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Lo que no mata, ¿fortalece?

No hay mal que dure cien años, asegura un dicho popular que termina de diferentes formas: “ni cuerpo que lo aguante”, “ni cristiano que lo resista”, “ni tonto que lo tolere”. TEXTOS. LAURA BLANCO. ILUSTRACIÓN. LUCAS CEJAS.

Y es lógico, son muy pocos los que llegan a los cien años, son especie en extinción los piadosos y los tontos, no lo son tanto como el mundo cree.

Sofía es una mujer inteligente, buena madre, omnipotente -es decir, casi no pide ayuda, trata de solucionar todo sola- es abogada y socia en un bufete reconocido, trabaja mucho; todavía, a pesar de sus años, sigue siendo linda, trata de organizar su trabajo sin perder las riendas de su casa, controla a sus empleadas hasta donde puede y cuando no, hace la vista gorda del polvo que se acumula en los armarios.

Apenas pasa los cincuenta y empezó a registrar los problemas que vienen con la menopausia. Tiene calor, está nerviosa, llorona, irritable. El médico le dijo que todo es culpa de la falta de hormonas. Le recetó un sustitutivo, pero aunque los calores le disminuyeron, se le empezó a engrosar la cintura; justo ella que siempre fue flaca y fanática de los gimnasios.

Hace dos años, en una consulta de rutina, el ginecólogo descubrió “algo raro” en su útero. Internación, obligatoria operación y posterior recuperación le llevaron casi un año. Superado el mal trance, en el que contó con la ayuda incondicional de su marido y sus cuatro hijos retomó, con algunos arañazos, su vida cotidiana.

Un día, buscando unos datos, abrió la computadora de su esposo y, por una de esas casualidades por las que las personas dejamos que la curiosidad nos gobierne o porque el diablo “metió” la cola, abrió su correo. Ahí le llamó la atención el tono de un mensaje que le enviaba su secretaria; bah! la de ambos porque él también es abogado y comparten -en diferentes horarios- el mismo estudio; ella le decía cuánto lo quería y lo mucho que lo extrañaba. El Romeo se había enredado con la empleada, a la que algún galán anterior le pagó un par de siliconas, pero todavía no consigue un voluntario que le done neuronas y que, además, “salió” hasta con el portero del edificio a cambio de una cena. Cartón lleno, pensó Sofía.

El hecho la partió, no sólo por el pédigree de “la Julieta” , sino por la desilusión de descubrir a un mentiroso donde menos esperaba. Al parecer él no acepta los años que carga y encima lo regocija que le mientan al oído. Cuestión que, la emergente alevilla trató de explicar pero, como es hombre de leyes y no entiende de números, no le cerraron las cuentas. Sofía, después del habitual diálogo -a gritos-, estaba desorientada; por un lado no le parecía bueno tirar un cuarto de siglo de buenos tiempos y por el otro, no podía dejar de registrar la estafa.

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En vez de conseguir que el tipo consulte con un sicólogo para que le ayudara a interpretar por qué se había concedido el desliz; fue ella. Poco convencida, pero se animó. “Aprendió” que varones y mujeres evalúan distinto el sexo y que la lealtad es un sentimiento sólido que no todos tienen la garra suficiente para formalizarlo con naturalidad. Pudo develar -en el transcurso de las sesiones-, que ella también era libre de correr detrás de sus deseos. Cada uno es dueño de su jardín privado y todo lo que nos haga sentir bien, vale. Como contrapartida se dio cuenta de que, gracias a su educación represiva, se había privado de hacer realidad algunos caprichos -interesantes- que tuvo en su vida. También que no necesariamente porque uno se siente pleno, debe creer que el otro también lo está; algunos, cuando se “aburren” buscan remedios que no siempre vienen de las mejores recetas. Sabiendo que no era capaz de perdonar, se propuso tratar de olvidar y seguir con su compañero de ruta por un camino que ya no sería el de antes.

También el sicoanálisis le enseñó a no callar lo que le molestaba. Entonces, pasó de ser una señora educada y políticamente correcta, a decir lo que pensaba y sentía a quien fuere. Fea la actitud, pero sana en tanto y cuanto hacía sentir más liviana su contracturada espalda.

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Unos meses después de estar físicamente “normal”, al bajar de la vereda a la calle, se encontró con uno de esos cordones agresivos, típicamente santafesinos, y se torció un tobillo. Se cayó y sintió un dolor insoportable. Vuelta al sanatorio, a los exámenes y al sometimiento de la sentencia del traumatólogo que, apenas entró a la habitación, le dijo: es embromado, hay que operar. Otra vez internación, operación, yeso y -lo peor- inmovilidad absoluta.

Quietud, es una palabra que nunca figuró en su diccionario; justo a ella que, antes de aprender a caminar, aprendió a correr. Le pronosticaron, además, una rehabilitación larga.

Sofía es hija única. Su papá tiene problemas varios por los que no puede valerse por sí mismo y lo auxiliaba su mamá. Ninguno admite los límites que la edad les impone y a que hay que resignar decisiones e iniciativas en otros; y agradecer como si fuese un regalo toda la ayuda que se obtenga.

La madre de Sofía se cayó por una escalera y se quebró el fémur. Al mismo tiempo que su progenitora estaba en el sanatorio, el padre permanecía rehén de la planta alta de su casa y ella no podía caminar. En estos casos, el marido siempre ayuda y mucho, pero tiene que trabajar, mientras sus cuatro hijos -que son como espíritus celestes- invariablemente están dispuestos a hacer, por la familia, más de lo posible. Todo eso pasaba justo en esas fechas en las que el mundo está entre champanes y vacaciones.

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Me contó que desde chica le encantaba festejar Navidad y en su familia, antes de la cena, iban a Misa de Gallo, luego venía mucha gente y recordaba el alboroto alrededor del árbol. Pero confesó que desde hace dos o tres años esos momentos la empezaron a deprimir, que dejó de reparar en los arreglos y se despreocupó por los regalos. Que la tristeza y el desencanto la habían atropellado como una topadora, pero había hecho de tripas corazón y había atesorado ciertos ritos, como juntar a la familia, cocinar para ellos y recibirlos en su casa.

Este año no pudo; así de simple. O de complicado. Tanto como lo fue conseguir el auxilio de varios enfermeros al mismo tiempo, para diferentes pacientes. En esos días de mucho ruido, los cinco sanos se repartían para atender a tres enfermos. En el estudio le pusieron cara fea, como expresando “¿no me estás cuenteando?”, “estás fabulando tanto problema”, “no es posible que no puedas trabajar como antes, justo antes de la feria... hay demasiado para resolver”.

Alguna de sus amigas deslizó en su oído que, tanta pálida junta “es producto del maleficio” de alguien que la envidia. Sofía no cree en esas cosas, menos en que alguien la envidie; su racionalidad siempre la dominó. En realidad, admite que cada cual construye su vida y en esa edificación cuentan un poco lo innato más lo respirado, y estima que, por eso, la manera de encarar los infortunios depende de los cimientos forjados y de la fortaleza que cada uno haya sido capaz de alcanzar. No puede admitir -aunque está convencida de que existen buenos y malos- que alguien tenga poder y tiempo para corporizar animosidades contra otros; y que encima lo logre. Y cuando piensa, ¿por qué a mí?, al instante reflexiona ¿por qué no a mí?

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“No hay mal que dure cien años”; “no hay mal que por bien no venga”; “lo que no te mata, te fortalece”; “a grandes males, grandes remedios”...; lo cierto es que no hay recetas que ayuden a atenuar el desgaste de pasar por experiencias negativas o superar malos trances. Pero todo enseña. Ella dice haber renunciado a su absolutismo y que aprendió a respaldarse más en su familia y sus amigos, que no son muchos.

Antes, a las doce, mientras brindaba, uno de sus deseos era: “ojalá este año tenga veinte días para conocer Europa”; esta Navidad, en el ratito en que los seis pudieron juntarse, con la copa en la mano sólo pidió que el próximo año los encuentre juntos y sanos. Nada más, y nada menos. Europa puede esperar. Y aseguró que, si algo en este mundo la hace feliz, es haber contribuido como pudo, a formar a sus cuatro hijos, los que, incondicionalmente, trabajan full time para alivianar cargas y para que la familia que formaron ella y su marido siga unida. Es mucho más de los que muchos tienen. Y cuando pasan estas cosas -dice-, uno piensa que es una pena no darnos cuenta de que somos felices, sólo hasta que dejamos de serlo.