Anotaciones al margen
Caricatura y hartazgo
Estanislao Giménez Corte
En una entrevista de hace unos años, en Clarín, Joaquín Sabina decía que su deseo era no transformarse en su propia caricatura. Temía que esa fama de sujeto noctámbulo, goliárdico, tabernario, consumiese su perfil de artista, con más y con menos, y que él mismo, aunque activo contribuyente a su fama, terminara ejecutando tristemente su propio papel.
Se trata de una observación aguda y terrible, que atañe no sólo a los creadores, sino, por transferencia, a todos. Lo que somos, lo que representamos, lo que los otros ven en nosotros, nos forjan una imagen -que tiene que ver con lo fisonómico, con la personalidad, con los gustos, con las ideas-. El tiempo, la insistencia, la recurrencia, la repetición, el hartazgo, en fin, van afectando esa imagen de maneras notables: un autor, una persona, es una combinación de un cierto aura compuesto por esas cosas y más. En el arte se dan casos notables: cualquier rasgo que confirma un “estilo”, llevado al paroxismo, agota, agobia, cansa. Pero los creadores no pueden escapar a eso: son eso mismo. Más aun: trabajan incansablemente para hallar un estilo que luego deviene una suerte de límite o frontera o lugar al que pertenecen. Sucede que lo que en un momento, en alguna instancia de su proceso como tales, funcionó, justamente para la concepción de una forma de entender o plasmar el arte, ejecutado durante equis cantidad de tiempo, versionado y reversionado, visitado y revisitado, sólo tiende a empeorar. El autoplagio es una extraordinaria condena, porque sitúa al artista y lo circunscribe a la idea de los otros, que no es otra cosa que lo que el propio artista impuso con su obra.
Los vicios, exageración o extremo de la idea de estilo, conspiran contra su propio creador y lo transforman en un preso de sus propias marcas estilísticas. Así, el autor es el principal culpable de que de él, de su obra, de su personalidad, de su imagen, se desprenda una imagen caricaturesca. Lo que uno fue, representado desesperadamente a destiempo, forzado, como queriendo alterar el decurso despiadado de las cosas, genera patéticos ejemplos.
Borges repetía temas, adjetivos, giros, tópicos, hasta el hartazgo; la enésima película de Woody Allen que trata de sexo, terapia, judaísmo y pareja, sólo sirve como un espejo deshilachado de lo que en algún momento fue nuevo, inspirador y sorprendente. Los ejemplos pudieran no terminar nunca. El autor es, entonces, su propia sombra. Como en aquella afamada sentencia que reza: “las ideas que nacen dulces envejecen feroces”.




