De “Liebig”
De “Liebig”
Por Beatriz Actis

“El matadero”, de Carlos Alonso.
(...)
Horacio sigue observando el cielo que con el correr de la tarde va perdiendo claridad y me cuenta de modo vago que el Turco es entrerriano pero que después de vivir en Gualeguaychú “supo andar por Fray Bentos” y que trabajó en la última “época buena” de la fábrica, después se juntó con una mujer del pueblo, pero la mujer murió joven, de una enfermedad repentina, y el Turco se quedó a vivir en el Mess, pagando como nosotros un alquiler barato a la Comuna. Yo, que nunca supe bien de dónde venía el Turco, no le había notado el acento entrerriano, y a lo mejor por cómo cantaba a Atahualpa se me ocurrió que podía ser cordobés. Qué raro, pienso, con Horacio hablamos sobre Urquiza y sobre Ramírez, pero no suenan de fondo chamamés o chamarritas, y todo lo que veo hasta donde alcanzan mis ojos son unos derruidos techos ingleses, nada desde mi sillón parece entrerriano. Cuando llegué desde Colón, hace cinco, seis años, era el final del otoño; sin embargo, recuerdo, ese día el frío había recrudecido. Era sábado, pero el pueblo estaba desierto: el clima no ayudaba y era fin de mes, había incluso pocos de los turistas habituales, pescadores. Recorrí el pueblo con paulatina sorpresa; algo había leído sobre La Forestal, en el norte de Santa Fe, pero sobre este pueblo de ingleses a orillas del río Uruguay poco o nada sabía: un antiguo saladero convertido en una fábrica de carne enlatada que durante décadas se exportó hacia Inglaterra. Con el primero que hablé, el primer día fue con el Turco. Estaba dormitando en el jardín delantero del Mess, cerca de donde con Horacio estamos ahora. Estaba echado en una de estas mismas reposeras y cubierto con una manta escocesa que, me lo contó después, alguien había traído alguna vez desde Londres (“Ah, las épocas de esplendor —le gustaba decir entre chanzas al Turco ante sus amigos—, la vaca en el barco y, en tanto, tirar la manteca al techo...”) porque era un abril de lluvias y por la noche, sobre todo, se sentía el frío cercano del agua, pero era un frío que sin embargo recordaba de un modo vago las noches de verano, quizás por el cielo estrellado, quizás por el olor del Uruguay que pasaba flotando, que pasaba olvidando tras él estas costas de Liebig. Me acerqué ese día al Turco y le pregunté dónde podía comer y también, con quién tenía que hablar para conseguir un poco de información sobre el pueblo. Cabeceó, despertándose del todo, me miró de arriba a abajo con cierta curiosidad y me dijo: “No tenés pinta de turista vos”. Le expliqué que era del interior de la provincia de Santa Fe y que, después de probar suerte en Rosario, decidí venir a Entre Ríos, y que estaba changueando en Colón pero que quería seguir recorriendo lugares por estos lados. El Turco me hizo sentar, me contó parcamente algunos hechos de la historia del pueblo y después me invitó a comer “con los otros huéspedes”. Miré la gran casa derruida adonde era invitado; me llamó un poco la atención que el Turco no dijese, como cualquiera: “Vamos a comer” o “Vamos a comer un asado”, sino: “¿Por qué no vamos y nos comemos un bife?”, y me pareció que la palabra “bife” delataba en esa frase una vana pretensión de complicidad, de hablar con el lenguaje que, según uno imagina, usan los ganaderos, los que son o fueron los verdaderos dueños de la tierra. ¿Cómo habrán hablado los ingleses de Liebig cuando intentaban el español, con qué palabras simples cada día, cuando salían de las oficinas de la fábrica o de sus casas en la zona de Los Chalets? Horacio, ajeno a mis pensamientos, continúa su relato y comienza por fin a hablarme, con parsimonia y sorbo a sorbo, sobre la carta. En mi familia, recuerdo, hubo también un episodio relacionado con una carta, un suceso que perturbó mi infancia. Mi abuela contaba que su madre, en Italia, en el pueblo natal, recibió la ropa de un hermano muerto en la guerra, que había sido conservada en una prisión por algún partisano, por razones confusas que hoy no recuerdo, y que mi abuela seguramente tampoco, conocía pero decidía ignorar al hacer su relato (o quizás al contar agregaba detalles para que la historia resultase convincente para el resto de la familia, que escuchaba expectante). Tras morir nuestro pariente, el compañero hizo llegar la ropa a la familia; entre la vieja camisa raída, el abrigo codiciado por las víctimas civiles de la guerra, en épocas de escasez, y un pañuelo con manchas borrosas, el muerto había guardado una carta. Mi abuela nunca explicaba en ese momento del relato dónde estaba escondida la carta, en qué lugar exacto: si envuelta en el pañuelo, si apretujada en un bolsillo del abrigo, o cosida como un secreto en un pliegue de la camisa. La madre de mi abuela no revisó en detalle la ropa del hermano muerto, lo lloró en cambio con un dolor resignado y lavó la ropa en el arroyo cercano al pueblo. Sólo reconoció los restos de lo que había sido la carta cuando, entre la ropa húmeda, encontró el papel casi desintegrado y la tinta apenas legible en la que se podían reconocer sólo unas letras sueltas. Nunca supo nadie qué escribió el moribundo, alguna confesión, algún recuerdo, alguna intimidad que jamás sería develada. O quizás —en el momento de su muerte la guerra aún no había terminado—, un mensaje que era un testimonio, por eso el compañero rescató la ropa y la envió a la familia. Horacio está narrando la historia de la carta de Liebig, presto atención, vuelvo a escucharlo. En tanto, el sol se ha escondido y la brisa es un poco más fresca. La cara de Horacio se me va desdibujando de modo paulatino, mientras crece la sombra.
—El Príncipe -dice- vino al país en mil novecientos veinticinco y lo llevaron a visitar algunas colonias de ingleses en Buenos Aires, como Temperley, y también a varias provincias: Córdoba, Mendoza, Corrientes. Pero a eso, el Rengo no lo dice. Cuando lo cuenta, parecería que el Príncipe vino a la Argentina especialmente para ver a los ingleses de la fábrica de Liebig -Horacio se sacude con una tos nerviosa y breve-. De Corrientes lo cruzaron acá, adonde estuvo apenas un día y se embarcó para partir directamente hacia Inglaterra.
—Claro -digo de modo desganado, como ante una revelación tardía-, de este puerto salían barcos grandes. —Pensé en el Príncipe, su cara desdibujada como la de Horacio en la penumbra, caminando por el muelle ahora abandonado—. ¿Y la carta?
—A la carta la descubrió alguien a bordo del barco...
—¿Y la robó?
—No, no pudo hacerlo. La copió, a escondidas, no sé sinceramente cómo lo habrá hecho.
—Algún inglés.
—No sé, la verdad, ni siquiera si la carta será cierta, aunque el Rengo jura que sí es verdadera. Se la había escrito el Príncipe a la madre, que me parece es esa reina vieja que hasta hace poco todavía estaba viva. Hablaba mal del pueblo. Decía que estaba harto del viaje y que no sabía para qué había tenido que venir, para embarcarse, a este paraje despreciable y perdido, y que más le hubiera convenido partir desde el puerto de Buenos Aires.
(Fragmento. De “Lisboa”, op. cit.)