Alfonsín y los jóvenes
Alfonsín y los jóvenes
José Manuel Corral (*)
Durante mi militancia juvenil tuve el privilegio de estar varias veces con Raúl Alfonsín.
Representando a los universitarios del Litoral, la primera reunión fue -junto a un grupo de estudiantes radicales de otras universidades del país- para expresarle nuestro frontal desacuerdo con el Pacto de Olivos y adelantarle el voto negativo que los universitarios íbamos a sostener en la Convención Nacional de la UCR pocos días después en Santa Rosa, La Pampa.
Unos meses más tarde volvíamos a reunirnos, cuando el ex presidente ya lideraba la Convención Constituyente, en el despacho que durante aquellos meses ocupó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Litoral. Nos recibió con esa calidez de hombre de campo que nunca lo abandonó, y nos trató con la generosidad y la complicidad de un padre.
Íbamos ahora a pedirle la incorporación de la autonomía universitaria y la gratuidad de la enseñanza en el texto de la Constitución Nacional que el Pacto de Olivos -cuestionado por nosotros mismos- había posibilitado. Aquel hombre que sabíamos comprometido con la educación pública y con la universidad reformista fue, sin reproches ni reservas, garante y factótum de nuestras reivindicaciones.
Un consejo
Pero mi recuerdo más preciado es de una reunión al año siguiente, cuando terminaba su mandato como presidente de la UCR, en 1995. Como las oficinas de la Franja Morada en el Comité Nacional de calle Alsina -que era nuestro espacio de reuniones- estaban cercanas a la suya, nos animamos en su último día de trabajo a meternos en su despacho para despedirlo.
Uno de mis compañeros -el más cándido, el más atrevido de aquellos veinteañeros- descerrajó la pregunta: “Presidente, ¿qué consejo nos daría?”
El hombre no dudó: “No descuiden ni los votos ni las ideas, muchachos”, dijo como una sentencia. Y agregó: “Porque sin votos, la política es sólo testimonial; y si no tienen las ideas, van a tener que pedirlas prestadas”.
En ese momento pensé que se refería a la experiencia del menemismo, que por aquella época había tomado prestada la receta neoliberal orquestada por Domingo Cavallo. Luego intuí que aquel hombre -que a esa altura ya era un ícono de la democracia en el mundo, que había transitado el primer período de la democracia recuperada con relativo éxito, aquel líder latinoamericano que había decidido improvisar su discurso en los jardines de la Casa Blanca para contradecir al presidente de los Estados Unidos- revivía en la intimidad su primera elección, cuarenta años antes, en la modesta Chascomús.
Visto en perspectiva, hoy estoy seguro que Alfonsín aquella tarde ejercitaba tal vez su oficio más repetido y más exitoso, que sin dudas fue estimular, inspirar, persuadir -como le gustaba decir- con afecto y con razones a los jóvenes en la vocación por la política. Vocación que puede resumirse en esas sencillas dos premisas de los votos y las ideas: entregarse a la relación con los otros para conseguir los consensos necesarios a través del diálogo, la convicción y los argumentos, e inventar los imaginarios sociales que permitan construir una sociedad de la que pueda predicarse que hay niveles aceptables -tomando sus palabras- de libertad, justicia e igualdad.
(*) Presidente de la Federación Universitaria del Litoral e integrante de la Junta Representativa de la Federación Universitaria Argentina en el período 1994-1995. Actualmente es secretario de Gobierno de la Municipalidad de Santa Fe.