Toda la obra de Cortázar es una defensa de la poesía

Por Graciela Maturo (*)
La significación de Julio Cortázar en la cultura argentina se hace evidente para muchos de nosotros después del tiempo transcurrido desde su muerte. Sin embargo no faltan discusiones sobre la validez de su obra, y mientras unos impulsan exposiciones itinerantes por distintos países, concitando la participación de los artistas, otros lo han denigrado y denigran en congresos, o lo critican en biografías desmitificantes donde se lo llama “el belga”...
Por mi parte, quiero recordar su pensamiento, molesto para quienes quisieran cristalizar al escritor como un cuentista eximio, o quizás, en el mejor de los casos, como un renovador de la novela argentina. No cabe duda de que, siendo un impugnador de la literatura, su creación es literaria en altísimo grado; pero es imposible desconocer que en el fondo su visión del mundo, su actitud, es la del poeta, pese a que sus logros literarios más importantes se hayan dado en la narrativa.
Toda su obra es una defensa de la razón poética, como lo han sido las de Nietzsche, Heidegger y María Zambrano, o como lo fueron entre los poetas, las de León Felipe, Juan Larrea, Octavio Paz, Lezama, Marechal, Murena, Ramponi, Miguel Ángel Bustos , por nombrar a poetas de nuestro idioma.
Recordemos que la poesía llegó a perfilarse modernamente como contrincante de la literatura; como lo proclamaba Stéphane Mallarmé al decir, con despectivo exceso: “...et tout le reste c’ est littérature”. El surrealismo, a su turno, enfrentó decididamente a la novela decimonónica, el costumbrismo, la pintura sociologista o el psicologismo; Cortázar, más próximo de Keats y de Rimbaud que de André Breton, coincide con éste en muchos aspectos de sus apreciaciones, y vuelve a impugnar, desde la poesía, frases como La marquise sortir à cinq heures, con la que había fustigado Breton a la novela del siglo XIX.
Estimo que no se ha dado aún al poeta moderno su lugar propio en la vida intelectual. La obra de Cortázar, diversificada en géneros a los que renueva y plenifica, abre un espacio para la exploración metafísica y la transformación del hombre, cumpliendo con lo anunciado por Novalis: la finalidad de la poesía debía ser la búsqueda del yo trascendental. Esta actitud lo perfila como un máximo ejemplo de la posición romántica, a la que sumó una lúcida atención a las ciencias contemporáneas en dirección a una nueva epistemología.
El discurso cortazariano gira alrededor del poeta visionario, que es su proyección más íntima. Situado entre la penumbra intuitiva y la implacable claridad del análisis, construye un juego de espejos enfrentados para abordar la comprensión del mundo, de sí mismo y de su propio lenguaje. El dialoguismo de esos polos engendra la permanente movilidad de su palabra, y la compulsa de diferentes marcos de referencia. También es doble su ubicación histórica, desgarrada entre Europa y América: Europa es el lugar en que le tocó nacer y morir, también el que eligió voluntariamente en la mitad de su vida. América, y en particular la Argentina, incontestablemente, su patria, a la que ofreció su sentir y su pensamiento.
Persio, Johnny, Oliveira, Lucas, Andrés Fava encarnan ese héroe buscador que sintetiza, para algunos críticos, “el mito burgués del artista”, aunque se trata, a mi entender, de su esencial y más honda configuración. El desplazamiento de esos héroes a una escala humorística no desmitifica su esencia, afirmada de mil maneras en sus novelas, cuentos y ensayos. Los múltiples yos de sus relatos, asumidos en primera persona o distanciados en la tercera, llevados o no a una escala cómica, nominados o no por el escritor, son siempre el mismo héroe, generalmente trasladado a un nivel menor, que vive su aventura en míseros escenarios o en situaciones inesperadas y desopilantes. El buscador presiente la significatividad de la peripecia cotidiana, descubre secuencias de sentido en los sucesos triviales, constata las figuras caleidoscópicas que forman los seres reunidos en misteriosos egrégores; reconoce en la naturaleza un orden pavoroso e inextricable.

Julio Cortázar en la tumba de Oscar Wilde. 1974, Cementerio de Pere Lachaise, París. Foto: EFE
Como Borges en “La casa de Asterión”, Cortázar dio vuelta el mito de Teseo y el Minotauro (“Los Reyes”). El acto de mirar desde el lado del monstruo, que pudo ser en otros un ejercicio literario, se revela en él vocación y desentrañamiento del mito en su significación recóndita; en compleja figura, el escritor se identifica con el Minotauro sin dejar de ser Teseo; Ariadna es el nexo entre ambos.
Luego de su obra “Presencia”, a la que adjudiqué tempranamente un sentido religioso, el poeta Cortázar se convierte en aterrado testigo de la maquinaria cósmica, y experimentador del tiempo. Experimenta la salida del tiempo y del espacio, denominándose a sí mismo shamán de bolsillo. Oye vibraciones no a todos audibles; se sabe y reconoce diferente, sin la soberbia de sentirse único. Como Virginia Woolf, un espíritu afín al suyo, se halla atento al momento epifánico en que se manifiesta esa otra realidad que la escritora inglesa llamó Realidad. Son los intersticios, los instantes privilegiados de vivencia y comprensión los que cuentan para Cortázar como incentivos de una reflexión iluminadora. El mundo era tan sólo una música viva, repitió con su maestro Arturo Marasso, instructor en mitos y orfismo. No conforme con expresar poéticamente la “zona” de la experiencia metafísica, como le gustó llamarla a la manera de Tarkovski, se propuso analizarla y ahondarla a través de un trabajo teórico de rigor ejemplar, que se propone instalar una nueva epistemología. Tal vez sea preciso incorporar la condición de cronopio para comprenderlo plenamente.
Perteneció Julio Cortázar en su juventud a la culta pléyade de los poetas del “40, que dio tantas voces espléndidas a la poesía argentina. A partir de esa atmósfera, y de las enseñanzas de sus maestros Arturo Marasso y Vicente Fatone, tomó contacto con la tradición órfico-pitagórica a la que lo condujeron igualmente los autores del Siglo de Oro español, los metafísicos ingleses, los simbolistas y los postsimbolistas. Por ese entonces, como muchos de nuestros escritores, desconocía a los poetas hispanoamericanos, y sus lecturas se proyectaban preferentemente hacia Europa. John Keats fue elegido como su compañero de ruta preferido, y con él marchó a lo largo de los años, corrigiendo su obra “Imagen de John Keats”, que se publicaría después de su muerte. Esta obra es un alegato por la poesía, una biografía de Keats, un escolio y traducción de sus versos, y también, en cierto modo, una velada autobiografía espiritual de Cortázar.
Llegó a admitir el ejercicio expresivo como un camino profundo y acaso irreemplazable de autotransformación. La obra, fruto de irrenunciables procesos interiores, no es para Cortázar valiosa en sí misma; una y otra vez nos recuerda que puede ser arrojada y destruida como una herramienta inútil cuando ha logrado su designio, desideratum que desde luego no puede cumplirse, pero es suficiente que haya sido indicado. Al modo del budismo zen, que no le fue ajeno, sugería que la flecha debe hacer blanco en el arquero que la dirige.
Los textos de Julio Cortázar adquieren un carácter experimental, pero no meramente lingüístico: según lo señalan esos mismos textos, aspiran a ser vistos como los tablones colocados entre una y otra ventana para un paso precario, o como las figuras de tiza en las veredas, prontas a ser barridas por el viento. Sólo el arte genuino, movilizador del espíritu, es capaz de esta desencarnación, que nos remonta a la reflexión plotiniana sobre la belleza: es decir, lo bello es algo más que simetría y proporción de los elementos de la obra de arte, es sobre todo su impulso transformador.
Como auténtico artista, Cortázar es un contemplativo, un fenomenólogo que se aplica a develar el sentido del universo y de quien lo contempla. Dispone figuras de sentido halladas por la intuición, y se muestra inclinado hacia la estructura simultaneísta y abstracta propia de la ciencia. Sin entregarse en ningún momento al balbuceo surreal, exalta la hiperlucidez propia del vanguardismo, (que a veces fue interpretado como puramente experimental cuando en rigor ha volcado en formas abstractas su vocación espiritual). Es surrealista en su visión de la realidad, y en algunos aspectos de su humorismo.
Ha frecuentado Cortázar las últimas estribaciones del pensamiento científico y filosófico de Occidente: comparte el impacto del principio de incertidumbre y las vibraciones brownianas aparecen imitadas en su estilo; sin embargo, el movimiento que rotundamente lo expresa es el “mayo del “68”, la utopía poética. Su opción ética e incluso su tardía politización lo mantuvieron a distancia de los lenguajes computacionales, así como de la deconstrucción posmoderna. La metáfora de la cinta de Moebius (“Ultimo Round”), sirve a un reconocimiento del misterio real sin impedir su decidido compromiso moral y político. El caso Padilla, que lo tuvo como defensor del poeta cubano, puso a prueba su adhesión revolucionaria.
Su último poema, “Negro el diez”, escrito poco antes de morir, reafirma su modo especial de religiosidad, fiel a su intuición religante, ajena a los dogmas, tendida hacia la oscuridad originaria. Pese a su heterodoxia u ocasional blasfemia, su obra se acerca al tema evangélico del hombre nuevo, y no es casual que haya rescatado -para el mundillo intelectual- a dos poetas que pertenecen a la tradición católica: Leopoldo Marechal y José Lezama Lima. (“Tuve que pelearme con todo el equipo de la revista Realidad”-me decía en una carta del año 64, cuando le pedí permiso para reeditar en Mendoza esa nota crítica- “para que publicaran sin quitarle una coma mi comentario de Adán Buenosayres” ).
Gran parte de su obra es catártica y expone sus miedos, su desgarro existencial, su nostalgia de la patria que abandonó. Pero en su trayecto, valerosamente aceptado, aflora la universalidad de la experiencia humana, la comprensión del mundo y de sí que se abre en un mensaje trágicamente esperanzado a sus contemporáneos, y en particular a América Latina, cuya causa asumió en forma incuestionable.
Cambiar el mundo es un imperativo ético que irrumpe con fuerza en la vida de Julio Cortázar, pero sin olvidar que previo e inherente a ese designio es cambiar la vida, como lo quería Rimbaud. Hasta el final de la suya mientras modificaba incesantemente su obra sobre John Keats fue fiel a una utopía poética.
(*) Graciela Maturo, escritora e investigadora, nacida en Santa Fe, que vivió muchos años en Mendoza, y sigue viniendo periódicamente a la provincia, es autora del libro “Julio Cortázar y el Hombre Nuevo”, premiado en Santa Fe por un jurado que presidió Rafael Virasoro en 1967, y publicado por Sudamericana en 1968. Dicha obra fue ampliada y reeditada en 2004 por la Fundación Internacional Argentina, impulsora de la Exposición Itinerante en homenaje a Julio Cortázar .




