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Entrevista a Edgardo Cozarinsky

Un entretenimiento “guarro”

“¡Burundanga!” (editorial Mansalva), el último libro de cuentos del cineasta y escritor Edgardo Cozarinsky, revela una audaz apuesta por renovar su mundo de ficción en ocho relatos que entretejen un peculiar modo de ficcionalizar. Acudiendo a su vasta cultura, Cozarinsky combina aquí lo insólito con lo trivial y ambiguo, creando un espacio narrativo de complejo entramado pero pleno de gracia y vivacidad. Con absoluta libertad creativa, las fantasías morbosas se tornan poéticas, como el enjuiciamiento del cadáver del Papa Formoso, o en “El Landrú de Villa Ortúzar”, el personaje que droga a sus víctimas con burundanga, (mezcla de benzodiazepina y escopolamina) para robarles.

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Edgardo Cozarinsky. Foto: Leandro Teysseire

Por Augusto Munaro

Los relatos se dividen en cuatro grupos: “Opera Bufa”, “Noches de verano en los taxis de Buenos Aires”, “Sottomondo Vaticano” y “¡Burundanga!”. Figuran así cuentos de corte fantástico, como “Mis amores con Dumbo y con Bambi” y otros de tinte realista, pero siempre con una invención de personajes y peripecias desopilantes, con una escritura hábil que irradia un continuo vigor imaginativo.

Cozarinsky, quien vivió más de treinta años en Francia y hoy alterna sus días entre Buenos Aires y París, logró con “¡Burundanga!” una de las mayores hazañas que un escritor afirmado pueda aspirar: la de reinventarse. Para ello conjugó estilos y tonos entre lo ridículo y lo sublime; la ternura y la infamia-, desplegando todo su repertorio de virtuosismos (pasión por una erudición excéntrica, la ironía refinada a través de un dramatismo imperturbable, etc.), para legar momentos de profunda revelación. La maestría verbal de Cozarinsky tal vez sólo igualada por la de J.R.Wilcock-, forjada por un sarcasmo luminoso, asombra y deleita, brindando al lector una desenfrenada y exquisita fauna imaginaria.

—Con una producción que abarca hasta la fecha doce títulos, “¡Burundanga!” es el noveno libro que usted publica en menos de siete años. ¿Cree que escribir es un modo de recuperar el tiempo pasado, el tiempo perdido?

—Como he contado varias veces, en 1999 estuve muy enfermo, creí que no iba a sobrevivir, y ese episodio tuvo la consecuencia benéfica de darme el impulso necesario para dejar de perder el tiempo en cosas que me interesaban menos, y ponerme a escribir todos los libros que no había tenido la disciplina de poner por escrito. Fue en el hospital que escribí los dos primeros cuentos de “La novia de Odessa”.

—Algunos de los temas capitales de su narrativa son, entre otros, el exilio, los destinos nómades, y cierta nostalgia por el pasado. Temáticas que se hacen presente en sus libros de cuentos, en “Vudú urbano”, “La novia de Odessa” o “Tres Fronteras”. No obstante, “¡Burundanga!” propone un giro importante con respecto a su producción cuentística anterior...

—“¡Burundanga!” es un libro escrito para divertirme y divertir a algunos amigos. Un “entretenimiento”, eso sí bastante guarro, pero sin otras pretensiones que las de divertir.

—¿De qué forma incide su experiencia como cineasta en su literatura?

—Francamente, no sé. Son cosas que un crítico puede ver mejor, desde afuera, que yo. Cuando pasan algunos años de publicado un libro, y se me ocurre leerlo, descubro cosas que no había visto, ni al escribirlo ni al leer las pruebas. Por otra parte, la noción de experimentación me resulta ajena. No sé bien qué recubre, pero sí sé que no he podido avanzar en muchos textos etiquetados como experimentales. En cambio, pude leer sin prisa, saboreándolos, otros: los de Beckett, por ejemplo, o más recientemente “Las anfibias”, de Flavia Costa.

—“Mis amores con Dumbo y con Bambi”, acaso sea el relato más fantástico de los aquí reunidos. ¿Recuerda cómo desarrolló la idea, si a partir de los personajes o de su trama?

—No lo recuerdo. Sí, sé que los animales antropomórficos de Disney siempre me parecieron obscenos. Acaso su aspecto caricatural de cierto sentimentalismo norteamericano me llevó a pensarlos trasladados al género que más y mejor impugnó ese sentimentalismo: el film noir.

—Los tres cuentos que conforman “Sottomondo Vaticano”, revelan un interés por la historia del Estado Pontificio.

—Sólo puedo decirle que siempre me apasionó el carácter de monarquía, electoral y universal, a la vez, del Vaticano, su aspecto de sociedad secreta y los muchos misterios que surgen en todas las historias del papado. Uno de ellos es el “juicio al cadáver” del Papa Formoso, ilustrado por la pintura mencionada en el texto, que descubrí en el museo de Nantes. Pero aún en este caso, me interesó sobre todo la forma: delinear como sombras chinescas dos personajes no descritos, no identificados, que intercambian chismes eruditos.

—¿Qué importancia le otorga a la corrección?

—Para mí escribir es corregir, poner por escrito un borrador sabiendo que es una materia bruta, para poder tener algo sobre lo que trabajar, no sólo cortar y pegar sino reescribir. Cuando cambio una palabra por otra se me disparan nuevas asociaciones, nuevos desarrollos posibles. Para mí es ahí donde surge la ficción.

—Si la oportunidad se presentase, ¿cuáles relatos de “¡Burundanga!” preferiría llevar al cine?

—Ninguno. Creo que llegaron a su destino y se instalaron bien en la palabra impresa. No les veo materia que se preste a otro lenguaje.

—¿La ironía le permite un tono esencial para abordar su mirada personal?

—Creo que la ironía no es algo necesariamente jocoso, es más bien el resultado de una distancia que permite ver contradicciones, paradojas, allí donde parecía haber una verdad lisa, sin ambigüedades. Hay una ironía trágica, por ejemplo. En estos cuentos guarros, acaso, hay menos ironía que en el cambio de identidades contado en un relato “serio” como “Hotel de emigrantes”, el que cierra “La novia de Odessa”, o en la segunda sección de “Maniobras nocturnas”, la crónica del regreso de un ausente, que reconoce el Buenos Aires que dejó en los intersticios de la ciudad actual.

Un entretenimiento “guarro”

“Diavoli di caucciù a scatto” (1919) de Fortunato Depero.

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Detalle de “La entrada de Cristo en Bruselas” (1888), de James Ensor.



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