Artes Visuales
“Objetos”
Artes Visuales
“Objetos”
Por Domingo Sahda
Días atrás fue abierta a consideración del público una exposición de trabajos plásticos cuyo autor, José Luis Roces, titula “Objetos”, en directa referencia explícita a lo que allí se exhibe con sesgado y cómplice guiño y elusiva referencia. La muestra susodicha ocupa todas las salas del Museo de Arte Contemporáneo -MAC- UNL de Bv. Gálvez 1578 de nuestra ciudad.
Estos susodichos “objetos” lo son en tanto cuerpos tridimensionales transportables intraducibles por su esencialidad presencial a alguna otra denominación alternativa al dominio del Arte Visual. Pues de ello se trata en principio: Objetos ligados directamente a la función específica del Arte Plástico y no elementos volumétricos indiferenciados, con diversa presencia y precario destino de consumo.
Son objetos que se referencian a sí mismos, no utilitarios en el sentido convencional del concepto y distanciados de cualquier reflexión, en principio, de cualquier otro contenido expresivo de significación asociativa que no sea el arte.
Con estos objetos Roces indaga en torno al territorio específico del lenguaje plástico como exploración, como manifestación y toma de partido estético-artístico. La utilidad de Segundo Grado esta direccionada provocativamente a poner en discusión el sentido y los alcances del arte en cuanto lenguaje de interpelación orientada a terceros.
Hermética en sí misma, con ambivalentes juegos de inasible interpretación en tanto no adhieren a códigos prescriptos, el interlocutor válido o mayor beneficiado será en principio el iniciado en el arte visual, en diseño arquitectónico o industrial, en aquel otro que ve aquí en los mismos principios y elementos perceptivos y cognitivos aledaños a los territorios de la estética filosófica. De impecable, excelente calidad en su concretización, sea tanto en su clara proposición, desarrollo y ejecución, los tales objetos nos señalan a un artista que se propone caminos alternativos —por no ortodoxos— en su autodesafío, tanto como búsqueda personal individualizada cuanto hacia terceros, interpelándolos y demandando opiniones fundadas.
En esta muestra se conjuga no sólo el arte visual como lenguaje de la forma, sino también el arte como proposición tangible multiplicable, renuente a la idea de pieza única enmarcada por una particular aura de validación estético-expresiva. La colección a la vista se inficciona quizás inopinadamente en las proposiciones de Walter Benjamín y su concepto del arte en tiempos de la reproductibilidad técnica, infinita e inacabable.
La exposición en sí misma es la resultante, de acuerdo a lo que se nos anoticia en los impresos de mano, como la conjugación de la ecuación constituida por José Luis Roces en la Producción de Objetos, de José Luis Volpogni en la producción escrita y de Miguel Benassi en la producción espacial. A ellos se agrega la producción gráfica de Alejandro Gariglio.
Los objetos en exhibición, cuasi prototipos multiplicables en los que se destacan tanto las cualidades conceptuales y formales como la materia empleada en cada caso, remiten inopinadamente a la resolución matemática de un teorema en los que la exactitud y la precisión en cada tramo del recorrido visual se imponen a modo de desafío creativo en sí mismo, de proyección autosuficiente y distante.
Admiten la ratificación de la excelencia constante. Esta idea de objetiva exactitud por algún inopinado resquicio hace agua al materializarse una intencionalidad “otra” estrechamente vinculada a la voluntad expresiva de un sentimiento. Aparecen así en la muestra “Objetos” dos puntos de partida que no se excluyen, antes se complementan. Diríamos, metafóricamente hablando, que estamos en presencia de objetos creados a partir de la “memoria del cerebro”, en oposición a objetos creados desde la “memoria del corazón”. Ambos principios coadyuvan a materializar una exposición de arte plástico que sin lugar a dudas extiende, enriqueciéndolo, el horizonte artístico de la región.
De tal modo y un tanto subrepticiamente se da este tono en un extremo, tanto en piezas adosadas al muro como otras convenientemente apoyadas sobre bases iluminadas que destacan la presencia de la “corporeidad”, se filtra la impronta subjetiva contaminada por el “pathos”, la subjetividad del autor. Aquí, el citado distanciamiento objetivo hace mella. La referenciación, la asociación a contenidos preexistentes asoman con distintos niveles de fuerza direccional. La traslación, la referencia y la sugerencia expresiva se recortan con clara precisión. En el ángulo equidistante a esta voluntad expresiva una más determinada asepsia emocional hace gala y toma definida presencia. En estas obras, el color sólo se da como tinte diferenciador, como luz cromatizada amalgamada a la forma autosuficiente que remite a sí misma y su hipótesis de metáfora alternativa, a modo de soliloquio expresivo.
El oscurecimiento cuasi religioso del ámbito de la muestra, deliberadamente estudiado y realizado, apunta a la idea de espacio totalizador que subsume todas las manifestaciones expuestas en un territorio de sentido globalizador, casi un ritual de contemplación que rehúye y no admite la hipótesis de distracción o alternancia en la observación. Más que sumatoria de partes, el espacio se siente como un todo que no permite la idea de distractibilidad. Cada instancia expresiva integrada al corpus total no se hunde en la sombra, destaca su presencia uniendo trayectos de observación.
Muestra de compleja traslación a otros ámbitos de hipotética contemplación y fruición, restringe su hipótesis de movilización a este solo lugar.
El “ser en sí mismas” les otorga a estas piezas expuestas una cualidad particular de señalamiento incontaminado que se destaca constantemente. La apelación a materiales no habituales resulta impecable.
Por fuera de las convenciones propias de ciertas teorías obstrusas que sofocan el arte de la visión conduciéndolo a un callejón sin salida, Roces se permite diseñar un camino propio, una alternativa plástica coherente y rica en connotaciones, orillando a veces los límites, que los hay, de la concepción artística que pretenda llamarse tal, sin tropezar ni con la literatura pintada ni en la ejemplificación de enunciados filosóficos o psicológicos rimbombantes.
Muestra que vale la pena recorrer con detenimiento. Un cierto dejo de ironía y suspicacia aroma el conjunto expuesto, provocando al espectador, quien tiene la última palabra pues resulta el destinatario final de la muestra.
Su opinión no será la definitiva ni la mejor, pero sin dudas calará en la subjetividad del expositor.
De la serie “Objetos”, de José Luis Roces.
Foto: Luis Cetraro