El gesto brutal del pintor

Los ensayos de Milan Kundera son una suerte de diario intelectual, como de una u otra forma quizás lo sean todos los ensayos de escritores, de Horacio a Borges y a Nabokov. Un diario o recorrido por los intereses y obsesiones, y furias que alimentaron y acosaron a sus espíritus y a sus lares. Kundera esgrime siempre una bandera: la defensa de la novela como origen, base y sostén de los mejores valores de nuestra civilización. En “Un encuentro”, que acaba de publicar Tusquets, confluyen varios ensayos y artículos notables (sobre Céline, Dostoievski, Rabelais, García Márquez), destacándose uno sobre Anatole France y las “listas negras”, ese index que la intelligentsia periódicamente propugna con orden marcial (a la par de los mimados entronizados en sus cánones, tal como los analiza ma. t. andruetto en la nota que publicamos hoy en esta misma sección). Transcribimos aquí un fragmento del primer ensayo del libro, dedicado a Francis Bacon.

Por Milan Kundera

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Los mejores comentarios sobre la obra de Bacon los hizo él mismo en dos entrevistas: con Sylvester en 1976 y con Archimbaud en 1992. En los dos casos, habla con admiración de Picasso, en particular el del período entre 1926 y 1932, el único al que él se siente realmente cercano; ve abrirse en él un territorio “inexplorado: una forma orgánica relacionada con la imagen humana pero que es de hecho su total distorsión” (la cursiva es mía).

Podría decirse que, de no ser durante este breve período, en toda la restante obra de Picasso es un leve gesto del pintor lo que transforma motivos del cuerpo humano en forma bidimensional, sin obligación alguna de parecerse a algo. En Bacon, la euforia lúdica picassiana deja lugar al asombro (cuando no al espanto) ante lo que somos, lo que somos materialmente, físicamente. Movida por ese espanto, la mano del pintor (por retomar palabras de mi antiguo texto) se apodera con un “gesto brutal” de un cuerpo, de una cara, “con la esperanza de encontrar en ella, detrás de ella, algo que se oculta allí”.

Pero, ¿qué es lo que se oculta allí? ¿Su “yo”? Claro, todos los retratos que jamás se han pintado quieren revelar el “yo” del modelo. Pero Bacon vive en la época en la que el “yo” empieza en todas partes a ser escurridizo. En efecto, nuestra experiencia más trivial nos enseña (sobre todo si la vida que se nos va quedando atrás se prolonga demasiado) que lamentablemente las caras se parecen todas (y la insensata avalancha demográfica no hace más que incrementar esa sensación), que dejan que se confundan, que sólo las diferencian algo diminuto, apenas perceptible, que, matemáticamente, sólo representa, en la disposición de las proporciones, unos pocos milímetros de diferencia. Añadamos a todo ello nuestra experiencia histórica, que nos ha inducido a comprender que los hombres actúan imitándose los unos a los otros, que sus actitudes son estadísticamente calculables, sus opiniones manipulables, y que, así las cosas, el hombre es menos un individuo (un sujeto) que un elemento de una masa.

En esos tiempos de dudas es cuando la mano violadora del pintor se apodera con un “gesto brutal” de la cara de sus modelos para encontrar, en algún lugar en profundidad, su “yo” sepultado. En esa búsqueda baconiana, las formas sometidas a “una total distorsión” nunca pierden su carácter de organismos vivos, recuerdan siempre su existencia corporal, su carnalidad, siguen conservando su apariencia tridimensional. Y, además, ¡se parecen a sus modelos! Pero ¿cómo puede el retrato parecerse al modelo del que es conscientemente una distorsión? Sin embargo, lo prueban las fotos de las personas retratadas: el retrato se les parece; miren los trípticos —tres variaciones yuxtapuestas del retrato de la misma persona; estas variaciones difieren una de otra y, no obstante, no dejan de tener algo común a las tres: “ese tesoro, esa pepita de oro, ese diamante oculto”, el “yo” de un rostro.

Podría decirlo de otra manera: los retratos de Bacon cuestionan los límites del “yo”. ¿Hasta qué grado de distorsión un individuo sigue siendo él mismo? ¿Durante cuánto tiempo sigue todavía reconocible el rostro de alguien amado que va alejándose de nosotros por enfermedad, locura, odio o muerte? ¿Dónde queda la frontera tras la cual un “yo” deja de ser “yo”?

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Milan Kundera.

Foto: Archivo El Litoral