Crónica política
Esperando a los bárbaros
Crónica política
Esperando a los bárbaros
Rogelio Alaniz
El señor Gustavo Posse debería saber que los muros son, en el mejor de los casos, un parche. Un parche que históricamente ha tapado mal los agujeros de una sociedad que pretendía defenderse. Pero sería deseable que los progresistas que critican a Posse por haber tomado esta decisión se hagan cargo del síntoma social que representa un gobernante que con amplio apoyo de la población decide levantar un muro para proteger a sus ciudadanos.
Existen buenos y brillantes argumentos para criticar el muro de Posse. El problema es que la misma calidad argumental no se exhibe para solucionar el problema que Posse pretende resolver por el peor de los caminos. Los progresistas suelen ser prisioneros de sus propios vicios: son muy buenos para criticar, para presentar objeciones, pero a la hora de proponer soluciones no se observa el mismo brillo.
Posse se embarra en los pantanos de la realidad, se ensucia las manos y tal vez el alma, pero los progresistas eluden ese pecado en nombre de los bellos ideales. Para ellos un delincuente es una víctima social, la responsabilidad del crimen la tiene el sistema, el régimen o el capitalismo. Adhieren al lema de aquel viejo izquierdista que decía “que en estas sociedades injustas las víctimas son culpables y los victimarios inocentes”. Todo esto puede tener una irónica pizca de verdad, pero en el mejor de los casos llega a ser una verdad tan lejana, tan distante de la vida cotidiana que termina pareciéndose más a una mentira o a una coartada que a una verdad. Digamos, a modo de síntesis, que los gobernantes como Posse se ensucian las manos mientras que los progresistas se las lavan.
Los muros en la historia nunca o casi nunca han sido una solución. La famosa Muralla China no impidió que los mongoles terminaran cruzándola. Las bíblicas murallas de Jericó cayeron cuando empezaron a cantar las trompetas. En Troya, un caballo de madera transformó a las murallas en un artefacto inútil. Las murallas de la Edad Media no impidieron las invasiones de los bárbaros. En el siglo veinte la línea Maginot, levantada por los franceses, sólo sirvió para que Hitler realizara su más brillante operativo militar consistente en eludirla y dejar a los resistentes hablando solos.
Walter Ulbricht, el dictador alemán, levantó el célebre Muro de Berlín, pero la eficacia del sistema no estaba en la solidez de los ladrillos sino en la puntería de los sicarios dedicados a ametrallar disidentes que pretendían huir del paraíso comunista. Para lo único que sirvió el Muro de Berlín fue para que el capitalismo dispusiera de un excelente argumento para descalificar al comunismo. Su derrumbe se produjo el día que los guardias armados decidieron dejar de tirar.
Con todo, el símbolo histórico del Muro de Berlín fue más que elocuente. La historia en el futuro dirá que el siglo veinte concluyó cuando el muro de la vergüenza fue derribado por los pueblos. Hoy los ladrillos del muro se cotizan alto en el mercado de souvenirs. Sé de un empresario, ex izquierdista, que exhibe orgulloso en su escritorio uno de esos ladrillos por lo que pagó un ojo de la cara.
En Estados Unidos, Obama deberá decidir en breve qué hacer con el muro de cinco metros de altura que se está levantando en la frontera con México. En Israel el muro ordenado por Sharon permitió devolverle la paz a los judíos aterrorizados por las bombas humanas. Como buen conservador, Sharon hizo lo que los progresistas no se hubieran animado, aunque después disfrutaron de los beneficios y secretamente agradecieron. No obstante ello, a nadie se le escapa, ni siquiera al pacifista israelí más convencido, que el muro fue una solución, con el agregado de que fue la solución más detestable, en un escenario donde había forzosamente que elegir entre lo peor y lo detestable .
De todas maneras no nos llamemos a engaño, ni nos enojemos tanto con Gustavo Posse. Lo que el intendente radical de San Isidro ha hecho es materializar un muro en una sociedad que desde hace años viene amurallándose con paredes reales y simbólicas. Lo suyo no hay que criticarlo tanto porque sea duro y brutal, sino porque es inútil.
En efecto, la historia de los muros en el mundo enseña que estas medidas se han tomado para impedir invasiones provocadas por razones étnicas, religiosas o fronterizas. Ninguno de estos problemas existen en San Isidro o San Fernando. Más que un muro, lo que Posse intenta levantar es un murito, una caricatura de muro que lo único que provoca es una indeseable exacerbación de los ánimos, además de facilitar que los periodistas tengamos un tema más para conversar. La exageración, la desmesura parece ser un rasgo de nuestra cultura nacional. Posse, sin lugar a dudas participa de ese folclore criollo.
La seguridad es un tema complejo que reclama de manos hábiles, de manos capaces de tejer una trama que por definición es delicada. La seguridad en la Argentina debería ser una asignatura a cargo de hábiles cirujanos y no de brutales matarifes. Lo que ocurre es que cuando los cirujanos no se hacen presentes o lo único que hacen es decir generalidades, la solución que se tiene más a mano es la del matarife. Por esa solución se pagan costos, costos muy altos, pero a veces las sociedades están tan enfermas o tan desesperadas que no miden las consecuencias de sus decisiones o recurren a lo peor para evitar lo peor.
Desde hace meses, por no decir años, amplias franjas de la sociedad se inclinan por soluciones simplificadoras brutales e impiadosas. Esto es grave, pero mucho más grave es que la clase dirigente, el sector que en cualquier orden social está llamado a dar el ejemplo, o en todo caso a predicar a favor de respuestas que tiendan a mejorar las prácticas sociales o a cohesionar el tejido social, reproduzca con sus conductas y sus decisiones los peores vicios.
El ejemplo de Posse es ilustrativo. Pero el equivalente a Posse en materia de brutalidad, descaro y manipulación de las pasiones primarias lo expresan los Kirchner en el orden nacional. Tal vez no sea casualidad que en los últimos años Posse haya sido un aliado político de Kirchner. Aunque pocos lo crean, en política los que en el fondo piensan lo mismo, tarde o temprano terminan juntos.
Si bien es verdad que nadie con una dosis mínima de realismo puede exigir que la política sea un juego incontaminado protagonizado por vírgenes y ñustas, la salvedad no autoriza a que la política se transforme en un chiquero, en un juego de azar dirigido por fulleros en un garito clandestino de los bajos fondos. Kirchner se jacta de ser un político que juega el poder al todo o nada. Su decisión la presenta como una virtud, la virtud del poderoso.
En la historia abundan los ejemplos de mandatarios que jugaron el poder al todo o nada, que recurrieron a las más frías y descarnadas maniobras para mantenerse en el poder. A estos gobernantes les fue bien, regular o mal, pero en todos los casos siempre se trató de déspotas, dictadores o tiranuelos. No es casualidad que así haya sido. El poder democrático, que también es poder, que también reúne sus vicios y sus virtudes, exige otro tipo de tratamiento, otra práctica, otro piso moral. A este principio los Kirchner no lo conocen o no les importa conocerlo. A Posse más o menos le pasa lo mismo.
Más que un muro, lo que Posse intenta levantar es un murito, una caricatura de muro que lo único que provoca es una indeseable exacerbación de los ánimos.
Discordia. La iniciativa de Posse que dividió a las barriadas no sólo de manera física, fue rápidamente colonizada por la política con vistas a las elecciones de junio próximo.
Foto: DyN
La seguridad es un tema complejo que reclama de manos hábiles, una asignatura que debería estar a cargo de hábiles cirujanos y no de brutales matarifes.