EDITORIAL

El triste adiós de George Bush

Periodistas y políticos coinciden en señalar que pocas veces en la historia un presidente de Estados Unidos deja el poder rodeado de tanta indiferencia como desprestigio. Se sabe que el poder desgasta, sobre todo cuando se lo ejerce durante dos mandatos consecutivos, pero el caso de George W. Bush supera todos los registros conocidos.

Por ejemplo, Clinton, su antecesor, no concluyó su mandato con semejante desgaste. Y algo parecido puede decirse de Reagan, Eisenhower o Roosevelt. En todos los casos, se trata de presidentes que gobernaron dos períodos consecutivos y que, a pesar de las críticas que recibieron al momento de transferir el mando, seguían despertando expectativas en la sociedad, a tal punto que en el futuro se los recordaría con algo de afecto y de nostalgia.

La presidencia de George W. Bush se inició con malos auspicios. Una elección reñida, con resultados y maniobras dudosos, coronó su primera llegada a la Casa Blanca. Después, vinieron los escándalos financieros, mezclados con corrupción y negociados que comprometían a sus funcionarios. Luego, ocurrió el ataque terrorista a las Torres Gemelas.

Ya para entonces estaba claro que la gestión de Bush se apoyaba en los grupos económicos comprometidos con la industria del petróleo y del armamento. No se trata de establecer conclusiones lineales o reduccionistas; no obstante, con las mediaciones del caso, queda claro que fueron estos intereses los que promovieron la invasión a Irak, inventando un pretexto que el propio Bush hace unas semanas admitió que no fue real.

Estos ocho años no serán bien recordados en Estados Unidos, y mucho menos en el mundo. En el orden interno, la economía se descalabró y, en el plano internacional, si bien mantuvo su supremacía militar, el país experimentó el desastroso quebranto de su liderazgo moral. El orden institucional diseñado después de la Segunda Guerra Mundial terminó por derrumbarse con más pena que gloria durante la gestión de Bush.

Fue en ese contexto que, desde las orillas del Partido Demócrata, creció la figura de Barack Obama. El desprestigio de Bush, agravado por la fenomenal crisis financiera, abrió espacio para que se promoviera la figura de un candidato que, además de ser de color, hablaba con el lenguaje de los ideales para diferenciarse del discurso militarista de los intereses de Bush.

Es probable que el descrédito con el que Bush concluye su presidencia exprese una relación inversamente proporcional a las ilusiones que despierta Obama. De todos modos, importa advertir que en Estados Unidos los mandatarios cambian, pero las políticas de Estado persisten en sus líneas principales. Bush se va desprestigiado, pero se equivocan quienes suponen que Obama representará un cambio radical. Por el contrario, tal como se presentan los hechos, y atendiendo a sus declaraciones y recientes designaciones, bien podría decirse que, en lo que importa, la relación entre Bush y Obama está más signada por la continuidad que por el cambio.