La ética de lo estético
La ética de lo estético
Por María Luisa Miretti
“Hacia una literatura sin adjetivos”, de María Teresa Andruetto, Comunicarte, La Ventana indiscreta, Córdoba, 2009.

“Segunda versión de una pintura de 1946” (1971), de Francis Bacon.
María Teresa Andruetto se ha destacado en el campo de la Literatura para Niños y Jóvenes (LIJ), tanto en el terreno de la ficción (narrativa y poesía) como en el de la investigación, con aportes críticos muy valiosos. En este libro reúne sus ponencias en jornadas y congresos nacionales e internacionales, donde no sólo aborda la problemática de la literatura infantil destacable y recomendable para los seguidores del tema- sino que amplía, desde su mirada actual y luego de intensos recorridos que la han tenido como activa protagonista, con aportes muy esclarecedores, ya sea en lo conceptual como en lo sistemático.
Contundente y decidida, comienza rechazando la concepción de “canon”, asociado a la norma, regla, modelo, prototipo, pues entiende que la literatura es como un “remolino, siempre desacomodándose”, y que “es siempre dialéctica la relación entre lo canonizado y lo no canonizado”, que la literatura precisa de lo no literario para definirse (remite a Lotman), para luego aclarar que “cada (buen) lector construye su canon”, más allá de la academia y del mercado. Entiende que los mejores libros no siempre responden a ese corpus, pues cada uno tiene su propio texto, que es aquel que le ha dejado una huella o una grieta.
Si bien en la docencia la cuestión del canon es una preocupación, lo ve más que nada como la discusión de qué acercar al lector, cuál y qué es lo más aconsejable, sin advertir que de ese modo se va configurando toda una generación de lectores que gira en torno de temáticas muy acotadas, hasta convertirse en un instrumento de control social. En la LIJ, este tipo de controles ha sido muy peligroso, porque se ha canonizado a autores más que a textos, generándose un abanico de “marcas registradas” que obtura el ingreso y el avance de nuevas voces y la movilidad que naturalmente exige el lenguaje literario.
Sostiene que entre quien habla y quien escucha se va entretejiendo una red muy sutil, en un juego que siempre recomienza y que tiene como principio conductor el deseo de interactuar y de completar/se con el otro a través del lenguaje, plasmando en la escritura ese movimiento o camino para el que lee pero también para quien escribe.
Se detiene una y otra vez sobre la función de la escritura, el concepto de escribir “no es con voluntad que se escribe, sino con atención y paciencia para esperar que aparezca esa verdad que el personaje tiene para decirnos”; seguir en el intento hasta encontrar la propia voz y la verdad escamoteada, esa literatura que en el decir de Barthes- “se hunde en la mitología secreta del autor”, por eso la estrecha relación que se genera más tarde entre la memoria de quien escribe y el campo de resonancias de quien lee.
Hace aportes agudos sobre la función editorial y el factor clave para la difusión de los buenos (o malos) libros, según privilegie el receptor o las cifras de venta. En este sentido, agrega que si bien la LIJ nació bajo el amparo y el tutelaje de la pedagogía y de la didáctica, ahora peligra en las garras editoriales donde, según los vaivenes del mercado, puede volver a desvirtuarse, tergiversando su verdadera esencia.