Anotaciones al margen

Variaciones a propósito

Estanislao Giménez Corte

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El pulso de la mano vibra antes de caer sobre la tecla negra; vibra en la mano el pulso; vibra en la mano que, oscura de gravedad, de grave oscuridad la fisonomía intangible de abstracta existencia, busca el grave sonido con arrojo de suicida; busca el grave sonido y sigue la órbita de su búsqueda sobre las largas, blancas, luminosas teclas que, a la derecha, límpidas, finas, sutiles, despiden ondas, bruscos golpes agudos; y vuelven, las manos, el pulso, a caer sobre.

Suspendidas en el aire, las manos, suspendido el pulso, en el aire, van a caer sobre el instrumento, con excitados nervios, sobre las negras teclas, oscuras, graves, sobre las dulces, luminosas, blancas, largas teclas; sobre ellas caen las extremidades, el pulso, el ansia de percutirlo todo, aquí y allá, como extirpar a mil demonios; una y otra vez, cíclicamente y a raptos, vuelven las manos, el ritmo, el pulso, a golpes en la piedra del pentagrama, para que suceda el arte; y vuelven a caer para.

El pulso acompaña la caída, acompasadamente lo acompaña, al pulso, al de las extremidades, sobre la materia que simula marfil blanquecino, o de mortuorio negro y, después de la colisión, toma aire, en el aire, y cae, para despedir a los lados las vibraciones que afectan las cortinas del teatro, a los lados las cortinas, y se hacen mínima brisa en las pestañas de los sujetos de las primeras filas y oxígeno para los del palco, que no perciben su vibración sino como vientito que trae la maravilla de lo audible.

Las negras se hunden en la espesura; en la oscuridad del teatro sólo se ven las agudas notas al final del crescendo; las notas lentas caen antes de la quinta fila, o antes, caen; los exorbitantes arrestos de pulgares e índices sobre el extremo derecho del piano, rápidas, fugaces, sí escalan las dos bandejas del recinto, y trepan, y salen de los techos para llegar a los vecinos como tímida sonoridad, como de lejos venida, como del recuerdo venida esa sonoridad, y es, a pesar de, envolvente sugerencia, embriagador instante que pasa lo mismo que una luz armónica, que un destello, que un deja vu.

Negras y blancas sacan de sí lo que el pulso les saca, las saca de sí el pulso que las imprime; en la operación, las manos, el pulso, siguen la letra del que escribió lo que se escucha pero lo rehacen: ponen acentos aquí o allá, aceleran los recorridos, forjan los golpes y lanzan todo alrededor lo que tiene dentro de sí el músico, lo que es él, lo que tiene para dar; da todo, y después, cae el músico, cae, con mínimo pulso, sobre el instrumento, cae el músico porque.