Pesquerías del Paraná
El mejor negocio es la conservación

El desarrollo incontenible de la pesca de exportación, sin un marco regulatorio adecuado, demuestra la debilidad de las estructuras de gestión y manejo de este vital recurso.
Foto: Archivo El Litoral
Claudio Baigún
En el manejo de las pesquerías del Paraná, ha llegado el tiempo de la reflexión responsable, acerca de la pérdida de sustentabilidad y de la situación que castiga a muchos de los pescadores del segundo río más importante del continente. A la pregunta que la sociedad se formula sobre qué pasa con los recursos pesqueros, no existe una respuesta simple y única, pero sí es posible identificar factores que, dependiendo de la región, han ejercido diferentes efectos y que a menudo se confunden. De algo no cabe duda: el Paraná es hoy un río que parece correr sin rumbo, en cuanto a la gestión y manejo de sus recursos pesqueros. En la alta cuenca, aguas arriba de Yacyretá, las pesquerías comenzaron a extinguirse 3 a 5 años después del cierre de la represa, al bloquearse el paso de las especies migradoras. A pesar de tener elevadores, estos sólo transfieren mayormente bagres, amarillos y armados. Aguas abajo, los recurrentes conflictos entre pescadores deportivos y artesanales comienzan a ser el preocupante indicador de un deterioro que se refleja en la disminución de los tamaños de los trofeos y en la reducción de las capturas por unidad de esfuerzo -número o peso de peces que se obtienen por hora de concurso-. Año a año se verifica esta merma, en los certámenes de pesca del surubí. Pero es sin duda en la baja cuenca media y en la zona del Delta, donde la crisis pesquera asoma con mayor fuerza.
El voraz desarrollo de la pesca de exportación, sin disponer previamente de los fundamentos científicos necesarios ni de las medidas regulatorias apropiadas, y en un escenario de condiciones hidrológicas desfavorables en la cuenca desde el año 2000, es demostrativo de la debilidad de respuesta que han tenido las estructuras a cargo de la gestión y manejo de los recursos pesqueros. En pocos años, los sábalos, esos peces de “segunda categoría’, pero con un enorme valor ecológico, vieron reducida dramáticamente su biomasa, al punto que un estudio de la Subsecretaría de Pesca de la Nación concluyó, en 2006, en la necesidad de retornar a los niveles históricos de pesca, dado que la talla de primera captura había descendido a sólo 38-39 cm, mientras que la proporción de reproductores se ubicaba ya en un umbral de riesgo. Desde diversos sectores se apresuró a culpar a la hidrología como la principal causa, en un intento por disolver las responsabilidades de haber permitido la captura de casi 40 mil toneladas (entre 35 y 40 millones de sábalos). No se reparó en que la reducción de tamaño de los peces es un indisimulable indicador de sobrepesca de crecimiento, sólo atribuible al uso de artes de pesca. Los kilómetros de redes tendidas, muchas de ellas con aberturas de malla pequeñas, de 100 y 120 mm, como lo verificó el estudio, despojaron también a la pesquería deportiva de los codiciados surubíes, dorados, patíes, picos de pato, pacúes y manguruyúes. El tsunami exportador arrastró a cabañeros, guías de pesca, hoteleros, lancheros, vendedores de carnada y otros actores vinculados a la pesca, que quedaron envueltos en el remolino generado por la confusión oficial, las responsabilidades no asumidas y los posibles negociados.
El rol del Estado
Este contexto debe servir para replantear seriamente una nueva visión sobre qué tipo de pesquería puede y debe generarse en un río como el Paraná. Expone con crudeza que ya no es posible manejar los recursos pesqueros aplicando devaluados criterios extractivistas, economicistas sectoriales y de corto plazo, que han llevado al colapso a muchas pesquerías en el mundo, y que no justifican los enormes conflictos y costos sociales que generan. Es fácil verificar que los beneficios de las exportaciones de sábalo de 2007, por ejemplo, han resultado insignificantes (¡10 mil veces inferiores a los de la soja!) no sirviendo siquiera para cubrir los millonarios subsidios que las provincias deberán pagar por la falta de peces. Entretanto, opciones como la piscicultura para exportación o repoblamiento no surgen, por ahora, como alternativas válidas, dado las elevadas inversiones que requieren, el escaso desarrollo tecnológico existente en la materia y los plazos que la industria de exportación demanda.
En este escenario, parece alumbrar el tiempo en que el Estado entienda que el mejor negocio es preservar los recursos naturales aplicando medidas de gestión y manejo inteligentes dirigidas a priorizar la conservación antes que a privilegiar negocios oportunistas que, en todo caso, nunca fueron avalados por fundamento técnico ni científico alguno. La pesca deportiva y sus ramificaciones, así como la pesca artesanal, son actividades que, bien reguladas, exhiben beneficios socioeconómicos que resultan, con creces, muy superiores a los que genera cualquier otra actividad extractiva. Con el valor agregado de que los beneficios se reparten y administran de manera más equitativa. Proteger y conservar los recursos comunes es no sólo un acto de justicia sino también de ética, pues los peces del Paraná son un bien de la sociedad que no debe ser diezmado o acaparado por ningún sector en particular.
Mantener la integridad
Para modificar este escenario es necesario formular metas de largo plazo, que mediante estudios científicos adecuados, permitan alcanzar resultados tangibles que soporten medidas de manejo y gestión acordes a sistemas fluviales con llanuras de inundación, y se apliquen criterios modernos en cuanto a asegurar la sustentabilidad económica, social y ambiental. Se debe, por fin, recurrir a enfoques donde se privilegien los aspectos ecosistémicos como marco esencial para garantizar el uso sustentable de los recursos. Ello requerirá, entre otras acciones, mantener la integridad ecológica del río y su planicie, recuperar los pulsos de crecida, no alterar los patrones de escurrimiento, detener la contaminación existente, evitar construir obras hidrotécnicas que afecten irreversiblemente los ciclos biológicos de los peces, implementar legislaciones comunes acordes a las características demográficas actuales y biológicas de las especies en la cuenca y, claro está, regular apropiadamente el impacto de la pesca. La tarea no es fácil, pero aún es posible devolverle al Paraná, su perdida identidad.




