26 DE JULIO: DÍA DE LOS ABUELOS

“Una comunidad se mide por la atención que presta a los abuelos”

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Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe

Este domingo se celebra la Fiesta de San Joaquín y Santa Ana, quienes fueron los padres de la Virgen María. Ella, que había sido elegida por Dios para ser la Madre de su Hijo Jesucristo, nació como todos nosotros en una familia. Por ello debemos decir que Jesús tuvo abuelos por parte de su madre, ellos eran Joaquín y Ana, a quienes la Iglesia les dio el título de santos. A esta fiesta la celebramos hoy como el Día de los Abuelos. Creo que es una oportunidad para homenajear a estos seres tan queridos y a quienes tanto le debemos.

En el ritual del matrimonio se retoma una bendición de la Biblia y se les dice a los esposos: “Que sean padres fecundos y de reconocida virtud, y puedan ver a los hijos de sus hijos”. Este ver a los “hijos de sus hijos” forma parte de ese horizonte de plenitud que tiene la vida del hombre. En sus nietos, los abuelos ven la prolongación de la vida que ellos han engendrado. Hay una continuidad que marca el sentido espiritual de la condición humana. Esto tiene mucho que ver, además, con el sentido de la historia y la transmisión de valores que son propios de la cultura del hombre y la sociedad. Hay un pasado que se hace presencia en la persona de los abuelos. La solidez de la raíz es garantía para el futuro de los hijos; su compañía es, por ello, una riqueza.

Reconocimiento y gratitud

Hablar de respeto a nuestros abuelos puede tener sabor a poco, prefiero hablar de reconocimiento y gratitud. El reconocimiento nos habla de una verdad que compromete a la justicia; la gratitud, en cambio, nos habla más de una actitud de amor y de generosidad. No se excluyen, sino que se complementan. No puede haber amor sin justicia, pero, sí, lamentablemente, puede haber justicia sin amor, y esto duele. Para un abuelo, tener un lugar espiritual, aunque no sea físico, en el lugar de sus afectos, es un signo de reconocimiento y de amor. El lugar espiritual es una actitud que crea un espacio que hacen posibles la vida y su realización. De ello todos somos responsables.

Esto me lleva a afirmar, con un cierto juicio crítico, que el nivel moral de una comunidad se mide, en gran parte, por la atención que se presta y se acompaña a los abuelos. En la persona de los abuelos podemos ver hoy la situación en la que viven muchos jubilados, para quienes el primer nivel, aquel de la justicia, aún está lejos de ser atendido. La caridad no suple a la justicia, la supone y la perfecciona. Creo que en este tema hay mucho por hacer y no se puede esperar.

Queridos amigos, quiero en este día de los santos Joaquín y Ana, los abuelos de Jesús, comprometerlos a tener una actitud de cercanía, reconocimiento y amor por todos nuestros mayores; los invito a elevar por ellos nuestra oración a Dios.

Testimonio de fe y amor en la familia

Desde la Pastoral Arquidiocesana para Mayores y Ancianos de nuestra ciudad, se recordó que, hace una década, las Naciones Unidas declararon a 1999 como Año Internacional de las Personas de Edad. El lema, con vigencia permanente, fue “Una sociedad para todas las edades”, en valor de la importancia y misión del adulto mayor y de los ancianos. La Conferencia Episcopal Argentina, a través del Área de Adultos Mayores, propone que año a año se imponga la costumbre de celebrar y homenajear a los abuelos en cada 26 de Julio, Día de San Joaquín y Santa Ana, los abuelos de Jesús. Tanto Pablo VI como Juan Pablo II subrayaron el aprecio que la comunidad eclesial tiene por los ancianos, pensamiento ratificado por el actual Pontífice, Benedicto XVI, quien en su discurso ante el Consejo Pontificio para la Familia expresó que “ojalá que los abuelos vuelvan a ser una presencia viva en la familia, en la Iglesia y la sociedad” como “testigos de unidad, de fidelidad a un único amor que suscita la fe y la alegría de vivir, valores fundamentales del núcleo familiar, debilitados por los profundos cambios que la evolución económica y social han producido en la vida de las familias”.

Al respecto, Raquel Colli de Trucco, miembro de la Pastoral, expresó que “hay una estrecha comunicación fundada en las mismas raíces de la vida. Quien no ha podido conocer o disfrutar de sus abuelos siente seguramente un hueco en medio de sus afectos. Un nieto es para la persona mayor una luz nueva en su existencia; la prolongación de sus hijos, el futuro que siente como parte de su siembra, fortaleciéndolo con sus pensamientos y acciones. Y un abuelo representa para el nieto otro gran amor en la constelación familiar. Aunque vivan épocas y situaciones diferentes, en el interior de su corazón saben que allí residen la experiencia y gran parte de la sabiduría de la vida.

“El amor de abuelos y nietos, la sonrisa mutua, el abrazo acogedor entre ambos, enternecen la mirada de Dios y son siempre, para el ámbito familiar, fuente de alegría y esperanza. En palabras de Benedicto XVI: “No se puede proyectar el futuro sin hacer referencia a un pasado rico en experiencias significativas y en puntos de referencia espiritual y moral’ ”, concluyó.