Edición del Sábado 25 de abril de 2009

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Recuerdos de una abuela de mirada triste - Edición Impresa - Revista Nosotros Nosotros

DE RAÍCES Y ABUELOS

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Nelly Forni Sacchi de Marina envió por e-mail un relato de sus abuelos maternos, inmigrantes italianos, a De Raíces y Abuelos. Sin embargo, con una extensa charla, aquel escrito se enriqueció y fue más que una referencia a sus antepasados sino que, también, pudimos advertir cómo había surgido su pasión por escribir, motivo por el cual esta escritora santafesina -miembro de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) filial Santa Fe- ya había obtenido algunos premios.

“Le consulté a Susana Persello, la escritora de quien ustedes han publicado algunas de sus obras, si le parecía que podía mandar mi escrito. Le interesó mi relato y aconsejó que se los acercara. También la leyó la escritora Beatriz Actis, a quien le encantó, quien me sugirió que dividiera la historia en dos partes. Lo traigo pero con temor”, advirtió esta docente jubilada, quien comenzó a destinar más tiempo a la escritura -algo que le apasionaba- una vez que dejó las aulas y tras pasar algunos problemas familiares.

A continuación transcribimos su producción, titulada “Mi abuela materna”: “Siempre me llamó la atención la parálisis del lado izquierdo del cuerpo de mi nonna Edvige. Cuando la levantaban de la siesta, sus hijas (mis dos tías solteras) la llevaban en sillita de oro hasta sentarla en el antiguo sillón mecedora de esterilla y la peinaban formándole dos ondas globosas que sostenían con peinetas transparentes, hacia arriba de la frente, para recogerle atrás todo el largo cabello blanco en un solo manojo, el que daban vueltas hasta formar un rodete que fijaban con horquillas. Yo observaba atentamente, pues veía en él una copia fantástica de la casa de un caracol.

Y allí quedaba, silenciosa, mirándome con ojos tristones, esperando que, finalizada la tarea del peinado, me arrimara a su falda para abrazarla y darle besos, mientras ella, con su mano derecha, me acariciaba sin decir nada.

Cuando las hijas me hacían señas de que ya debían acabarse los mimos, suavemente yo bajaba de su regazo, buscaba una tijera y me ponía a recortar figuras de las revistas viejas que me guardaba mi tía modista. Las hojeaba y elegía las modelos con vestidos largos. A cada recorte lo acomodaba sobre la enorme mesa del comedor, que albergara a la familia con 9 hijos. Y a cada una de las figuras le ponía un nombre, charlando con ellas y haciéndolas hablar entre sí. Ese era mi juego de todas las tardes de los domingos, el único día que podíamos ir de visita con mis padres. Costumbre no interrumpida ni con mal tiempo ni con resfriados, desde que tuve meses de vida.

Tenía 6 años cuando, en uno de nuestros encuentros, me sorprendí al notar que no levantaban de su cama a mi nonna. Estaba semisentada sobre grandes almohadas blancas con anchas puntillas de crochet. Blancas como su cabellera y su tez. Me acomodé a su lado y la besé.

No me animaba a contarle de mis amiguitas como lo hacía siempre. Al darme cuenta de que tenía en mi mano dibujos que hizo para mí la tía que era profesora de piano, se me ocurrió mostrárselos para que las dos los disfrutáramos. Todos rostros infantiles hermosos, bellamente coloreados.

Mi abuela me miraba con una dulzura especial, sin sonreír. En cierto momento, en que bajé la vista para ver la siguiente hoja de cartulina, me levantaron de modo brusco haciendo caer todos los dibujos al suelo. Desde lo alto, y en forma instantánea pero perdurable, miré a mi nonna.

Estaba con la cabeza levemente inclinada hacia el lugar que yo había ocupado y esbozaba la sonrisa más bella del mundo con sus ojos cerrados. Comprendí que acababa de morir al escuchar ahogados sollozos y la voz de mi mamá que repetía un “no” sentido e interminable.

Sin darme explicaciones me trajeron a casa y me dejaron al cuidado de mis hermanos mayores. No entendí por qué se comportaron así conmigo. Cómo me hubiera gustado decirles que sabía lo que era la muerte.

Mi tío abuelo, que estuvo en trincheras, muchas veces me hablaba de sus compañeros muertos. También la había experimentado con los gorriones que la madre echa del nido cuando sabe que no pueden vivir. Y estaba acostumbrada a que mi abuela paterna me llevara a los velatorios de sus amistades, en los que me alzaba para que bese al fallecido. Según ella, para que no me asustara a la noche al ir a dormir.

Eso para nada me atemorizaba. El temblor lo sentía al posar mis labios en el rostro frío y duro como piedra, descolorido y desconocido para mí. ¡Era tan pequeña! pero no podía negarme a acompañarla cuando ella me venía a buscar para estas terribles visitas.

Nunca me quejé ni me animé a hacerlo, pues temía ofender a un mayor. Supe también guardarme muchas preguntas porque notaba que había temas que eran intocables para los chicos.

II

Debí llegar a la pubertad para conseguir el privilegio de convertirme en la confidente de mi madre. Aprendí a guardar lo que debía quedar en secreto. Estoy segura de su confianza en mí. Era la nuestra una amistad entrañable, en la que ella jamás perdió su rol de mamá.

Fui conociéndola y llegué a valorarla, tanto como lo hizo mi padre. Ella repetía el modelo de la suya, hasta sus dichos que aplicaba en forma oportuna y en italiano. Entre tantos, recuerdo cuando decía: “Donde comen 4 pueden comer 5”; “Si el barco se hunde o nos salvamos todos o nos morimos todos”; “Despacio, despacio se llega lejos; fuerte, fuerte se va a la muerte”. Desde esa época no me quedé sin respuestas.

Mi madre me hizo depositaria de detalles de su familia y de su propia historia. Así me enteré de un gran sufrimiento que padecieron sus padres. Ellos se casaron en Recanati, Macerata, Italia, cuando Edvige Runcio contaba 20 años y Ernesto Sacchi, 25, el 12 de febrero de 1900.

La situación difícil que se vivía en Europa los decidió a dejar la tierra natal. Se embarcaron en Génova con sus 3 varoncitos: Celso de 4, Giussepe de 3 y Reynaldo de 2 años. Desde el vapor no dejaban de agitar sus pañuelos a la patria amada que, lentamente, fue desapareciendo de sus ojos.

Les resultó largo el viaje que los traía a la Argentina. Aquí en Santa Fe habían contratado a mi abuelo como carpintero. Todas las aberturas de la Estación del Ferrocarril Belgrano fueron trabajadas por él. Igualmente, las de la Escuela Normal de Paraná, en Entre Ríos. Lástima que mi memoria no alcance a recordar todas las obras que hizo y que me detallaba mi madre.

Edvige les contaba a los hijos los miedos que pasaron bajo tormentas al atravesar el Ecuador. Los malestares físicos sumados a esa nostalgia que no los abandonaba. Pero la herida que marcó a fuego sus corazones fue lo que ocurrió al llegar a la zona tropical. El nene más chiquito levantó fiebre y se le declaró el sarampión. Fueron inútiles los esfuerzos del médico a bordo para salvarlo. Lo amortajaron y lo arrojaron al mar.

Demasiado rápido para la despedida. Demasiado rápido para entender la pérdida. Difícil concebir su tumba en un lugar abismal y oscuro. Ernesto debió arrancarla de la borda donde Edvige se aferró. Estaba como petrificada. Tampoco pudo pronunciar palabra. Debía encontrar una ayuda que la sostuviera. Quizás, el pensar que un cofre azul guardaría a su niño, susurrándole en su ondeo la mejor canción de cuna. Su dolor desesperaba a mi nonno y a los dos hermanitos que no podían entender que ya no verían más al pequeño Reynaldo”.

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En 1959, Nelly usó el vestido de novia de su madre para un desfile de trajes del 1900 realizado en el Teatro Municipal.

Recuerdos de una

abuela de mirada triste

En este relato, Nelly Forni Sacchi de Marina recuerda a sus abuelos maternos, inmigrantes italianos, a partir de sus experiencias de infancia.TEXTOS DE MARIANA RIVERA

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Edvige Runcio de Sacchi tenía una expresión de tristeza de sus ojos y su rostro.

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Los abuelos de Nelly, Ernesto y Edvige, con 7 de los 9 hijos que tuvieron (siete argentinos).

PARA CONCLUIR

“Cuando bajaron al puerto de Buenos Aires esperaron pacientemente cumplir los trámites y la entrega de los grandes baúles construidos por mi abuelo, repletos de ropa, utensilios y recuerdos, como el traje de novia de mi abuela, el que heredó mi madre por ser la mujer mayor nacida aquí, y que yo conservo hasta hoy, como un pedazo vivo de la historia familiar. Entonces llegó el momento de tomar el tren hacia Santa Fe. “El traqueteo dejó dormidos a los dos hijitos. Eso fue lo que permitió a Edvige abrazarse a su esposo y comenzar a llorar pidiendo volver a Italia. Qué desconsuelo tan grande y cuánto le costó a Ernesto explicarle lo del contrato y el deshonor que significaría para él no cumplirlo. Además, hasta les daban una casa cerca de la futura Estación a edificar sobre bulevar Gálvez.

“Creo que ninguno de los dos pudo superar aquel dolor que los encadenaba al mar, a pesar de haberse afincado aquí, encontrar amigos compatriotas y tener 7 hijos argentinos; a pesar de ver formar de ellos nuevas familias y llenarse de nietos. En todas las fotografías que poseemos de ellos, mi nonna no sonríe. El dolor la fue consumiendo de a poco hasta que sufrió una hemiplejía. Allí está la razón de su parálisis y su voz apagada. “El consuelo que tengo es el de su imagen sonriendo cuando la vi en ese brevísimo instante en el que me impidieron despedirme de ella.

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La mamá de Nelly, Ernestina Sacchi, con el traje de novia.



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