Edición del Sábado 25 de abril de 2009

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Crónica política

Los dilemas de Kirchner

Rogelio Alaniz

“Con el puño cerrado no se puede intercambiar un apretón de manos” (Indira Gandhi).

Néstor Kirchner sospecha que el escenario político electoral no le es muy favorable. Es más, sus asesores piensan que le es definitivamente desfavorable. Lo piensan pero no lo dicen. En Olivos y en la Casa Rosada está prohibido llevar malas noticias. Amigo de las apuestas fuertes o, según se mire, de las huidas hacia adelante, don Néstor decide plebiscitar el poder. Su poder, para ser más preciso, porque el de su esposa no existe o es una afeminada versión del suyo. Sabe, porque no es tonto, que en Córdoba, Santa Fe y Capital Federal la batalla está perdida. Su única chance es la provincia de Buenos Aires y, para ser más preciso, el conurbano, el espacio donde gobiernan los intendentes más corruptos del país y donde el clientelismo es la exclusiva estrategia de poder.

Una victoria en provincia de Buenos Aires le permitiría salvar la ropa en el incendio que él mismo se preocupó en alentar. El problema es que el carisma de don Néstor es muy bajo, por no decir inexistente y el de su mujer ni siquiera merece ser tenido en cuenta. Esta verdad ningún político está dispuesto a aceptarla, y mucho menos un político peronista que supone que su palabra y sus sonrisas encantan a las multitudes.

Kirchner puede llegar a aceptar que no está pasando por su mejor momento, pero sabe que esa carencia coyuntural se puede subsanar desplegando los recursos gigantescos del poder. Dinero, planes sociales, promesas, aprietes y más dinero pueden suplantar la caída del carisma. Kirchner no es carismático pero se cree carismático. La distancia entre la realidad y su fantasía la resuelve con plata. No inventa nada nuevo. Por lo general los liderazgos carismáticos son una estafa y dependen más de la plata que de la supuesta magia del jefe.

De todos modos, aún está por verse si Kirchner decide ser candidato. Todo parece indicar que así será y ésa parece ser la intención de los operadores que han puesto en marcha el operativo Clamor, una suerte de simulacro de adhesiones espontáneamente programadas. (¿Saben los kirchneristas que Clamor fue la clave, el acróstico, al que recurrió Liniers para levantarse en armas contra la Junta Patria? A Liniers bien no le fue con esa palabreja).

Por lo pronto, Kirchner se ha comprometido tanto con su candidatura, que el retiro de la compulsa electoral sería considerado una deserción, una tácita confesión de derrota y, en algún punto, una verdadera catástrofe política, porque esta suerte de patriada que ha decidido jugar en la provincia de Buenos Aires, acompañado por Scioli, sólo tiene sentido si está él. En el mundo del hampa se sabe que en las situaciones límites el jefe de la banda tiene que encabezar el asalto. A veces en la política, sobre todo en determinados ambientes políticos, vale el mismo principio.

Kirchner libra la madre de las batallas, recurriendo a una red de alianzas que en su momento criticó en nombre de su supuesto progresismo. Sus puntales para ganar los comicios son -además del hampa del conurbano- el señor Scioli, considerado en las usinas kirchneristas como un engendro de Menem y un conservador que en más de un caso está a la derecha de Macri. Tan mal le van las cosas a los Kirchner, tan a contramano de sus expectativas se desarrolla el proceso político, que para competir con alguna posibilidad en las elecciones tienen que recurrir al auxilio de quienes en otros momentos despreciaron y condenaron.

Algo parecido hicieron hace un mes en Catamarca aliándose con Barrionuevo y Saadi. O en San Miguel, donde su aliado preferido se llama Aldo Rico. Recurrir a quienes en otros momentos fueron los enemigos se explica por dos motivos opuestos: porque están acorralados o porque nunca fueron progresistas, y todo su progresismo se redujo a un discurso oportunista que nunca disimuló la avidez por un poder construido a imagen y semejanza de lo que hicieron en Santa Cruz.

Insisto una vez más. Para entender a los Kirchner no hay que mirar a los montoneros o a la FAR, o leer los libros de Marta Harnacker o Eduardo Galeano. Para entender las pulsiones reales y efectivas de los Kirchner hay que viajar a Santa Cruz. Allí está todo: el poder y la parodia. También su increíble fortuna.

Digamos, a modo de síntesis, que la verdad absoluta de los Kirchner es el poder. El poder que no está ni a la derecha ni a la izquierda, sino en el centro. En el centro del poder ¿se entiende? Lo demás son papelitos de colores. En ese punto no se diferencian en nada con Menem. Con una salvedad: a la comadreja de Anillaco jamás se le ocurrió presentarse en la provincia de Buenos Aires.

Es probable que en algún momento, Menem y Kirchner hayan sido diferentes, pero en los últimos tiempos se parecen cada vez más y es muy probable que en el futuro las semejanzas se profundicen. Por lo pronto, los dos son peronistas, dignos herederos de su jefe, los dos se han enriquecido como sultanes a través de la política aunque, nobleza obliga, debo admitir que Kirchner a la hora de hacer negocios fue mucho más eficaz. En ese punto Menem no tiene ni para empezar. Es la diferencia que hay entre un usurero y un carterista.

Sobre el resultado de las elecciones, el único que puede elaborar un pronóstico confiable es Horangel. Las demás son opiniones, manifestaciones de deseos u operaciones políticas. En provincia de Buenos Aires es probable que Kirchner no haga una elección tan mala como la que suponen sus adversarios, ni tan buena como la que creen sus seguidores. De todos modos, no le envidio el futuro. Si gana, la victoria no será suya, sino de Scioli; si pierde, el título de mariscal de la derrota cargará sobre sus espaldas. En todos los casos, los escenarios probables lo desfavorecen.

En política es arriesgado hacer pronósticos, pero con un poco de atención es posible interpretar algunas señales. Un principio general de sabiduría enseña que en tiempos de vacas gordas los políticos se acercan al calor del oficialismo porque esto los prestigia, y cuando vienen las vacas flacas se alejan por razones inversas. En una jerga más dura, este comportamiento se compara con el de las ratas que abandonan el barco. Las ratas son por definición despreciables y cobardes, pero lo que nadie les desconoce es tener olfato. Dicho con otras palabras: las ratas tal vez sean malas y cobardes, pero lo seguro es que el barco se hunde.

En el caso del poder kirchnerista, hace rato que alejarse de ellos significa cosechar kilos y a veces quintales de prestigio político. El ejemplo de Cobos es ilustrativo. También el de Reutemann y Montoya. Dicho de manera brutal: romper con los Kirchner es un buen negocio; quedarse con ellos puede ser leal o heroico, pero es calamitoso desde el punto de vista estricto del poder.

Lo curioso es que en esta precipitada decadencia del poder, los Kirchner cada vez dependen más de esos caudillos del conurbano, para quienes en las últimas décadas la clave de su supervivencia consistió en traicionar sistemáticamente a sus patrocinadores. Si así lo hicieron con Herminio Iglesias, con Antonio Cafiero, con Carlos Menem y con Eduardo Duhalde, ¿en nombre de qué principio, de qué valor humanista o trascendente no lo van a hacer con Kirchner?

Kirchner puede llegar a aceptar que no está pasando por su mejor momento, pero sabe que esa carencia coyuntural se puede subsanar desplegando los recursos gigantescos del poder. Dinero, planes sociales, promesas, aprietes y más dinero pueden suplantar la caída del carisma.

Los dilemas de Kirchner

Amistades peligrosas. Kirchner libra esta batalla electoral, recurriendo a una red de alianzas que en su momento criticó en nombre de su supuesto progresismo.

Foto: DyN

Tan mal le van las cosas a los Kirchner, tan a contramano de sus expectativas se desarrolla el proceso político, que para competir con alguna posibilidad en las elecciones tienen que recurrir al auxilio de quienes en otros momentos despreciaron y condenaron.



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