La semana política
El gobierno, de vuelta al teatro
Más que la iniciativa, el oficialismo recuperó el libreto. La obra es la misma, pero hay rebelión en el elenco.

Daniel Scioli, Cristina Fernández de Kirchner, Armando Cavalieri, Hugo Moyano y Hermes Binner
Sergio Serrichio
CMI
La ronda de “diálogo político” sigue y ha generado elogios por parte de quienes hasta ahora participaron en él.
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner empezó a recibir a los gobernadores y los seguirá recibiendo, a razón de dos por día.
El Consejo Económico y Social todavía no se constituyó, pero ya hubo una reunión “técnica” y a nivel político-corporativo se busca cómo incorporar a los dirigentes de la Mesa de Enlace agropecuaria.
El Congreso empezará a trabajar la semana próxima en la “agenda” que acordaron hace dos semanas los titulares de los bloques legislativos.
Hasta el ministro de Economía, Amado Boudou, reconoció los problemas de credibilidad de las cifras de inflación (y producción, y empleo, y pobreza, y un largo etcétera) del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), y anunció la creación de dos comisiones para revisar lo actuado por la agencia estadística en los últimos diez años.
En suma, si uno se basa en los títulos formales de las iniciativas posteriores a las elecciones del 28 de junio, puede tener la impresión de que el gobierno “leyó” el resultado y reaccionó en consecuencia, como corresponde, pues todavía tiene por delante dos años y medio de gestión y cuenta con recursos políticos y económicos no desdeñables.
El haber
Entre esos recursos puede computarse que el kirchnerismo sigue siendo, al menos por ahora, la primera minoría legislativa en ambas cámaras del Congreso, el gobierno nacional tiene ventajas formales y de recursos en la relación con las provincias, y mantiene, aunque a un precio cada vez más caro, su alianza con el secretario de la Confederación General del Trabajo (CGT), Hugo Moyano, líder de los camioneros y hombre con capacidad de hacer mover o paralizar casi todo lo que en la Argentina se traslada sobre ruedas. Además, el gobierno cuenta con activos “patrimoniales”, como las aún importantes reservas del Banco Central y una economía que sigue generando un importante excedente de divisas.
Sin embargo, ni los Kirchner han reaccionado de verdad al hecho de que su planteo “plebiscitario”, en defensa del “modelo” fue vapuleado en las urnas, ni los títulos formales dan cuenta de la dinámica de las fuerzas en movimiento.
Tras un par de semanas de desconcierto y desbande, ha habido una más prolija escenificación. Pero si uno rasga las apariencias, está claro que el kirchnerismo duro sigue siendo la columna vertebral de la presidencia de Cristina Fernández, corporizado en la continuidad de Julio De Vido, Guillermo Moreno y Ricardo Echegaray, que la falsificación de las estadísticas de precios, productivas y sociales se seguirá ejecutando y ocultando, ahora con la bendición de un par de “consejos”, y que el gobierno continuará presionando a la Justicia a través del control del Consejo de la Magistratura.
El debe
Lo anterior no quiere decir que el kirchnerismo haya logrado preservar el poder casi omnímodo que tuvo durante más de seis años. Al menos tres fenómenos se lo impiden: 1) los instrumentos de ese poder ya no tienen la misma vitalidad; 2) hay tensiones con los aliados; y 3) los problemas acumulados siguen ahí, potenciados por años de terca negación.
La recesión económica, con su secuela de debilitamiento de los ingresos fiscales y progresivo enrojecimiento de las cuentas públicas, más la ineficacia de los remedios que a lo largo del año intentó (o simuló intentar) el gobierno dan cuenta del primer punto.
Las tensiones internas se manifiestan casi a diario. Un ejemplo muy fresco es el cuasi-cisma de la CGT, una burda pelea entre los dirigentes de los gremios “gordos” y Moyano por el botín de las obras sociales. Otro, la distancia que ya tomó del kirchnerismo el gobernador bonaerense, Daniel Scioli: pidió bajar las retenciones, reclamó a través de su ministro de Economía que la Nación le gire más dinero y asistió a la Exposición Rural de Palermo, donde se reunió con la Mesa de Enlace. Algo más anunciado, ahí está el viraje de los otrora socios del modelo “productivo”: la UIA y, hace una semana, la Asociación Empresaria Argentina (AEA), que en un duro documento planteó con más claridad que nunca sus críticas al poder K. De postre, algunos jueces empiezan a hurgar en el enriquecimiento de figuras paradigmáticas, como el ex secretario de Transporte, Ricardo Jaime.
Sucede que, en la nueva etapa, al otrora temible oficialismo tal vez convenga tenerlo de adversario. Ya no tiene mucho para dar, y enfrentarlo puede ser políticamente redituable.
El tercer elemento de la kryptonita kirchnerista no tiene que ver con las elecciones, aunque ésta actuó de catalizador y descorrió vendas. Hace ya dos años y medio que la inflación corroe sin piedad el bolsillo de los argentinos, en especial de los más rezagados. Hace unos dos años que la pobreza y la desigualdad, que entre 2003 y 2007 se habían reducido notablemente, retomaron el camino ascendente. Y hace más de uno que la economía dejó de generar empleo y empezó a expulsar gente.
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La probabilidad de reversión del panorama será mínima si las perspectivas productivas siguen en declive, como sucede en el campo y el complejo agroindustrial (principales aportantes de divisas y de “sustentabilidad” a la economía del país) y en las reservas y la producción energética. Sin ellos, el entramado productivo y de servicios de una economía compleja y diversificada como la argentina corre el riesgo de desmoronarse.
Más aún, si el gobierno insiste en jugar a las apariencias.




