Edición del Miércoles 15 de julio de 2009

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Edición impresa del 15/07/2009 | Opinión Opinión

Crucial momento de nuestra democracia

Toda convocatoria a dialogar debe ser bienvenida, sobre todo en un país donde lo que predominó en los últimos años fue el monólogo. Desde la oposición, pero también desde la opinión pública en general, se le reclamó al gobierno de los Kirchner que tienda puentes políticos, que instrumente formas de entendimiento, que consulte, que construya consensos, que privilegie el acuerdo al conflicto.

El miedo, la ansiedad y la angustia

La Real Academia Española define al miedo como una “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario” y al valor como una “cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros”. Pudiendo decirse con certeza que no existe persona alguna que nunca haya tenido miedo de nada ni de nadie. Y aún terror (miedo muy intenso). Cual una reacción ante algo que nos asusta o que nos sorprende desagradablemente y genera temor, esto es, una “pasión del ánimo, que hace huir o rehusar aquello que se considera dañoso, arriesgado o peligroso”. Pero también se ha dicho que el miedo (al igual que la angustia realista) es una reacción psíquicamente sana, ya que se lo considera expresión de la pulsión de autoconservación que todo ser humano tiene ante el peligro, como un síntoma de que amamos la vida y que deseamos protegerla de todos los riesgos y de todas las maneras posibles. Una sensación que conocen incluso los héroes, aunque éstos reaccionen con coraje. La audacia no tendría sentido si no fuese una victoria sobre el miedo (Andrée Roberti).

Al margen de la crónica

La pasión por Harry sigue intacta

Transcurrieron casi dos años desde que los seguidores del aprendiz de mago más famoso de la historia (¿es necesario decir que se trata de Harry Potter?) pudieron saciar sus vastos interrogantes. Sabiamente prolongados, esto hay que-...

Crónicas de la historia

La fiebre amarilla de 1871

El año 1871 se inició con malas señales para Buenos Aires. Las crónicas registran dos o tres casos de fiebre amarilla. Como suele ocurrir en estas situaciones, los dirigentes no le dieron la debida importancia. Pensaron que era un episodio menor. Un mes después, la peste estaba en la calle, y a fines de febrero la cifra de muertos superaba el número de trescientos. La tragedia estaba desatada, pero lo peor no había llegado. Las advertencias de los doctores Montes de Oca y Wilde no eran tenidas en cuenta.



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