Edición del Martes 11 de agosto de 2009

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El corazón en las rodillas - Edición Impresa - Opinión Opinión

Al margen de la crónica

El corazón en las rodillas

—¿Cómo estás? -preguntó Enrique Santos Discépolo.

—Bien -le respondió Aníbal Troilo, con la cabeza hacia abajo y la papada que rebasaba el cuello de su camisa.

—¿Qué vas a hacer? -requirió nuevamente Discepolín.

—No sé.

—¿Sabés lo que tenés que hacer?

—No.

—Nada.

Este diálogo existió. Discépolo, que tenía esa facilidad de decirlo todo en apenas tres palabras, le estaba informando a Pichuco que no tenía que hacer nada más, porque ya lo había hecho todo. Ya lo había inventado todo. Pero El Gordo no le dio el gusto y siguió componiendo un tiempo más obras de antología para el tango. Después vino la Parca allá en el “75, se lo llevó y ya nada fue igual.

Aníbal Carmelo Troilo -“Pichuco” o “El Gordo”- nació predestinado. No hubiese podido ser otra cosa que compositor y bandoneonista. El tango era lo único que sacaba lo mejor de él. “Si yo siempre fui mi peor enemigo”, se excusó una vez durante una discusión con un párroco que pretendió darle una moralina y “enseñarle a vivir”. Justamente a él. Se lo recuerda arqueando su instrumento con los ojos bien cerrados, ensimismado hacia sus más hondos adentros. No estaba sufriendo: era su lucha interna. El tango lo salvaba y lo redimía.

Con él estuvieron las voces más ilustres de la música ciudadana en su época dorada: el Tano Marino, Floreal Ruiz, Rivero y el Polaco. Compuso 60 obras, todas ellas inolvidables (Responso, Barrio de tango, Che bandoneón, Sur, Romance de barrio). Y nunca tuvo jactancias.

El Gordo supo como nadie modelar esa angustia visceral del fuelle y convertirla en pequeñas obras maestras. Y pudo acaso haber trascendido hacia el imaginario nacional para integrar el cenáculo de los grandes mitos argentinos -Gardel, Evita, el Che, Maradona- pero no, no quiso: prefirió vivir y morir de Buenos Aires, en ese barrio al cual siempre estaba llegando.

Escribió una vez Homero Expósito: “Ese muchacho Troilo / con el fuelle que duele como él / (...) parece un corazón latiendo en las rodillas”. Discépolo tenía razón: a Pichuco no le había quedado nada por hacer.



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