La novela de los orígenes

Graciela Audero (*)

El escritor Jean-Marie Gustave Le Clézio, que nació en Niza en 1940, recibió el premio Renaudot en 1963 y el Nobel en 2008, publicó en el pasado mes de octubre su última novela “Ritournelle de la faim” (“Cantinela del hambre”) -Gallimard, París-, cuya traducción al español está en prensa en la Editorial Tusquets de Barcelona.

“He escrito esta historia en memoria de una jovencita que, muy a su pesar, fue una heroína a los veinte años”: con esta frase discreta se termina “Cantinela del hambre”. En las últimas páginas, la joven protagonista de J. M. G. Le Clézio, Ethel abandona su mundo imaginario para pisar la realidad y encarnarse, si no en la madre del escritor, por lo menos en la inspiradora de esta novela donde se mezclan realidad y ficción.

El libro se inicia con “Fiestas del hambre”, del poeta Arthur Rimbaud, como epígrafe; sigue con el hambre de Le Clézio, niño, durante la guerra, como prefacio, y se termina con el “Bolero” de Ravel, a cuya première asistió la madre del autor, que “cuenta una historia de cólera, de hambre”. Y entre Rimbaud y Ravel, el hambre de vivir de Ethel o su novela de aprendizaje, salpicada de sombras, como si pesara sobre ella una suerte indescifrable.

Hija única, Ethel vive con sus padres, originarios de la isla Mauricio, en el barrio Montparnasse de París, entre las dos Guerras Mundiales. Niña, Ethel descubre la Exposición colonial de 1931 junto a un tío abuelo, hombre generoso, que le dejará su fortuna. Pero el padre de Ethel, hombre insensato y haragán, perderá la herencia de su hija en manos de especuladores inescrupulosos. Adolescente, Ethel comprende que su familia, al igual que el grupo pequeño burgués mediocre que gravita a su alrededor, se encamina al derrumbe. Más aún, asiste impotente, en el salón de su casa, a las conversaciones que expresan el rechazo a judíos, negros y extranjeros y anuncian el desastre inminente que provocará la Alemania de Hitler. Despojada de su fortuna, manchada moralmente, Ethel no tiene fuerzas para alimentar el odio porque concentra sus energías en sobrevivir, en su noviazgo con un inglés pelirrojo, en sus sueños de un futuro alejado del lastre de ese pasado. A los veinte años, al límite de sus fuerzas, cargando a sus padres exhaustos, Ethel conduce un viejo De Dion-Boutton con nafta adulterada hasta Niza para escapar de la guerra.

En “Cantinela del hambre”, novela de sus orígenes, Le Clézio revive la ruina de sus ascendientes en la atmósfera nauseabunda de la época que precedió a su nacimiento, confiando en la figura vigorosa de Ethel doble novelada de su madre- para embellecer un cuadro sombrío.

Textos traducidos del original en francés:

1. El hambre del escritor en su infancia.

“Conozco el hambre, yo lo he sentido. Niño, al final de la guerra, voy con los que corren por la ruta junto a los camiones de los americanos, tiendo mis manos para agarrar las tabletas de chicles, el chocolate, los paquetes de pan que los soldados tiran al boleo. Niño, tengo tal sed de grasas que bebo el aceite de las latas de sardinas, chupo con deleite la cuchara de aceite de hígado de bacalao que mi abuela me da para fortificarme. Tengo tanta necesidad de sal que como a manos llenas los cristales de sal gruesa de un frasco, en la cocina.”

2. El hambre de Maude

“Cuando había entrado por primera vez, Ethel había comprendido la enormidad del desastre en la vida de esta mujer. Sobre la mesa, al lado del sumidero, había visto los restos de la comida que Maude compartía con sus gatos. Vísceras, cáscaras, pedazos de pan duro remojados en un jarro de leche. Maude moría de hambre, pero jamás hubiese querido dejarlo notar. Después, se esforzaba por esconder la realidad. Encontraba con qué preparar una colación. Bizcochos duros que guardaba desde hacía mucho, algunos nísperos robados, recogidos en el jardín del Ruso, o también la vieja receta mauricia del pan duro remojado en yema de huevo y cocido en la sartén, todo acompañado con su té “imaginario”, como ella lo llamaba. En su tetera cachada, de origen japonés, que databa, según sus dichos, de la época de Pierre Loti, inventaba decocciones de azahares, de flores de acacia, con pétalos de rosa o crisantemo, cáscaras de manzana y conos de eucaliptos, con tomillo, con hojas de falso pimentero, con menta que hacía crecer en latas de conserva sobre el borde del tragaluz. La mayoría de las veces era desabrido, imbebible. Ethel mojaba sus labios en estos brebajes y decía: “Maude, discúlpeme, ¿no podría mejor beber té blanco?”

3. Ethel y las nubes

“Ethel tenía la impresión de flotar en el cielo. Le gustaban las nubes. Acostada en la arena de las dunas, las miraba pasar rápidamente, livianas, libres. Soñaba con el espacio que habían recorrido atravesando la extensión de los océanos y el campo de las olas, antes de llegar hasta ella. Se deslizaban, no muy alto, en pequeñas bolas blancas que a veces se chocaban, se unían, se dividían. Estaban las locas, que corrían más rápido que las otras, deshilachándose en ovillos de algodón, en granos de cardillo, en penachos de cañas. La tierra tambaleaba bajo las nubes con un movimiento lento que daba vértigo. El ruido de las olas sobre la playa era un motor en marcha que empujaba el espectáculo del mar y echaba abajo el mundo, irresistiblemente. Luego llegó una gran nube gris y blanca que se interpuso entre ella y el sol, y Ethel veía una ballena, de cabeza enorme y colita pequeña al final de un largo cuerpo. La arena de la duna rodeaba a Ethel, la estrechaba, la encerraba dulcemente. Cada ráfaga de viento castigaba su rostro, sus piernas, sus brazos con millones de pequeñas pinchaduras. Tenía la impresión de no haber dejado nunca ese sitio, su lugar en lo alto de la duna, en la arena blanca y seca que el mar no toca nunca, en el límite donde crecen las plantas punzantes, los cardos, donde quedan esparcidos los granos rojos de los tamariscos”.

(*) Miembro del Consejo de Administración de la Alianza Francesa de Santa Fe.

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Jean-Marie Gustave Le Clézio, Premio Nobel de Literatura 2008.

Foto: EFE