Algunas cuestiones en torno al canon (fragmentos)
Algunas cuestiones en torno al canon (fragmentos)
“Hacia una literatura sin adjetivos” se abre con un ensayo sobre el canon, esas listas que a pesar de sus arbitrariedades y volubles tropismos no dejan de tener un peso enorme sobre el mercado, la educación y los propios lectores.
Por María Teresa Andruetto
1. Caña, vara, norma, regla, precepto, modelo, prototipo, son las acepciones de canon que nos da el diccionario. Debiera entonces partir de que la idea de canon como norma, precepto o prototipo no me gusta. Que me gusta mucho más que la literatura sea un remolino, siempre desacomodándose... porque —como ha dicho Lotman— es siempre dialéctica la relación entre lo canonizado y lo no canonizado en una cultura, y ese movimiento permanente hace que los que están fuera tiendan a ocupar el centro y pugnen por insertar sus modelos desplazando a otros que están dentro, porque no existe centro sin periferia y “lo literario” en cada caso, tiempo y lugar, precisa de lo “no literario” para definirse. De modo que todo canon necesita de la amenaza exterior —la amenaza de lo no canónico— y es de ese exterior no canonizado de donde provienen las reservas de la literatura que vendrá.
2. Presente/Pasado. Un canon es una lectura del presente hacia el pasado, para decidir qué enseñar, qué antologar, cómo hacer para que ciertos libros permanezcan vivos y sean leídos por las generaciones que nos siguen. Lectura de lectores que nos arrogamos la facultad de dirigir las lecturas de los demás. Retomo la frase: para que ciertos libros permanezcan vivos, y enseguida salta la paradoja, porque lo canonizado se fija, endurece, tiende a convertirse en monumento, o sea que en lo que respecta a la lectura como un acto irreverente (que es el concepto de lectura que me interesa), podríamos decir que tiende a morir. El Quijote convertido en brindis y celebraciones, del que hablaba Borges, o en un libro que no necesita ser leído porque ya lo han leído por nosotros las generaciones precedentes, como dice Raúl Dorra.
3. Cada lector construye su canon. (...) “La gloria de un poeta depende de la excitación o de la apatía de las generaciones de hombres anónimos que la ponen a prueba, en la soledad de sus bibliotecas (...) Yo, que me he resignado a poner en duda la indefinida perduración de Voltaire o de Shakespeare, creo (esta tarde de uno de los últimos días de 1965) en la de Schopenhauer y en la de Berkeley. Clásico no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos, es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”, dice Borges.
4. Fervor/Lealtad. Sucede con algunos libros: abren en nosotros una grieta que no nos permite olvidarlos. No se trata exactamente de los mejores libros, sino de aquellos que nos disparan una flecha que, como el amor, como el amado, no flecha a todos por igual. No atesoramos el libro mejor escrito sino aquél que, poseedor de un punctum que lo aloja en nuestra memoria, sigue preguntándonos acerca de nosotros mismos. Como el coleccionista que distingue una pieza única entre tantas y la retiene para sí, cada lector arma su canon personal. Libros como diademas excavadas en la lectura, dice Horacio González.
5. Canon y docencia: El intento de canonizar (seleccionar, fijar, detener y preservar) va unido a la docencia. Se trata de la discusión acerca de qué enseñar: ¿qué libros son los más representativos, los que vale la pena que lean las nuevas generaciones? Plantearse el problema del canon es entonces también —y particularmente en la LIJ— preguntarse acerca de cómo seleccionar las lecturas de los programas escolares.
6. Memoria/Olvido. Centro/periferia, alto/bajo, interior/exterior, estabilidad/cambio, tradición/vanguardia, previsibilidad/imprevisibilidad, están en el corazón de estas cuestiones en torno al canon. Especialmente quisiera detenerme en la dupla memoria/olvido: la selección de unos textos y el olvido de otro. Así, lo que es seleccionado, perdura —perdura porque es valioso, porque perdura adquiere valor— y lo que es más longevo puede considerarse de mayor calidad, con lo cual (y esa idea sí me gusta) lo canonizado estaría en las antípodas de la búsqueda de la novedad (que es muy diferente a la búsqueda de lo nuevo), me refiero a la novedad novedosa y efímera que reclama el mercado.
7. Vara para hacer mediciones. El canon —qué lee, qué debiera leer una generación— es también un instrumento de control social. Retomo uno de sus sentidos: vara para hacer mediciones, así es el canon que aparece en los suplementos culturales de los periódicos masivos bajo el título de Los libros más vendidos, o en notas literarias que responden a operaciones editoriales de publicidad solapada. Canon efímero que dirige las ventas y preparan con fervor los especialistas en mercadotecnia.
8. Canon de autores/Canon de textos. En la actualidad, los cánones de autores han sido sustituidos por los cánones de obras. La Literatura Infantil, sin embargo, en un procedimiento que apenas hace unos años ha comenzado a resquebrajarse, ha ido a la cola de ese concepto porque ha canonizado mucho más que textos, a autores. Se trata de un modo de canonización más peligroso, que puede convertir a un autor en marca registrada, arrimando de un modo indiscriminado hacia la totalidad de su obra —incluidos muchas veces textos sensiblemente menores, o una repetición infinita de sí mismos— grandes volúmenes de compras. (...)
9. La Literatura Infantil no ha sido considerada por la academia. La queja de los autores, acerca de que la Literatura Infantil no ha sido considerada por la academia es constante, la venimos repitiendo desde los primeros años ochenta, pero ¿no es acaso el olvido de la academia lo que ha favorecido la proliferación de escritores y escrituras de dudosa calidad que se venden en cantidades que un escritor que publica en el circuito adulto no podría soñar?
10. Variedad/Uniformidad. ¿Cómo se hace para estar en el centro o en los márgenes? En toda cultura trabajan dos mecanismos contrapuestos: la tendencia a la variedad y la tendencia a la uniformidad. También sucede eso en el interior de cada escritor y entonces la escritura se coloca en un punto de tensión entre esos dos extremos: diversidad/uniformidad. Mientras preparaba estas líneas, me llegó una entrevista a Enrique Butti. Leo un párrafo porque dice, de un modo más eficaz que el de mis palabras, la posición en que me interesa colocarme a la hora de escribir: “Lo que debe preocuparle al escritor es tratar de escapar de sus límites o, por lo menos, tratar de cavarse túneles, fosos, pozos, ir más allá. Nuestra época canta loas a los escritores bien pautados y de senderitos asfaltados, cuando no de bien señalizadas autopistas. La alternativa la constituyen los autores que, merced a su vagabundeo, han dilatado los alcances y la amplitud de su estilo, autores preocupados no por estampar su firma en cada línea de sus libros, sino arrebatados por saltos mortales siempre más allá...” (...)
11. Adecuación/Exploración. En relación con esto, quisiera leer unas líneas sobre Carver, escritas por su mujer en el prólogo a uno de sus libros de poemas, porque tienen que ver con la exploración, con ese desacomodo interno al que me refiero, con la dialéctica entre el propio centro y los propios arrabales: “Ray utilizó su poesía —dice Tess Gallagher— para sacar al tigre de su escondite (...) desobedecía a sabiendas las presiones que le hacían para que escribiera relatos porque era en lo que se centraba su reputación y por lo que recibía mayores recompensas en términos de reputación y de público. No le importaba. Cuando recibió el premio Mildred and Harold Strauss, concedido sólo a escritores de prosa, inmediatamente se sentó y escribió dos libros de poesía. No estaba “haciendo carrera’; vivía una vocación y eso significaba que su escritura, fuera poesía o prosa, estaba ligada a unos mandatos íntimos que insistían más y más en una aprensión crecientemente inmediata de sus asuntos...”.
María Teresa Andruetto. Foto: Alem
Retratos y estudios de cabezas, de Francis Bacon.