinación con los de la India. En la propuesta se incluía a Israel, el otro gran interesado por luchar contra el terrorismo islámico en cualquier parte del mundo.
Es verdad que el ataque terrorista fue externo, pero se están investigando los grados de complicidad que puedan tener terroristas musulmanes que viven en la India. Según los diarios y las propias manifestaciones de vecinos y estudiantes de Bombay, los servicios de seguridad del gobierno no estuvieron a la altura de las circunstancias, siendo la reacción lenta y poco coordinada. La imputación más seria que le hace el periodismo de opinión al gobierno es que existían indicios y señales de un probable atentado terrorista en Bombay. Sin embargo, cuando éste ocurrió, los muchachos a cargo de la seguridad estaban rezando o durmiendo la siesta.
El ajuste de cuentas político, por lo tanto, fue duro y ejemplar. No obstante ello, Singh prefirió por el momento mantener en su cargo al actual asesor en Seguridad, un funcionario prestigiado por su eficiencia, que cumplió un rol importante cuando, hace dos años, el terrorismo musulmán perpetró un atentado en Bombay contra la red ferroviaria. El resultado de la operación fue de 186 muertos.
Como se podrá apreciar, tienen buenas razones los indios para estar fastidiados con los comandos terroristas que llegan desde Pakistán, Cachemira y, eventualmente, Afganistán. Después de todo, en 1947, el viejo virreinato de la India se dividió en dos para poner fin a —o, por lo menos, atenuar— la animosidad religiosa entre sectores. Fue así como se creó el Estado de Pakistán en el antiguo territorio de Raj. Y Karachi, la antigua capital, pasó a llamarse Islamabad, como una señal clara de la identidad musulmana de la flamante nación.
La India, por su parte, se quedó con el resto del territorio caracterizado por las mayorías religiosas hindú y sikh. A diferencia de Pakistán, agobiada por dictaduras populistas y corruptas, la India fue siempre democrática, a pesar de su pobreza, su diversidad cultural y una aguda conflictividad interna, cuyos efectos, entre otras cosas, se expresaron en el asesinato de Indira Gandhi y, treinta y cinco años antes, de Mahatma Gandhi, el héroe de la independencia de la India, el gran objetor de conciencia, cuya ética personal y coraje civil se han constituido en paradigma de la humanidad.
El conflicto que hasta el día de la fecha se mantiene vigente, pese a algunos tibios acuerdos entre Nueva Delhi e Islamabad, es el de Cachemira, una región con mayoría musulmana que en 1947 quedó bajo la jurisdicción de la India. Cachemira siempre fue famosa, aunque en otros tiempos no lo fue por razones religiosas sino comerciales; el célebre casimir inglés viene de allí, del mismo modo que el distinguido té que los ingleses toman a las cinco de la tarde proviene de Ceylán y el sabroso whisky que degustan a la caída del sol es escocés, en tanto que su gran literatura —Becket, Joyce, Wilde y Shaw— procede de Irlanda.
Regresando a Cachemira, las disputas por ese territorio dieron lugar a dos guerras entre la India y Pakistán, en 1947 y 1965, respectivamente; y a dos confrontaciones diplomáticas —que alcanzaron a ver el fantasma de la conflagración nuclear— en 1998 y en 2001. Por lo tanto, no se trata de un problema menor o de un capricho religioso irrelevante. La gravedad de la crisis de Cachemira, acentuada por el hecho de que tanto Pakistán como la India disponen de armamentos nucleares, precipitó la intervención de los Estados Unidos, particularmente alarmados por la situación interna de Pakistán y sus vínculos secretos y no tan secretos con el terrorismo musulmán.
Como consecuencia de lo sucedido en Bombay, parecería que se ha consolidado un acuerdo político tendiente a librar la lucha contra el terrorismo en todos los frentes. Si así fuera, se demostraría que los jefes de Estado aprenden de sus errores y de los propios rigores de la realidad. Hasta hace pocos años, la diplomacia y los servicios secretos de Pakistán estimulaban las acciones militares de los separatistas de Cachemira. Hoy, la diplomacia de Pakistán ha atenuado esta estrategia, aunque habría que preguntarse hasta dónde Zardari controla a sus temibles servicios de inteligencia, muchos de ellos conectados por laberínticas redes con el terrorismo islámico.
Por el lado de la India da la impresión de que lo sucedido no ha afectado el prestigio político de Singh, pero seguramente sí afectará al turismo, una de las grandes fuentes de ingreso de divisas de ese país. La situación ya está controlada, pero a nadie se le escapa que la posibilidad de nuevos ataques se mantiene vigente.
La gravedad de la crisis de Cachemira, acentuada por el hecho de que tanto Pakistán como la India tienen armamentos nucleares, precipitó la intervención de EE.UU.