Al margen de la crónica

Pueblo chico, calma grande

Si bien tienen a su favor una gran cantidad de ventajas que sirven para el desarrollo personal, las ciudades grandes se han caracterizado también, en el transcurso de los últimos años, por una disminución en la calidad de vida de sus habitantes. Es que la creciente inseguridad, la mayor cantidad de gente afincada en espacios cada vez más reducidos, los ruidos molestos y todo un amplio conjunto de tensiones que se padecen a diario, pasaron a convertirse prácticamente en un calvario. Un cúmulo de situaciones que llevó a muchas personas que, por elección o por obligación deben cumplir con sus labores cotidianas en las grandes urbes, a elegir a los espacios residenciales ubicados en las afueras de la ciudad como una opción significativa a tener en cuenta, en la búsqueda de una vida más sana.

Pero existe otra opción que cada vez se valora más, una tendencia que ha demostrado cierto crecimiento: la de los pueblos chicos, ubicados en los alrededores de la gran ciudad. Esos entramados urbanos que ofrecen, a unos pocos minutos del centro mismo de la ciudad, un cambio muy notable. En el caso de Santa Fe, los más paradigmáticos son Colastiné y San José del Rincón. Pero existe otra lista considerable de pueblos, tal vez algo más alejados pero no por eso menos plácidos. Y todos ellos en un radio que apenas alcanza los 30 kilómetros a la redonda.

El contraste es muy claro. A la “jungla de asfalto”, con sus ruidos, su rosario interminable de vehículos y su ritmo de vida casi frenético, se oponen las calles tranquilas, los amplios espacios verdes, las siestas reposadas. En definitiva, la sensación de bienestar propia de los pueblos chicos. Todo eso con la certeza de estar sólo a media hora o cuarenta minutos del lugar de trabajo. Por estas razones, se trata de una tendencia que, probablemente, se potencie en los próximos años.