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“Hitler y Stalin”
El 22 de junio de 1941, el ejército de Hitler invadía la Unión Soviética de Stalin. El resultado de esa contienda cambiaría el mundo, convirtiendo a Rusia en una de las dos superpotencias mundiales, e inclinando la balanza hacia la victoria contra el nazismo, ya que la alianza anglo-americana no habría logrado derrotar definitivamente a Alemania sin la ayuda de Rusia. John Lukacs, el prestigioso historiador norteamericano, autor de libros clave sobre la Segunda Guerra Mundial (como “Churchill solo frente a Hitler” y “Juicio a los biógrafos de Hitler”), cuenta en “Junio de 1941. Hitler y Stalin” las ambiguas y complejas relaciones entre Hitler y Stalin, de cómo en los primeros días de la invasión todos los expertos predecían la pronta derrota de la Unión Soviética, de cómo la consecuencia más espantosa de esa invasión fue el asesinato masivo de judíos que vivían en Europa y en las provincias de la Unión Soviética conquistadas por los alemanes, de lo que hubiera sucedido de haber atacado Japón a Rusia, y, sobre todo, cómo al atacar a Stalin, Hitler estaba aplicando una estrategia contra su principal enemigo, que era Churchill. “Una vez derrotada Rusia, Inglaterra se verá obligada a firmar la paz”, aseveraba Hitler, y también: “El objetivo último del Reich es la derrota de Gran Bretaña”. En ese agosto, le diría al general Franz Halder (quien tomó nota de sus palabras en su diario de guerra) que su objetivo era “eliminar finalmente a Rusia como potencia aliada de Inglaterra en el continente y de ese modo privar a Inglaterra de toda esperanza de alterar su destino”.
En un apéndice de este libro editado por el Fondo de Cultura Económica, Lukacs incluye las dos dudosas (pero verosímiles) cartas que Hitler habría escrito a Stalin durante los meses previos a su orden de invadir la Unión Soviética. En ellas, habla del enemigo británico, y especialmente trata de convencer a Stalin de que la reunión de contingentes de sus tropas en las fronteras de la Unión Soviética y los rumores que “circulan en la actualidad sobre un posible conflicto militar entre usted y yo” eran totalmente infundadas. “Le aseguro, por mi honor de jefe de Estado, que no es tal el caso”. Poco después se producía la invasión.