La revolución cubana en la Argentina (II)
Peronismo, resistencia e identidad
La revolución cubana en la Argentina (II)
Peronismo, resistencia e identidad
Rogelio Alaniz
El peronismo es anterior a la revolución cubana, pero la revolución cubana fue muy importante para definir la identidad y la mística de un movimiento que después de 1955 había quedado algo desarticulado y devaluado. En general, el peronismo político y sindical vio con buenos ojos los acontecimientos liderados por Fidel Castro en el Caribe. Puede que ciertos dirigentes hayan tenido algunas suspicacias respecto del posterior sesgo ideológico de la revolución, pero esos escrúpulos nunca pesaron demasiado.
Recordemos que para 1959 la figura gravitante del peronismo era John William Cooke. Delegado personal de Perón y con posiciones ideológicas que hoy ubicaríamos en el espacio de una izquierda nacional, Cooke fue uno de los dirigentes que mejor expresó al llamado “peronismo de la resistencia” de aquellos años. Para los peronistas, la revolución de Castro era en primer lugar una revolución nacional y luego una revolución contra el imperio. En ese universo poblado de mitologías, Fidel expresaba aquello que Perón no había hecho pero que a partir de ese momento estaría dispuesto a hacer. Él mismo, desde el exilio, declararía que podría haber sido el primer Fidel Castro de América.
Un peronismo proscripto, perseguido, empujado a actuar en la clandestinidad estaba predispuesto a mirar con buenos ojos una revolución que parecía atacar a los mismos enemigos que lo perseguían en la Argentina. Por historia, por necesidad, los peronistas nunca hicieron de la ideología una cuestión de principios. La revolución cubana podía asumir un sesgo marxista, acercarse a la URSS de una manera que el dirigente peronista más radicalizado nunca se hubiera atrevido, pero entonces gravitaba más el imaginario colectivo que los peronistas se habían hecho de la revolución, que su real itinerario político.
Se sabe que cuando se piensa la realidad desde lo mítico, los símbolos adquieren gran importancia porque facilitan traducciones simplificadoras muy emotivas y eficaces. Fidel Castro cerraba clubes sociales en Cuba y los peronistas suponían que algo parecido había hecho Perón con el Jockey Club. Fidel perseguía sacerdotes y monjas y los peronistas ponían al día su resentimiento contra una iglesia católica que en 1955 había contribuido de manera decisiva a su derrocamiento. Fidel rompía relaciones con Estados Unidos y se burlaba del embajador norteamericano y los peronistas creían que esa puesta en escena no era muy diferente de la que había instalado Perón en su enfrentamiento con Braden en 1945. Fidel clausuraba diarios opositores y a los peronistas les parecía revivir el tiempo en que el Jefe había confiscado el diario La Prensa.
En definitiva, los peronistas veían en la revolución cubana una proyección de lo que habían hecho y de lo que les hubiera gustado hacer. Por supuesto, en algunos dirigentes eso iba acompañado de algunos ajustes ideológicos típicos del clima político de los años sesenta. Intelectuales y dirigentes juveniles provenientes de las izquierdas tradicionales empezaban a leer al peronismo en clave marxista, a concebir al peronismo como una revolución socialista interrumpida por el golpe de Estado de 1955, y la referencia práctica de esa lectura era la revolución cubana.
Perón desde el exilio dejaba hacer. Ya para principios de los 60, las célebres cintas grabadas del general se distribuían entre la militancia y para que nadie quedara disconforme, cada sector disponía de la suya. Los sectores más conservadores y la burocracia sindical comprometida con militares y empresarios recibían cintas moderadas, pero para la militancia de la resistencia las cintas eran incendiarias. Allí no sólo se promovían las acciones terroristas, sino que Perón empezaba a mostrarse como un socialista, un socialista nacional, otorgándole al vocablo “nacional” una serie de consideraciones lo suficientemente ambiguas como para que cada uno creyera lo que mejor le pareciera. Para esos años se empezaba a hablar del Perón que guiñaba a la izquierda y giraba a la derecha, o del líder que gracias a sus genialidades lograba conducir un movimiento de masas popular y muy heterogéneo.
Numerosos dirigentes de la resistencia viajan a La Habana por esos años. El propio Cooke se jactaba de haber participado de las barricadas de Bahía Cochinos. Algunos intelectuales comenzaban a teorizar acerca de la potencialidad revolucionaria de los movimientos nacionales y en esa clave -la del movimiento nacional- fueron tomando consistencia los lazos entre la revolución cubana y la revolución peronista que, justamente por esos años, agregaba a sus consignas de lucha la proclama a favor de la patria socialista.
En ese ambiente de jolgorio político e ideológico en el que todas las utopías parecían posibles, Cooke le propuso a su jefe ir a vivir a La Habana. Queda claro que para los peronistas de izquierda, las relaciones carnales de Perón con Stroessner, Pérez Jiménez, Trujillo y Somoza eran tragos difíciles de digerir. Incluso para el inveterado pragmatismo de los peronistas resultaba chocante que el jefe de la supuesta revolución inconclusa eligiera, para comer el amargo pan del destierro, las mesas tendidas por los dictadores que eran la lacra de América latina.
Se dice que Perón escuchó la propuesta de Cooke, le dijo que iba a pensar lo que haría y después resolvió de acuerdo con su estilo y sus creencias íntimas: se fue a vivir a España, a la España de Francisco Franco, se entiende. Los peronistas de izquierda tragaron saliva, miraron para otro lado y cambiaron de conversación. No faltó algún intelectual nacional que teorizara en términos justificativos esa decisión. Para esa época los peronistas de izquierda empezaron a hablar de un líder entornado por malas personas o de un conductor que tomaba decisiones magistrales que sus seguidores no comprendían en lo inmediato. La relación perversa entre la izquierda peronista y Perón estaba naciendo, una relación fundada en el engaño, una relación entre truhanes, podría decirse.
En la primera mitad de los años sesenta la resistencia peronista desarrollaría dos experiencias armadas. Uturunco y Taco Ralo. Ambas fracasaron, pero el antecedente quedó registrado. El clima político de América latina y la propia radicalización de la revolución cubana autorizaban estos despliegues. En 1964 Masetti, alias Comandante Segundo, abrió un frente guerrillero en la provincia de Salta. El jefe del Comandante Segundo, es decir el Comandante Primero, era el Che Guevara. La guerrilla fracasó. El Comandante Segundo se perdió en la espesura, de la que nunca regresó.
(Continuará)
Che Guevara.
John William Cooke.
Fidel Castro.
Juan Domingo Perón.