Decidir

Luis Guillermo Blanco

Decidir es determinar y resolver una cuestión, grata o no. La cual, en ocasiones puede ser dilemática, dudosa, difícil o contestable. Pero vivimos haciéndolo, desde naderías hasta asuntos cruciales. Y no siempre es fácil. Dudas, límites (reales o imaginarios), miedos (El Litoral, 15/7/09), culpas, ira, experiencias o frustraciones, “consejos”, intromisiones o manipulaciones de terceros (El Litoral, 23/2/09 y 29/6/09), entre muchas otras “interferencias”, suelen obstar a una elección libre y sensata. En la situación de que se trate, claro está, pues el ser humano no vive en el vacío y su decisión puede ser significativa, para uno mismo y, por lo común, también para otros.

Al respecto, es válido “dudar de todo para liberarse de la duda” (E. Husserl), y aún dudar de las propias dudas a tal fin. Con convicción y sin instituir autolimitaciones: “No te pongas límites, rebasa los límites. Pon límites si los necesitas, pero recuerda que tienes que traspasarlos. No fabriques prisiones” (Osho). Pero “poner límites a todo lo que nos frena no es una opción, es un derecho”. Límites que han de ser puestos a otros, para no ser invadidos. Y que pueden consistir en un razonable “no”. Porque “el “sí’ y el “no’ no son sólo palabras, sino límites y permisos que nos damos a nosotros mismos” (B. Stamateas). Y es por ello que “un “no’ pronunciado con la más profunda convicción es mejor y más grande que un “sí’ enunciado sólo con el propósito de complacer o, lo que es peor, de evitar un problema” (Ghandi).

Porque los problemas son para solucionarlos, y no para regocijarse en ellos. Ni para evitarlos, ya que “los hechos no dejan de existir por el simple hecho de ignorarlos” (A. Huxley). Buscando alternativas, pues “hay que obrar sobre lo que aún no existe” (Lao-Tse). Y opciones meditadas, porque “salir del paso renegando de la razón se parece más a una huida que a una victoria” (F. Shelling). De allí que sea prudente no tomar decisiones “bajo presión lleno de enojo, tristeza, bronca o ira. Todas las emociones son pasajeras. Piensa y luego actúa”. Y preferentemente libre de culpas (reales, imaginarias o inducidas) y con cierta flexibilidad (abandonar posiciones rígidas). Ya que la culpa es “la emoción más obstaculizadora en el camino de los anhelos y objetivos” (Stamateas) y la intolerancia nubla al razonamiento. Aunque no siempre el enojo. El Zóhar (el texto fundamental de la Cábala) habla de “La ira de los sabios”. La describe como una ira positiva: hay momentos en los cuales debemos tomar una posición, y nuestro enojo es realmente pasión por defender lo que es correcto. Una ira que revele Luz, y no que autodestruya. Válida ante los embates de otros y ante su ceguera. Porque “hay quien cree contradecirnos cuando no hace más que repetir su opinión sin atender la nuestra” (Goethe).

Sin embargo, se ha dicho que “hay ocasiones en las cuales lo más cómodo es no hacer nada. Lo mejor es dejar que todo suceda como ha de suceder” (J. Hilton). Puede ser cierto, pero “no hacer nada” ya es una decisión. Y creemos que no se trata aquí de postergar una decisión, sino de esperar pacientemente el momento oportuno para tomarla. Darle tiempo al tiempo, pero no demasiado. Hay decisiones que no pueden esperar, o esperar mucho, y otras que sí. Pero sin caer en la apatía.

En las decisiones éticas, a la vista de la norma o criterio de moralidad, hay que atender al objeto del acto (lo que vamos a hacer), el motivo (lo que mueve a una persona a obrar: su finalidad), las circunstancias (personales, de tiempo, modo y lugar) y las consecuencias previstas del acto (sus efectos), que definirán que el acto sea moralmente bueno o malo. Y si se trata de auténticos dilemas éticos (que acontecen cuando hay argumentos racionales lógicamente incompatibles para alternativas de decisión mutuamente excluyentes), habrá que recurrir a un prudente juicio ponderativo preferencial.

Pero puede que las decisiones más difíciles sean las afectivas. Y aquí es menester recordar que no es posible brindar lo que uno mismo no posee, y que si lo posee y lo acapara, lo que no se da, se pierde. Y que “contra las pasiones, nada se consigue con razonamientos, por elocuentes que sean” (S. Freud). Por caso, elegir entre padecer mal de amores o sufrir malos amores, como quienes se juran desamores eternos. ¿Por siempre? Creemos que no: “Tienes que cancelar tu pasado, aprender del dolor, pero no vivir en él” (Stamateas). Con libertad y responsabilidad: El “libre albedrío es hacer con alegría aquello que debo hacer” (C. Jung) y la responsabilidad consiste en saber qué hacer y qué no (Stamateas). Y esto es decidir. Porque “cuando un hombre no puede elegir, deja de ser hombre” (A. Burgess).

Decidir es, entonces, ponderar, preferir y elegir entre algunas posibilidades concretas. Si se elige sensatamente -racional y emotivamente- a la que en ese momento se considera la mejor, puede decirse que la decisión que se adopta es correcta. Lo que luego ocurra también depende de otros factores, algunos imponderables, otros ajenos y otros más, fortuitos. Por eso, si el resultado final es adverso, uno no debería decir “elegí mal” o “me equivoqué”. Porque decidió en una situación dada y con los elementos con los que contaba, y no todos tienen la suerte de ser clarividentes.

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Decidir ante una encrucijada. Porque, como dice Anthony Burgess, “cuando un hombre no puede elegir, deja de ser hombre”. En la ilustración: “Espejo tamaño natural”, de Mark Wallinger.