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Edición del Viernes 19 de diciembre de 2008

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Giancarlo Menotti y la eterna búsqueda - Edición Impresa - Opinión Opinión

Giancarlo Menotti y la eterna búsqueda

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Samuel Barber y Giancarlo Menotti.

Foto: Archivo El Litoral

 

Nidya Mondino de Forni

Giancarlo Menotti, compositor italiano nacido en Cadegliano en 1911, formado en Milán y nacionalizado estadounidense, ha sido uno de los creadores de óperas más populares del Siglo XX. Suyas fueron además las primeras óperas escritas específicamente para radio, televisión y cine. Compositor y libretista de sus obras, supo desarrollar en ellas un agudo instinto dramatúrgico, con raíces veristas, que lo aproximan bastante a Puccini, sin dejar de utilizar un lenguaje influido por el jazz y el dodecafonismo, lo que hace que su música bien podría calificarse como posmoderna. El eclecticismo de sus composiciones, como producto de su afán de no ceñirse a normas, le valió ser duramente criticado por colegas, musicólogos, críticos, que no le perdonan haber “creado público” como lógica consecuencia de lo que, para él, fue fundamental: comunicar e involucrar a cada uno de los participantes, incluyendo de manera especial al público. Entre sus óperas (22), algunas verdaderos reportajes de palpitante intensidad sobre la vida contemporánea, se destacan: “La médium”, “El teléfono”, “El cónsul”, “Goya”, “Amahl y los visitantes nocturnos”... También compuso conciertos y ballets; entre sus obras literarias figuran varios cuentos. En cuanto al método de trabajo, el punto de partida es el texto “las palabras, las frases, incluso la acción imaginada tienen que provocar o inspirar la música. Según se desarrollan los diálogos, los solos, las emociones van apareciendo como por ensalmo en lo más íntimo de la mente. La música sigue a las palabras y a la acción y éstas se tienen que ceñir a su vez a ella”.

Compositor y libretista con raíces veristas que lo aproximan bastante a Puccini, sin dejar de utilizar un lenguaje influido por el jazz y el dodecafonismo.

Aparece constantemente en su obra el tema de la fe, pues siempre lo ha fascinado su poder creativo: “Me paso la vida como Jacob, esperando que me hiera el ángel. A él, finalmente lo tocó y tuvo su primera visión de Dios. Yo aún no he sido herido, pero sigo esperando; creo en el poder de la oración, me parece que es la única vía que Dios nos ha dado para comunicarnos individualmente con Él. Para el artista, la fe es fundamental para creer que tiene sentido buscar y hacerlo. Creo que el artista no inventa nada, se trata más bien de rastrear en busca de la perfección, en busca de la belleza, como un zahorí buscando agua en un desierto con su varita bifurcada, caminando de un lado para otro hasta que, de pronto, la vara empieza a vibrar. Se para y empieza a cavar hasta que aparece el maravilloso líquido. Pero resulta, y rara vez no es así, que el manantial descubierto no es para siempre. Se seca pronto y entonces es cuando no debe decaer el ánimo, hay que encontrar una nueva fuente. El artista tiene que aprender a recordar lo que descubrió previamente y continuar la búsqueda”.

Aparece constantemente en su obra el tema de la fe, pues siempre lo ha fascinado su poder creativo: “Me paso la vida como Jacob, esperando que me hiera el ángel”.

Menotti es también el responsable de uno de los más eclécticos festivales artísticos que se lleva a cabo desde hace 50 años en la pequeña ciudad de Spoleto (al sur de Umbría) denominado, como no podía ser de otro modo viniendo de él, “Festival de los Dos Mundos”. Surgido como “una posible redención de un joven católico, aunque no practicante, que tenía un complejo de culpa por lo que poseía y que no acababa de dar”. Al mismo tiempo detestaba la idea del artista como mero “entretenedor”, alguien que llena los huecos vacíos de los acontecimientos sociales, “los chocolatines de después de la cena”. Él nunca quiso ser eso, por el contrario quiso ser “el pan”, demostrando la importancia del artista. Se trataba realmente de un experimento social, en el que una gran masa, entre valores incipientes y público, tuviera acceso y participara en eventos musicales normalmente no tan accesibles. Desde su comienzo fue un éxito, a los pocos años ya se autofinanciaba y Spoleto, antigua ciudad ducal, gracias a él recuperaba sus antiguos esplendores.

Desde su “retiro” en Escocia, declaró que nunca se ha sentido solo: “En mi norte escocés la gente tiene formas de mostrar su amistad, su cariño. Pueden parecer fríos —que lo son— pero sí son abiertamente respetuosos de la intimidad de los demás”.

Festejó sus 90 años en Spoleto sorprendiendo por su vitalidad “hasta los 80 he estado permanentemente enamorado, viviendo pasiones tremendas, esclavizado por ellas. La vejez me ha traído libertad, siento que soy plenamente yo. Tengo amigos, no pasiones (...) cuando cumples 90 en algún momento tienes de pronto la sensación de que tu vida ya está hecha. Es como la sonata, la función se va a acabar y lo que tratas es de no desafinar. Llegado a esta altura de mi vida no puedo evitar tener conversaciones con la muerte, está por aquí, somos buenos amigos”.

Giancarlo Menotti murió en Mónaco el 1º de febrero de 2006, a los 95 años.



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